Una historia sobre el boom inmobiliario, el lujo extremo, la temporada turística más corta del mundo y el timbre de Shakira.
(2008. Mediante argucias poco claras y seguramente cuestionables conseguí que me aceptaran una nota sobre nuestro principal balneario en la revista Gatopardo. Me fui varios días para allá en temporada baja, recopilé material, me puse a escribir y se me fue bastante la moto. Casi 80.000 caracteres, que aquí les presento. Por suerte estaba involucrada Leila Guerriero, que armada con hacha, tijera de podar, bisturí y paciencia convirtió esta desmesura en un texto de tamaño razonable.)
Advertencia: En esta nota se va a hacer un uso casi abusivo del término “glamour”. A los lectores, las disculpas del caso.
Uruguay no es, mal que nos pese a los uruguayos, un país glamoroso ni sorprendente. Tanto en su geografía como en el ámbito espiritual de sus pobladores, la palabra que mejor describe al país es “leve”. Geográficamente, la mayoría del paisaje uruguayo está compuesto por una formación llamada, nos enseñan en la escuela, “penillanura levemente ondulada”. Los pobladores de la penillanura, en concordancia, podríamos definirnos como “apacibles levemente activos”.
En ese orden de cosas, la existencia de Punta del Este como parte constitutiva del territorio uruguayo es el doble de sorprendente. Por su forma y su extracorporeidad, el principal balneario uruguayo puede definirse como una verruga adosada al cuerpo nacional. Eso sí, una verruga recubierta de strass.
Para describir Punta del Este puede hablarse de la intersección de dos ejes, uno muy corto y otro muy largo. El más corto va desde el extremo de la península, que conformaba el balneario original, hasta el centro de Maldonado, la capital del departamento del mismo nombre, que con el correr del tiempo y la especulación inmobiliaria ha quedado adosado al balneario.
El eje largo es más o menos perpendicular al corto, y va desde Punta Ballena en el oeste hasta José Ignacio en el este. En los papeles, Punta Ballena, Punta del Este, José Ignacio y La Barra, que queda en el medio de las dos últimas, son localidades diferentes. En la práctica, son distintas zonas de lo que podría llamarse el Área Glamour, una mancha geográfica que tiene al Punta del Este original como centro, y que concentra lujo, dinero y fama en una escala ridículamente superior a los promedios del resto del país.
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La historia de Punta del Este se remonta a 1530. En enero de ese año, Sebastián Gaboto le da la espalda a América y regresa a España, dejando tras de sí, entre otras cosas que no hacen a esta historia, al teniente alguacil Don Francisco Maldonado, a cargo de un asentamiento en lo que por entonces era una bahía innominada. En 1755 el gobernador de Montevideo, Joaquín de Viana, percibe la importancia estratégica del enclave, y funda una población precaria en lo que hoy se conoce como Laguna del Diario (una laguna que, al entrar a Punta del Este, aparece de inmediato a mano izquierda, a pocos metros de la playa). En 1757 la población se traslada, y se afinca permanentemente en la bahía, junto a lo que hoy es el puerto de Punta del Este.
La historia continúa. La ciudad de San Fernando de Maldonado, capital del departamento homónimo, termina por cuajar tierra adentro, a pocos kilómetros de la costa, y por el siguiente siglo lo que hoy es Punta del Este queda como exclusiva área de interés de militares cada vez más languidecientes. A principios del siglo XIX la zona se llamaba Villa Ituzaingó (nombre que en la actualidad quedaría espantoso en los miles de folletos turísticos que se imprimen anualmente), y la actividad humana circundante se reducía a saladeros de carne y salinas, más algunas plantas de faena de ballenas y lobos de mar. El tráfico de mercadería entre Punta del Este y Maldonado se hacía en carretas y en sorprendentes dromedarios. Es que toda la zona, que hoy alberga los mejores céspedes del país, era un inmenso mar de dunas desolado y reseco.
En 1907 llegaron a la península los primeros turistas, provenientes de Buenos Aires en el vapor Golondrina. Algún emprendedor inversor prototurístico había solicitado el cambio de nombre, y estos pioneros de sombrero de paja y traje de baño de lana llegaron a lo que ya se llamaba Punta del Este. Mediante ese sencillo pero significativo acto, se dio inicio a un siglo de desarrollo imparable, y de colonización argentina. Desde 1907 hasta hace muy poco, Punta del Este fue, para bien y para mal, un balneario de argentinos.
En el otro extremo del eje corto se encuentra Maldonado, que en la actualidad ya está unido en un solo núcleo urbano con su vecino rico, pero que espiritualmente se encuentra a kilómetros de distancia. Para los puntaesteños adoptivos, Maldonado es el barrio pobre donde se centralizan los trámites estatales y municipales (y donde se consigue el servicio doméstico. Maldonado es la única ciudad de Uruguay donde vi con mis propios ojos un comercio que vende uniformes para servicio doméstico, incluyendo delantales y cofias con encaje para mucamas, y chalecos a rayas para mayordomos). Para los de Maldonado, Punta del Este es… vaya a saber bien qué. Los auténticos sentimientos profundos de los habitantes de Maldonado aun están por ser dilucidados.
Un sociólogo de Maldonado al que entrevisté hace un año me dio algunas claves al respecto. “Los fernandinos viven de espaldas al mar”, dijo. Los “fernandinos “ son los habitantes de San Fernando de Maldonado, nombre completo de la ciudad. De noche, si hay viento, el ruido del oleaje en la “lejana” Punta del Este se escucha claramente en las casas de todos los fernandinos.
También da un ejemplo práctico: “En las rutas de todo el país, hay miles de carteles que indican la distancia a Punta del Este. Punta del Este tantos kilómetros, Punta del Este tantos otros kilómetros. No hay ni un sólo cartel que indique la distancia a Maldonado”.
En el eje corto, Punta del Este es el extremo alegre, y Maldonado el extremo melancólico.
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Si el eje corto tiene un extremo feliz y otro melancólico, el eje largo en cambio es todo jolgorio.
Llegando por el oeste, es difícil decir dónde comienza el eje largo. Netamente ya se está en la zona de influencia de Punta del Este al llegar a Punta Ballena, un espolón rocoso que se incrusta en el mar y separa el arco de playas de Punta del Este del de Portezuelo. Pero antes de Punta Ballena se encuentra el Solanas Forest Resort, un tiempo compartido que supo ser, hasta hace unos años, uno de los referentes top de la zona. También del otro lado se encuentra Chihuahua, la playa nudista del balneario donde tal vez me equivoque pero lo más factible es que quien se introduzca en la misma apenas pueda ver los tristes colgajos al viento de algunas personas de edad demasiado bronceadas, y de algunas celebridades argentinas de segunda fila. Trascendidos a la prensa (casualmente, de boca del promotor de la playa) hablan de visitas de figuras de primer nivel, como la modelo Naomi Campbell, la también modelo argentina Daniela Cardone y su hija, también modelo, Brenda Gandini, o la conductora argentina (y modelo) Dolores Barreiro. No hay manera de confirmar estas visitas al natural, pero de todas maneras lo único que sospecho que podrían provocar, de haber existido, es un leve revuelo en los tristes colgajos ventilados de los vetustos habitués. La playa también tiene un sector nudista gay (desnudos pero no revueltos, al parecer).
Lo más seguro es decir que el extremo oeste del eje largo comienza en el aeropuerto de Laguna del Sauce, una terminal pequeña pero recientemente modernizada y convertida en una especie de escultura de aluminio, obra del arquitecto Carlos Ott, uno de los dos nombres uruguayos con cierta fama en la arquitectura contemporánea mundial (el otro es Rafael Viñoly, quien también tiene una pata metida en Punta del Este).
Luego de Punta Ballenas ya puede decirse que comienza Punta del Este en sí, aunque la ruta costera que conduce a la ciudad, y que tiene una vista espectacular, atraviesa varias zonas de nombre distinto, pero sin demasiados saltos de continuidad entre una y otra. El paisaje urbano, desde que se toma el último recodo que desemboca en la rambla puntaesteña, es una sucesión de edificios de tres o cuatro pisos rodeados de parque, algunas casas ubicadas encima o detrás de terraplenes de césped, y a medida que se llega a la península en sí, edificios de altura, algunos de más de 20 pisos.
Hay una sola excepción, a medio camino entre la entrada a la rambla y Punta del Este, en la parada 19. La manera de ubicarse en la costa puntaesteña es hacer referencia a las paradas de ómnibus, que desde la península se cuentan desde el cero a uno y otro lado. Las que van rumbo a Punta Ballena son las paradas “de la Mansa”, las que van hacia La Barra, “de la Brava”. Esto se explica porque en el extremo mismo de la península de Punta del Este, sesudos geógrafos decretaron que se encuentra el inicio de la línea imaginaria que separa el Río de la Plata del océano Atlántico. En concreto, las playas “de río” de la Mansa son, como el nombre lo dice, más mansas, y las oceánicas de la Brava, más revueltas y feroces.
En la parada 19 de la Mansa, entonces, se encuentra el único quiebre al paisaje de confortable lujo. Es la zona conocida como Las Delicias, y técnicamente es parte de la ciudad de Maldonado. Como si extendiera un seudópodo, la capital departamental se estira desde su ubicación mediterránea, y con dos o tres barrios encadenados se las ingenia para alcanzar a rozar el mar (el río, en realidad) y marcar presencia. Los que llegan a Punta del Este, en un momento se encuentran con una par de cuadras de negocios con aspecto de tener más de veinte años (más de veinte meses de permanencia, para un negocio de Punta del Este, ya habilita a referirse a él como “un clásico”), algunas casitas con pinta de haber sido construidas en los 50, y nada de jardines. En un parpadeo la intromisión urbana desaparece, y el suave lujo edilicio vuelve. Maldonado queda atrás, y el que llega al Área Glamour no vuelve a pensar en él hasta que tiene que pagar la contribución inmobiliaria o algún impuesto igualmente molesto.
El otro extremo del eje largo se extiende y se extiende hacia el este, y aún sigue en proceso de alargarse. Primero abarca la zona de la playa Brava, cuyo paisaje arquitectónico se compone de enormes edificios de apartamentos muy esparcidos por la zona, y a medida que uno se aleja de la península, casas enormes, casi todas detrás de terraplenes, pocas encima de los mismos.
El eje largo sigue hasta encontrarse con el arroyo Maldonado, lo cruza a través de uno de los dos puentes ondulados gemelos (muy entretenidos, una especie de parque de diversiones en miniatura: cuando se los atraviesa a la velocidad adecuada, hay unos microsegundos de caída libre) y llega a La Barra, un sitio difícil de clasificar. En La Barra se amontonan tiendas de ropa, galerías de arte, concesionarias Harley Davidson, hoteles, bares, tiendas de decoración. Todo con el aspecto precario de una zona comercial levantada de improviso junto a un pozo de petróleo recién descubierto, pero con el charme y el lujoso descuido de los náufragos de Lost.
El eje largo sigue y sigue, atraviesa Manantiales, una larga zona de playas que en las últimas dos décadas han sido colonizadas por casas lujosas y emprendimientos inmobiliarios aun más lujosos, y llega a José Ignacio. Y cómo les explico José Ignacio…
Para darles una idea, José Ignacio es a un pueblo de pescadores (sus lejanas raíces) lo que el barco pirata de Disneylandia a un verdadero barco pirata del siglo XVII. En José Ignacio están los restoranes más caros de la zona (o casi). En José Ignacio viven (o vivieron) Shakira y Martin Amis. En José Ignacio tienen sus casas de veraneo, codo a codo, Mirtha Legrand (actriz y conductora argentina, más que madura, embalsamada) y Amalia de Fortabat (potentada argentina, igualmente embalsamada). En José Ignacio las calles son de tierra.
De momento, José Ignacio es el punto más top y extremo del eje largo, pero la expansión continúa. Más al este se encuentra la laguna Garzón, límite del departamento de Maldonado, que ya está siendo colonizada por el Área Glamour.
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Mis primeros recuerdos de Punta del Este son televisivos. Programas de verano de los años 80, que cubrían para los asombrados uruguayos el despliegue de glamour y locura que tenía lugar ahí nomás, en ese paraíso de excesos y bronceador que casi nadie podía reconocer como perteneciente a la humilde (y en aquellos días, militarizada y gris) República Oriental del Uruguay. Puntualmente las cámaras de uno o dos canales, semana a semana, y con la conducción de lo más selecto del mundillo televisivo local, llevaban a todo el país los lujos, excesos y diversiones de una fauna compuesta por la crema de la crema de la farándula y la oligarquía de Argentina. Claro, a veces aparecían visitantes de lugares más lejanos. Por las arenas puntaesteñas, y las cámaras del canal de turno, cruzaban fugazmente Alain Delon, Charles Aznavour, Vinicius de Moraes o Paul Anka. Televisados, parecían porteños adoptivos.
No siempre la hegemonía argentina fue tan absoluta. En 1951 se organizó un nada despreciable Festival de Cine de Punta del Este, y hasta 1955, su última edición, pasaron por el balneario figuras de la talla de Cantinflas, Joan Fontaine, Yul Brinner, Gina Lollobrigida, Vittorio de Sica o Silvana Mangano (también vinieron la Coca Sarli y Mirtha Legrand, cuando aun corría sangre por sus venas). En cierto modo, los años en que se realizó esa primera versión del Festival fueron el punto más alto del reconocimiento mundial de Punta del Este. Los mencionados y otros, cuando llegaron al Festival, eran realmente estrellas consagradas en su momento de mayor gloria.
Mucho después, a fines de los 90, se quiso reflotar el Festival. Por diversos motivos, no todos claros, la iniciativa logró mantenerse en el tiempo, pero difícilmente pueda compararse el boato actual con el de aquella época dorada. En la versión 2008 del Festival de Punta del Este, la máxima estrella visitante fue Natalia Oreiro (actriz y cantante uruguaya, vive en Buenos Aires, se dice que es famosa en Rusia).
Con todo, aquellos programas televisivos tenían cierto carisma, cierto tufillo a Gran Mundo. En las décadas previas a internet, la globalización y las revistas de distribución continental, el tilinguerío porteño que veraneaba de enero a marzo en Punta del Este lograba transmitir un no se sabe qué de glamour. No era algo mensurable, ni siquiera explicable, pero de alguna manera misteriosa el cruce entre Punta del Este y la high life porteña lograba que ambos se ennoblecieran mutuamente. Tenía cierto encanto (y provocaba placer culposo) seguir los devaneos veraniegos de Susana Giménez, Alberto Olmedo, Moria Casán, Graciela Alfano y el resto de la corte farandulesca. Eran épocas en que la fama no significaba aun sobre exposición y descalificación automática, y el (filtrado por las cámaras) inocente regodeo lujoso de las primeras figuras tenía algo de raigambre popular que hacía que quien viera los programas de verano se sintiera integrado a ese mundo. Era un lujo que el televidente promedio, clase media, podía comprender.
Con el cambio de siglo, algo profundo se modificó. Como el Imperio Romano en su decadencia, la hegemonía porteña comenzó a retroceder ante el embate de nuevos bárbaros recubiertos de oro, siendo suplantada por un nuevo Punta del Este, de un lujo más cerrado y misterioso, pero mucho más vasto. Los comprensibles y familiares figurones porteños fueron reemplazados por nombres dichos y no dichos, por rumores de presencias internacionales imposibles de confirmar, por europeos, estadounidenses o brasileños que llegaban en aviones privados, desaparecían en circuitos apenas entrevistos o directamente invisibles, y partían sin dejar más rastro que alguna supuesta inversión vertiginosamente alta. Con la retirada de las legiones porteñas, Punta del Este, definitivamente, fue arrancado del poco contacto que los uruguayos podíamos mantener con ese segmento del paisito, y arrojado al maremagnum del Gran Mundo, que en el siglo XXI es una zona cerrada, ajena y sin contacto con las masas.
Con ese panorama es que llego a Punta del Este, por cuarta vez en mi vida, a hacer una nota.
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La primera vez, hace diez años, mi tarea era hacer un informe para una revista de Montevideo acerca de la opinión sobre Punta que tenían las diez o doce principales figuras de la industria turística del balneario. En dos días, en un Volkswagen cochambroso, con el fotógrafo de la revista recorrimos de cabo a rabo el Área Glamour, yendo de La Barra a Punta Ballena (ir hasta José Ignacio no tenía sentido en aquella época). Fue una tarea sencilla, distendida y agradable. Las “principales figuras” de la época eran administradores de hoteles o de tiempo compartidos, gerentes de inmobiliarias, dueños de posadas—restaurante. La táctica era entrevistar a uno (pongamos por ejemplo Ramón de Izequillas, argentino de nacimiento, gerente del hotel Casapueblo en Punta Ballena, persona muy amable), al terminar la nota llamar telefónicamente al siguiente de la lista, si estaba disponible ir a entrevistarlo, si no, combinar para un poco más tarde. De Izequillas nos recibió en la terraza del bar del hotel, una pequeña ensenada entre rocas, al nivel del mar. Como todas las demás entrevistas, esta fue distendida, agradable, sin apuro. Tomamos café, conversamos, vimos la puesta del sol. Hace diez años, Punta del Este, incluso para los más ajetreados de sus industriales turísticos, era el reino de la dolce vita. Había trabajo que hacer, sin duda, pero la vida era maravillosa.
Así, en rápida sucesión, recorrimos el mundillo puntaesteño. Vimos el despacho pintado en tonos pastel del gerente de un tiempo compartido de moda, un señor mayor, de pelo blanco cortado a cepillo, pecho de barril, atemorizantes ojos celestes, modales secos y cortantes, prusianos, que con su sola presencia aterrorizaba a su personal, compuesto en su totalidad de efebos delgados, altos, muy jóvenes y muy amanerados. Era como si un oficial sobreviviente del Bismark hubiera decidido cambiar de rubro, pero no de estilo de manejo de Recursos Humanos.
Conocimos a la dueña del que era el restaurante y posada top del momento, La posta del cangrejo, en La Barra, donde, cosa insólita en la época, veraneaban varios europeos. Vimos la casa en que vivía por ese verano Alfredo Etchegaray, el relacionista público numero uno de Punta del Este, nombre ineludible en cualquier evento social de la península. Conocimos al muy amable y algo tránsfuga propietario del Hotel La Capilla, que poco después falleció en un accidente de buceo en México. Vimos muchas cosas y a mucha gente encumbrada que nos dijo por qué Punta del Este era el mejor lugar del mundo.
Gran idea para repetir una década después.
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O no.
Para empezar, ¿quiénes son las nuevas figuras principales de Punta del Este? Inversores extranjeros, famosos internacionales, gente muy distinta a aquella, en el recuerdo, amigable fauna argentina.
Llego a Punta del Este un sombrío día de fines de febrero. La temporada ya terminó hace rato (la temporada de eventos, al menos). Mi lista de entrevistables no es muy larga, e incluye al hermano de Julio Iglesias, a un magnate mexicano, al CEO de un consorcio argentino y a Shakira. Cuatro días después, no pude verle las cara a ninguno de ellos. Con tres, al menos, pude hablar por teléfono. De ninguno obtuve la más mínima declaración.
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A fines del 2007 la llegada de Shakira a Punta del Este causó un comprensible revuelo mediático. La estrella de la canción se compró una residencia a pocos kilómetros de José Ignacio, y llegó para quedarse con todo su equipaje, el cual incluía a su guitarra y a Antonito de la Rúa, su novio, hijo del ex presidente argentino que a pura falta de carisma logró opacar el nivel de rechazo que la población tenía por Carlos Menem.
Shakira se recluyó en su propiedad, y nadie vio su revuelto pelo. En una sola oportunidad salió de compras, y adquirió (los medios lo consignaron prolijamente) piedras sanitarias para su gato, comida para aves y varios metros de malla plástica para gallinero. Esa malla plástica, en particular, fue objeto de varias especulaciones mediáticas.
Como la cantante se negaba a brindar material, la prensa decidió inventarlo. Se extendió el rumor de que Shakira se iba a casar con Antonito en San Carlos (prosaica y apacible ciudad a unos 20 kilómetros de Maldonado). La única fuente que la prensa obtuvo para confirmar o desmentir el rumor fue el cura de San Carlos, que no tenía ni idea. Eso sí, le hubiera gustado mucho casar a Shakira.
Terminó el verano y Shakira no se casó, ni en San Carlos ni en parte alguna.
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En un bar de Maldonado me reúno con Alfredo Etchegaray. Alfredito, le dice todo el mundo, abusando descaradamente de su talante campechano. Por décadas, Alfredito fue el relacionista público número uno de Punta del Este, el motor detrás de todos los eventos, la figura infaltable en cualquier reunión social, el invitado que no podía no estar en cualquier programa televisivo sobre la movida veraniega.
Hoy, está retirado. Según sus propias palabras, dio un paso al costado y se dedicó a la redacción de un libro que piensa publicar en un año más o menos, luego de una fastuosa campaña mediática que ya planifica. Sigue manteniendo su don de gente, su verborragia y su nutrida agenda (y su narcisismo extremo, que lo lleva a, en un supuesto diálogo, mirar al vacío con expresión hueca mientras su interlocutor habla, y retomar su discurso con entusiasmo en cuanto el otro se calla), pero lo cierto es que de su figura emana una leve tristeza, una melancolía con aroma a gloria pasada. Es un ex senador romano en tiempos de los nuevos bárbaros. Es un derrelicto abandonado por la marea que se retira. Ya en las últimas épocas de la hegemonía porteña, estaba derrotado. En los días actuales de magnates internacionales, simplemente no hay lugar para su energía inagotable y sus buenas intenciones. Lo recuerdo hace cuatro o cinco años, tratando de aferrarse a sus viejas glorias, en la fiesta inauguración de un Festival de cine, paseando alegre por el salón del hotel Mantra (en aquella época se llamaba Cipriani), con dos estilizadas y lánguidas morenas vestidas de plateado caminando a un metro detrás suyo. Sólo le faltaban las correas y collares enchapados en plata. Al parecer, esa temporada se paseó con las dos morenas por todos los eventos a los que concurrió. Un auténtico senador romano, regio hasta el fin.
Nota al margen, esa presentación en el Cipriani en el 2003 o 2004 fue emblemática de la época. En el que decía ser el hotel más lujoso del balneario en ese momento, dos o tres centenares de invitados, entre los que Alfredito y sus morenas platinadas no eran precisamente la nota discordante, pasaban hambre. La comida se demoraba y se demoraba, y cuando llegó, ante el asombro muy bien disimulado de los presentes, se limitó a unas magras raciones de mostacholes con queso (macaroni with cheese, digamos). Lo que uno come en su casa cuando no tiene ganas de cocinar, o nada en la heladera. Ya en aquella época el lujo puntaesteño de puertas afuera hacía agua, y algo se cocinaba en interiores. No era miseria, era que los poderosos ya sentían que no tenían nada que demostrar, que las “figuras” que llegaran a sus salones no les estaban haciendo un favor, sino todo lo contrario.
De nuevo a Alfredito. En la larga conversación en el bar, una sola vez perdió la compostura y los ojos le brillaron con ferocidad. Fue cuando comentamos brevemente el encarcelamiento del relacionista público argentino Gaby Álvarez. Ahí la ferocidad le afloró en la voz, y dijo algo así como “Ojala ahora termine todo eso”.
“Todo eso”, para Alfredito, significa el farandulaje porteño que suplantó su mundo previo de glamour, la última ola antes de la decadencia.
En los noventa y principios de este siglo la farándula argentina cambió radicalmente, perdió profundidad y carisma (no es que les sobraran, tampoco) y se convirtió, mediante un proceso de tugurización que aun continúa, en un reservorio de seres dudosos e intercambiables, vedettes de medio pelo, concursantes de reality shows, travestis mediáticos, actores de un solo papel, familiares de otros famosos, gente que no se sabe bien qué hace pero roba cámara. Famosos sin motivo para su fama. Un reino confuso y degradado, donde los programas televisivos de chismes marcan el ritmo. Gaby Álvarez, en cierto modo, simbolizaba a la vez que integraba esa nueva camada mediática, aunque en su costado más lujoso, exclusivo y soberbio.
Alfredito abandona el bar, de nuevo rumbo a su museo viviente de recuerdos de una época mejor, cuando él y los suyos eran la realeza de Punta del Este, los elegidos, las estrellas más brillantes de un firmamento plagado de constelaciones. Se lo ve enérgico, bronceado, con el pelo largo cuidadosamente descuidado, elegante, tal vez un punto apenas demasiado vehemente. Pero estos ya no son sus tiempos. Ojala le vaya bien con su libro.
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Lo de Gaby Álvarez bien puede ser la señal que marque el definitivo Crepúsculo de los Nuevos Dioses (la farándula porteña pos—menemista) en Punta del Este. Con su caída, es lo que espera Alfredito, tal vez muera una época de excesos y suplantación.
El relacionista público más conocido de Buenos Aires llegó en enero a Punta del Este en el avión privado de un amigo. Su voluminoso equipaje, compuesto por ropa rigurosamente blanca, vino por tierra, traído en auto por sus asistentes.
Hasta donde entiendo, la única gracia de Gaby Álvarez era conectar gente entre sí. Conoce y tiene el teléfono de mucha gente famosa, a la que convence o coacciona para que vaya a reunirse con otra gente, generalmente cobrando por el proceso a quien le pide la llamada, a quien llama o a ambos. En el ambiente farandulesco porteño actual no hay evento que merezca el nombre de tal si no tiene un porcentaje de famosos de diverso pelaje entre sus concurrentes, y la costumbre es pagar a vedettes, músicos, actores o mediáticos en general para que se den una vueltita, se dejen fotografiar y le den “relumbre” a lo que sea que los convoque. Ese era el metier de Gaby Álvarez, proporcionar relumbre.
La tarde del miércoles 23 de enero, Álvarez y su secretario, que iba manejando un Honda Prelude, se dirigían a José Ignacio por la ruta 10. A la altura de Montoya el coche hizo un trompo y cruzó a la otra vía, donde chocó violentamente con una motocicleta, matando a la mujer que manejaba y a su pasajero. Cuando llegó la policía, la declaración de Álvarez fue que el que manejaba era su chofer, lo que era cierto, y que el accidente se debió a la pinchadura de una rueda, lo que no era tan cierto. A la justicia le llevó más o menos 20 segundos desarticular la astuta coartada de Álvarez, al comprobar que el vehículo tenía sus cuatro ruedas en perfecto estado. Cuando la verdad salió a luz, resultó que mientras su secretario manejaba el coche a 140 kilómetros por hora (en zona de 90 de máxima), Álvarez repitió un jueguito que les gustaba hacer a ambos cada tanto: en plena marcha, tiró del freno de mano. Resultado, dos muertos y dos presos.
A diez kilómetros de Maldonado está la cárcel de Las Rosas, un pequeño establecimiento saturado de maleantes de distinto calibre, cuya población actual es cerca del triple de su capacidad prevista. Ahí tienen nueva residencia quien fuera el relacionista top de la farándula argentina y su secretario. En el “ambiente” porteño ya no hay quien llame famosos para que se den una vuelta por alguna inauguración o fiesta. Ya no está más el peladito vestido de blanco que se jactaba de conocer a más celebridades que nadie en el país. Ahora esta curiosa figura de inciertas habilidades y extrañas maneras de ganarse la vida languidece rodeado de otros varios centenares de peladitos de distinta catadura. Al llegar a la cárcel se le pidió una lista de personas autorizadas a visitarlo, y con entusiasmo llenó varias hojas de cuaderno con un “Quien es Quien” de la farándula, esperando un desfile de glamour por los sórdidos cuartitos de cacheo de la cárcel. El número real de sus visitas no alcanzó a la media docena, contando a su hermano.
Pero no todo es negativo en la vida de Gaby Álvarez. La dirección del penal lo autorizó a tomar sol en soledad en la azotea. Y, en declaraciones a la prensa, confesó que tiene un amplio y fiel público entre sus compañeros de pabellón, que cada tarde se reúnen en corro a escuchar embobados sus interminables anécdotas sobre el jet set porteño. Tomando en cuenta que puede llegar a estar ocho años preso, es de esperar que tenga buena memoria y muchas anécdotas.
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A pocos kilómetros de donde Gaby Álvarez manoteó el freno de mano, ocurrió otro accidente. El seis de febrero, Guntram Rodrigo Hadbsburg Lothrimgen iba por la misma ruta 10, conduciendo una moto a más de 200 kilómetros por hora cuando se estrelló contra una camioneta. La única buena noticia que se le pudo dar a Guntram desde ese momento es que sobrevivió, porque quedó bastante maltrecho. A principios de abril seguía internado en una clínica en Buenos Aires, donde lo llevó su decidida madre, la princesa Laetitia de Belzunce d'Arenberg.
Laetitia d’Arenberg es un rostro conocido en Uruguay. Es parte fundamental de una mini micro realeza local y auténtica, que le dio verdaderos glamour, refinamiento y aires de Gran Mundo a Punta del Este durante décadas. Hay que decir que Guntram, a su kilométrico nombre, agrega el título de Archiduque de Austria, que le viene por parte de su padre, Leopold III von Habsburg—Lothringen Gran Duque de Toscana, hijo de Gottfried I von Habsburg—Lothringen Gran Duque de Toscana y de Dorothea Theresa Marie Franziska von Wittelsbach Princesa de Bavaria. A su vez Gottfried I era hijo de Peter Ferdinand von Habsburg—Lothringen Archiduque de Austria y Gran Duque de Toscana, y de Maria Cristina de Borbone Princesa de Bourbon—Sicilia. Y así siguen y siguen hasta llegar a Guillermo el Conquistador (1027 — 1087) y prácticamente a cada miembro famoso de la realeza europea desde la Alta Edad Media en adelante. Y no paran, porque Gunther (nacido en 1967) está casado con Debora de Sola y Liebes y ambos tienen una hijita de siete años, la pequeña condesa Anna Fastina von Habsburg—Lothringen
Laetitia nació en El Líbano en 1941. Su hermano Rodrigo Henri de Belzunce D' Arenberg Marqués de Belzunce nació en Francia en 1942. El padre de ambos, Henrí Marqués de Belzunce murió en la batalla de Montecasinos en 1944, y su madre, Marie Therese de la Poeze d`Harambure, se casó en segundas nupcias en 1949 con el príncipe Erik Engelbert duque D`Arenberg. En 1951, presionados por los orígenes germano—belgas del príncipe, la familia se mudó a Uruguay, concretamente a Punta del Este. Rodrigo y Laetitia son los únicos casos conocidos de nobles europeos que estudiaron en escuelas públicas uruguayas (sí hay un noble europeo internado en un manicómio montevideano, pero es una historia mucho más triste que nada tiene que ver con Punta del Este).
Laetitia se casó en Alemania (y se divorció en los 70), y su madre murió en Francia en 2006, pero tanto ella como su hermano terminaron siendo residentes estables de Punta del Este. Para dar más glamour al entorno familiar, Rodrigo se casó con una modelo italiana, Patricia della Giovampaolla.
Laetitia, su hermano y su nuera fueron por mucho tiempo los referentes indiscutibles del balneario. Grandes amigos de Alfredito Etchegaray, las fiestas de Rodrigo fueron legendarias, marcando los parámetros del buen gusto puntaesteño. Además, en paralelo, ambos D’Arenberg fueron exitosos empresarios, Rodrigo en el campo automotor, Laetitia en el agro. Es común que en las ferias agrarias los ejemplares bovinos de la cabaña Las Rosas de Laetitia ganen premios. Cuando Guntram se accidentó en su moto, iba tan rápido porque llegaba tarde a su clase de vuelo en helicóptero. Su plan era utilizar ese medio de transporte (el helicóptero, no la moto a velocidades demenciales) para los habituales viajes que él y su madre hacían a sus campos de Florida, en el centro del país.
El príncipe Rodrigo murió en diciembre de 2007. Mal temporada para Laetitia y para Punta del Este, que perdió a una de sus principales figuras, y un inagotable generador de charme. En los buenos viejos tiempos, no era extraño ver a Rodrigo paseando del brazo de Mariel Hemingway (mucho antes de conocer a Patricia, claro).
Antes del accidente de su hijo y de la muerte de su hermano, Laetitia daba señales de seguir siendo la emprendedora aristócrata europea con un pie populista que el público uruguayo aprendió a respetar y hasta, reluctantemente, a querer. A mediados de 2007 se supo que la princesa había adquirido el tambo La Pataia, un pequeño establecimiento agrario—turístico muy cercano a Punta del Este, famoso por su dulce de leche (el dulce de leche es una mezcla de leche, azúcar y bicarbonato de sodio, pero de alguna manera misteriosa hay gente que logra hacerlo más rico que otros) y por el festival anual que organizaba su anterior dueño, Francisco Yobino. Durante más de una década, Yobino llevó adelante el único evento cultural realmente interesante e indiscutible de Punta del Este, aunque minoritario, el Festival de Jazz de La Pataia. La larguísima lista de participantes del evento incluye a Chico Freeman, Paquito D’Rivera, Jason Marsalis (el más joven de la dinastía que integran Wynton, Branford y varios Marsalis más), Toots Thielemans y varios cientos del mismo calibre. Además, pocos tambos del mundo pueden vanagloriarse de tener, aparte de vacas y cabras, un escenario techado, 600 butacas y una cabaña muy confortable para que los músicos se distiendan antes de salir a tocar.
Yobino fue quien convirtió a La Pataia en una atracción turística, y también fue quien lo fundió. La princesa D’Aremberg realizó una compra amistosa del establecimiento, con la idea de convertirlo en un paseo familiar y mantener el perfil musical. Las cosas se torcieron, Yobino y la princesa se distanciaron y en definitiva este verano hubo dos festivales: el decimotercero de jazz que Yobino organizó por su cuenta, y uno de “Músicas del Mundo” en La Pataia, que se pareció sospechosamente a un festival de jazz con un toque de world music. Todo parece indicar que finalmente Yobino y la princesa van a amigarse después que ésta supere su mal momento, y que el festival volverá a unificarse. Eso sí, la producción de dulce de leche y las atracciones turísticas seguirán siendo de la princesa, que de ninguna manera aparenta ser mujer que se deje vencer por las adversidades.
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La princesa D’Aremberg hubiera sido un nombre infaltable en mi lista de entrevistados, pero estaba en Buenos Aires, absorta en el cuidado de su hijo herido. El siguiente nombre que tenía anotado era el de Carlos Iglesias, medico retirado cuya cruz es que en prácticamente cada párrafo que lo nombra aparece, como mucho veinticinco palabras después, el nombre de su hermano famoso, Julio Iglesias.
No es que Carlos reniegue de su hermano menor (Julio del 43, Carlos del 45) ni mucho menos. Cuando Julio se retiró a vivir a Miami, Carlos abandonó la práctica de la medicina para dedicarse a administrar los negocios del cantante, y en particular sus inversiones inmobiliarias. Con el asesoramiento de Carlos, Julio adquirió lujosas propiedades en Key Byscaine y en República Dominicana, donde ahora habita y comparte soplos inmobiliarios con su vecino y amigo Oscar de la Renta.
Carlos, por su parte, realizó fructíferas inversiones en España, comprando por ejemplo terrenos cerca de Madrid por 200 millones de pesetas, mismos que vendió pocos años después por más de 5.000 millones.
El último gran negocio de Carlos (y en parte de Julio) es en Punta del Este. Se trata del fraccionamiento Laguna Estates (pronúnciese “laguna estaits”), un amplio terreno a orillas de la laguna Blanca, a pocos kilómetros de Manantiales. La idea es fraccionar el terreno de 95 hectáreas en 81 parcelas y construir mansiones lujosas (muy lujosas), a las que se le suministrarán servicios como un club de tenis, acceso a un club de golf, a un spa, etc. Además los felices propietarios tendrán a su disposición a un lifestyle concierge, encargado de organizar actividades al aire libre, traslados, reservas en restoranes, actividades náuticas, entrega de prensa internacional a domicilio y esas cosas imprescindibles. En alguna parte del predio, habrá un helipuerto. De momento, lo único construido es la, vista de lejos, fastuosa casa del propio Julio, y una obra a medio terminar, el doble de grande, vaya a saber de quién.
Llamo a Carlos a su celular durante toda una tarde. No me atiende. Al otro día, a las nueve de la mañana, le doy captura. Le explico el motivo de mi llamada. Pregunta varias veces el nombre de la revista a la que represento. Amablemente, me dice que llame a Juan Carlos, su secretario, administrador o algo así, y que arregle una entrevista a través de él.
Llamo a Juan Carlos. Me pregunta varias veces el nombre de la revista. Me dice que va a hablar con Carlos Iglesias y que me va a llamar. Nunca me llama.
El día antes de irme de Punta del Este, vuelvo a llamar a Carlos. Me atiende amablemente. Me dice que es una pena, pero que se encuentra en Buenos Aires, y que lo más probable es que de allí viaje directo a Madrid, sin pasar por Punta del Este. Que tal vez si me quedo en Punta del Este una semana más pueda hablar con su hijo Jorge, también parte del emprendimiento. No, no me puedo quedar una semana más. Una pena.
Amabilísimo, Carlos Iglesias. El 13 de febrero iba conduciendo su camioneta 4X4 por la ruta 10 a la altura de La Barra, cuando atropelló a una mujer que bajaba de un ómnibus. Dicho sea en su honor, Carlos, médico al fin, la atendió en el lugar, la llevó a un hospital y de inmediato fue a la comisaría a aclarar el asunto. Nada de historias con ruedas pinchadas. Y manejaba a velocidades moderadas. Carlos es un caballero.
En definitiva, dos cosas quedan claras: si uno se para el tiempo suficiente a un costado de la ruta 10, tarde o temprano va a ver pasar a todos los famosos que dan vueltas por la zona. Y si uno se para más tiempo, tarde o temprano va a ver a un famoso involucrado en un accidente automovilístico.
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Laetitia D’Aremberg, inubicable por motivos familiares. Carlos Iglesias, rumbo a Madrid.
Probemos con Shakira.
La cantante tiene un chacra con pequeña laguna incluida en las cercanías de José Ignacio. La misma fuente que me facilitó el teléfono directo de Carlos Iglesias me pasa el de su representante/agente de prensa/cancerbero, Javier Furgan, a la sazón en Buenos Aires. Lo llamo, le explico que estoy haciendo una nota para una revista mexicana, Gatopardo (“—¿Cómo se llama? —Gatopardo. —¿Cómo? —Gatopardo. —¿Gatopardo? —Sí, Gatopardo.”). Le pregunto qué posibilidades hay de una mini entrevista con Shakira. Pausa jocosa de dos segundos. Ninguna. ¿Y unas declaraciones para la nota? No, imposible. ¿Unas preguntas por mail? Ni ahí. ¿Unas declaraciones a través de él? Ni soñar. Shakira no habla, ni manda mensajes ni se comunica de ninguna manera con nadie.
Bueno, me consuelo al fin, no se puede esperar que una mujer que sufre tanto acoso mediático esté disponible cinco minutos para responder dos pavadas a una revista. Tomemos en cuenta que la pobre ni siquiera puede construir un gallinero en paz.
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Mi siguiente nombre en la lista es el de un empresario argentino, CEO de un grupo inversor que acaba de gastar 80 millones de dólares en un proyecto en Punta del Este. Lo llamo a su móvil. Obviamente, está en Buenos Aires. Me deriva a la directora de marketing del emprendimiento, Ania Nozewnik. Me lo deletrea dos veces.
Llamo a Ania, sin siquiera molestarme en probar a pronunciar su apellido. Me atiende con un marcado acento centroeuropeo, me confirma que es la encargada de marketing del proyecto Acqua, y me dice que no tiene inconvenientes en responder a mis preguntas, pero que se las envíe por mail.
Muy atrás quedaron los distendidos tiempos de tomar café con Ramón de Izequillas en la terraza del bar de su hotel.
Le explico que no, que como voy a hacer una crónica lo importante es verla, ver dónde trabaja, ver el proyecto, etc.
Me dice que de acuerdo, que pase a verla a la oficina del Acqua.
El problema al que me enfrento enseguida es que no le pedí más precisiones. La dirección de Turismo de la Intendencia tuvo a bien proporcionarme un auto con chofer para que me desplace por la zona mientras hago la nota, pero cuando le pido que me lleve hasta “el Acqua”, me pregunta: “¿Aqua, Awa, o Acqua? Hay tres que se llaman parecido”.
Y Ania tenía un muy marcado acento centroeuropeo.
Salimos a recorrer.
El Awa es un coqueto hotel—boutique (como les dicen ahora; el nombre completo del lugar es “AWA boutique and design Hotel”) ubicado muy cerca de la península. Tiene 48 suites de diseño minimalista, refinamiento que le chorrea por los cuatro costados y un lobby boy con el pelo en cresta que nunca oyó hablar de ninguna Ania. Eso sí, es el “primer hotel del mundo en incorporar un Personal High Tech Microcine”. A pesar de eso, de los sillones de Philippe Starck y de las lámparas europeas en grafito color plateado de Bertoni, no parece ser una inversión de 80 millones.
Probamos en el Aqua. Un hotel en pleno centro de Punta del Este, inaugurado en 2005, coqueto pero no tan presuntuoso como el Awa. Y sin ninguna Ania a la vista. Y definitivamente, no una inversión de 80 millones.
Hay un edificio Aquarela, pero Ania no tenía tanto acento centroeuropeo. Sólo queda el Acqua.
El Acqua es un edificio en construcción en la parada 19 de la Playa Brava (curiosamente, simétrico al humilde y familiar barrio Las Delicias, en la 19 de la Mansa) diseñado por Rafael Viñoly (el otro arquitecto uruguayo famoso) y financiado por un consorcio argentino. Llegamos, y subo por una escalera precaria excavada en el terraplén justo al frente de la obra. Me sale al cruce un inútil con casco de obra, al que le explico que busco a Ania Mxyzptlk. Piensa un rato, y me dice que tengo que ir a la oficina, por la calle lateral a mi derecha, pero por el flechado tengo que dar la vuelta a la manzana.
Damos toda la vuelta por calles destrozadas por el tráfico pesado, esquivando pirámides de materiales y legiones de motitos, en las que los obreros vienen a trabajar. Llegamos a la oficina. Un guardia me dice que no hay nadie adentro. Le digo que Ania Mxyzptlk me está esperando. Consulta por teléfono. Si, Ania me espera, pero no trabaja en la oficina, está en el show room, al otro lado de la obra. Tengo que ir a la calle de la izquierda, pero por el flechado…
Volvemos a dar la vuelta. Esquivamos vehículos pesados. Subo una escalerita de madera. Me encuentro frente a la oficina de Ania, en lo que va a ser el lobby del edificio. Miro a mi derecha. A cinco metros tengo la espalda del inútil con casco de obra.
Ania es, en efecto, polaca. Me cuenta que el Acqua es un edificio de primer nivel, una veintena de viviendas de distinto tamaño que acumulan todas las comodidades imaginables. Me muestra perspectivas e ilustraciones de cómo será el edificio terminado, una luminosa r con todas sus paredes vidriadas, cuajada de piscinas y terrazas, brillando en la noche como una joya. Ahora sí se ven los 80 millones.
El Acqua tendrá 14 ascensores, un lobby principal de 140 metros cuadrados, siete lobbies más para los que no quieran caminar, dependencias de servicio (en la planta baja, supongo que en los ángulos donde no haya lindas vistas), lavaderos, servicio de mucama, piscinas a destajo, gimnasios, spa (varios, pero no estoy seguro de cuál es el plural de spa), sauna, aire acondicionado ecológico, pisos de porcelana, amoblamiento de cocina italiano, mármol de Carrara en los baños, artefactos sanitarios Philipe Stark (al parecer, muy popular por estos rumbos), y más y más y más. Los dos penthouses principales, de 1600 metros cuadrados, tendrán infinity pool, que viene siendo algo así como una piscina en la que se puede chapotear teniendo la ilusión de estar en el mar (que se encuentra a menos de 100 metros de la infinity pool).
Ania me cuenta que la mitad del edificio ya está vendido, todo él a compradores europeos.
Le pregunto a Ania si vive en Punta del Este. Me dice que sí, que llegó en octubre y que le gusta mucho. Que no está sólo por su trabajo en el Acqua, que le gustaría quedarse a vivir pero que aun no pasó ningún invierno…
Deja la frase flotando. El invierno es lo más temido de Punta del Este, el monstruo Grendel de la zona.
Punta del Este es, en el fondo, una gran fachada. A fines de la primavera, a toda velocidad, comienzan obras por doquier para que el 24 de diciembre la Zona Glamour esté a punto. Pasa la temporada como una ráfaga de brillantina, y a fines de febrero llega la desolación. Los comercios taparon con papel sus vidrieras, los hoteles se vaciaron, las casas lujosas se cerraron, las piscinas se drenaron, los yates se subieron a dique seco, los residentes extranjeros aprovecharon para visitar a sus familias en sus lugares de origen, la Intendencia apagó los semáforos, Alfredito Etchegaray se fue a su casa de Montevideo. Sólo quedan las alrededor de 7.000 personas que son la población estable del balneario. Llegan el frío y el viento, sobre todo el viento.
Hay que ser muy guapo para pasar el invierno en Punta del Este.
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Casi abriendo la Zona Glamour, recostado en la cara oeste de Punta Ballena, tiene su refugio otro de los grandes sobrevivientes de la Edad de Oro, el pintor Carlos Páez Vilaró.
A sus 84 años, Páez Vilaró se las arregla para seguir siendo un referente de la zona. Sigue activo, produciendo cuadros casi a velocidad industrial, y su “casa” (es algo bastante más complejo que eso) sigue mereciendo una visita.
Páez Vilaró comenzó a construir Casapueblo a fines de los 50, cuando en la zona había literalmente nada. Primero un ranchito encalado blanco, luego otro adosado, un pequeño mirador, una escalera, otro cuartito… Veinte años después, Casapueblo era una especie de casa—organismo, una enorme estructura brillante de blanco bajo el sol del verano, que en los años 90 se multiplicó al convertirse, mediante asociación de su creador con una empresa argentina, en mitad hotel.
Ahora, Páez Vilaró parece estar un poco apesadumbrado de su decisión de aquella época. Las cosas no van bien para el hotel (el mismo que hace una década administraba Ramón de Izequillas), que debió convertirse en un tiempo compartido, y tiene problemas para pagar los impuestos municipales. Estos problemas afectan a la mitad del edificio de Páez Vilaró.
Pero el pintor no debe preocuparse. Sigue siendo una de las figuras principales de la zona, aunque su obra no es tan omnipresente como antes (hace unos años los patrulleros estaban decorados con un diseño suyo, al igual que los aviones de la empresa estatal Pluna que hacían el viaje a Buenos Aires, y en Punta del Este, cada vez que uno se descuidaba, se daba de frente contra un mural suyo, incluso en el fondo de la piscina del hotel Conrad).
Como Alfredito Etchegaray, como los D’Aremberg, como algún otro, Páez Vilaró era un infaltable del Punta del Este de la Edad de Oro. Era el toque cultural y artístico que le daba sabor al cóctel de glamour. Hoy, viejito y algo achacoso pero aun combativo, tiene energía de sobra para decir que se alegra de la caída del imperio porteño y de la nueva etapa internacionalizada del balneario. Y luego de decirlo, vuelve a trabajar en su taller, unos escalones por encima de su sala de estar, que da acceso a la mejor pequeña piscina de todo Punta del Este, en una terraza abierta que da a un mar que parece infinito.
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Volviendo a mi breve lista, trato de comunicarme con un empresario mexicano que invirtió fuertes sumas en Punta del este, incluyendo la compra del edificio El Torreón, que fuera uno de los hitos de la península, con su restaurante giratorio, y que ahora está empequeñecido por todas las nuevas torres.
Lo llamo. Me contesta. Me pide que le mande por correo electrónico los detalles de quién soy y por qué lo quiero entrevistar. Lo hago.
No me devuelve el mensaje. Lo vuelvo a llamar. Se acuerda vagamente de quién soy. Me pregunta para qué revista trabajo. Le digo. ¿Sale en México?, pregunta. Sale en México, le confirmo. Duda. Me dice que va a consultar a conocidos en su país, para estar seguro de qué perfil de gente la lee. Me dice que si la lee la clase media y el público en general no me puede dar la entrevista, por miedo a los secuestradores. Los secuestradores no leen revistas especializadas, financieras o de turismo. Si fuera para ese tipo de publicaciones, me daría al entrevista sin problemas. En cuanto sepa qué le dicen sus conocidos en México, me llama y me confirma si me da la entrevista.
Al parecer los secuestradores tampoco leen prensa uruguaya, donde el señor inversor fue figurita repetida en cuanta cobertura de eventos sociales se realizó. Un sujeto muy pachanguero, se diría.
Nunca volvió a llamarme. Probé a contactarlo de nuevo varias veces, pero sólo obtuve el mensaje cantarín y alegre de su contestador: “Hooolaaa, te has comunicado con Roooqueee, deja tu mensaaajeee, te lo devolvereee—eee, byyyeee”.
Los secuestradores en México, le deben haber dicho, leen siempre Gatopardo.
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Alfredito Etchegaray sabe muy bien cuándo y por qué cambió Punta del Este. Todo comenzó en los noventa, rememora, cuando varios eventos internacionales pusieron al balneario en el mapa mundial. Cuenta, marcando con los dedos: el campeonato Seven a Side de rugby, el festival de jazz de La Pataia, el torneo Senior de tenis, la escala de la regata Whitbread, las fiestas a todo lujo del potentado brasilero Gilberto Scarpa…
Al margen: Scarpa, un industrial brasilero dueño de una fábrica de envases de plástico en San Pablo se hizo célebre durante los noventa por unas fiestas bestiales que daba en su mansión La Pinduca. La fiesta de 1996, por ejemplo, costó dos millones de dólares, sin que al anfitrión le preocupara que al mismo tiempo la justicia de su país lo condenara a dos años y cuatro meses de prisión en suspenso por evadir aportes, dentro de sólo una de las 13 causas judiciales que se le seguían. En 1998 Scarpa cerró su fábrica, y se dedicó a promocionar un libro sobre él mismo, “Gilberto Scarpa, la otra cara de las fiestas”. Su idea era agotar la tirada de 125.000 ejemplares, a 35 dólares cada uno, y recaudar cuatro millones para sanear sus cuentas. Lo único que consiguió fue aumentar sus deudas en 600.000 dólares, el costo de la edición. Solo, pobre y divorciado de Henrietta, su mujer desde hacía un cuarto de siglo, Scarpa y sus fiestas no lograron entrar al siglo XXI. Vaya a saber en qué anda ahora.
Henrietta, en cambio, volvió a Punta de Este. Una noticia del diario La República de enero consigna que la ex del magnate dio un almuerzo a sus amigas (a sus 120 amigas) en el Yacht Club de Punta del Este. Dice la noticia: “Entre los invitados pudo verse a Marina Radonjic, Ada de Maurier, Beatriz Haedo de Llambí, Ania Agardy, Susana Reta, Jacques de Luynes, Teresa Hume de Anchorena y Teresa Calandra. La anfitriona lució espléndida, fruto de su trabajo con un personal trainer brasileño”.
Alfredito deja de contar. “Y por supuesto”, dice, “la llegada del Conrad cambió todo”.
El Conrad Resort y Casino era parte de la cadena mundial del mismo nombre, que a su vez es parte de la cadena Hilton. Cuando se inauguró el Punta del Este en 1998, fue una revolución. No es que sea más que un hotel cinco estrellas como todos los que a esta altura se encuentran en casi todas partes del mundo, pero para el balneario (y para Uruguay), fue como la llegada de una nave extraterrestre.
No fueron sólo las bellezas naturales del balneario lo que llevaron a la instalación del Conrad en Punta del Este. Más bien fue una decisión estratégica casi militar, basada en las conveniencias logísticas del punto. La página oficial de los hoteles Conrad lo dice con orgullo: “El Conrad es el único hotel resort y casino estilo Las Vegas en Uruguay, estratégicamente localizado al este de Argentina (a sólo 35 minutos de Buenos Aires por avión) y al sur de Brasil (dos horas y media de vuelo desde San Pablo)”. Una decisión estratégica similar, a principios del siglo XIX, desembocó en la fundación de Uruguay. Pero esa es otra historia.
En 2004 visité el Conrad para hacer una nota. Recorrí sus instalaciones, incluso las más recónditas, y me asombré del tamaño de la operación. De nuevo, no es más que otro hotel y casino de los que hay tantos en el mundo, incluso mucho más grandes y lujosos, pero para el mercado uruguayo, es desproporcionado. Un solo dato de aquella nota, para que tengan idea: casi al mismo tiempo de la apertura del hotel, la principal industria láctea de Uruguay sacó al mercado un yogurt bebible en botellitas individuales. El Conrad puso a disposición del personal, en su comedor interno, este yogurt. Al parecer era tan rico que los empleados tomaban tres o cuatro por día. Como resultado, la empresa láctea se quedó sin stock del yogurt en pocos meses, no por el producto sino por el envase, que importaba de Argentina. En cuatro meses el Conrad se había tomado el stock de botellitas de yogurt que la empresa láctea preveía para todo el país durante dos años.
El impacto del Conrad fue profundo y continuado. Para aprovechar al máximo la ubicación del hotel, era imprescindible que el tráfico aéreo desde Brasil fuera fluido. Los vuelos desde San Pablo a Punta del este existían, pero eran poco requeridos y tenían tendencia a ser cancelados. El Conrad lo solucionó sabiamente, comprando por adelantado casi la totalidad de las plazas de los vuelos, obligando así a que se realicen. Los asientos los deja vencer sin usar, o en gran parte los obsequia a clientes importantes (léase, los que gastan mucho en el casino, principal fuente de ingresos del Conrad y secreto de su éxito). En enero de este año se anunció que el hotel había invertido dos millones y medio de dólares en adquirir pasajes aéreos adelantados para todo el 2008.
Al hotel no le va nada mal. Este año tuvo un lleno del 96% en el mes de febrero, del cual el 46% correspondió a argentinos, el 30% a brasileños y el resto a chilenos, paraguayos, mexicanos y estadounidenses. Además de los pasajes pre comprados, el hotel realizó 49 vuelos charters desde Asunción, Buenos Aires y San Pablo, transportando un total de 12.500 pasajeros entre fines de diciembre y fines de febrero.
Pero el Conrad es un mundo cerrado, casi estanco. Tiene cinco restaurantes, varios salones multipropósito de diverso tamaño, tiendas, el único teatro de Punta del este (más bien un café concert), realiza sus propios espectáculos (hace pocas semanas se dio el lujo de traer a Bob Dylan), spa, piscina abierta y cerrada y, sobre todo, un enorme casino, un casino VIP y un casino aún más VIP dentro del casino VIP. La ficha de los slots del Conrad cuesta un dólar. La de los slots del casino estatal, a 1000 metros del Conrad, 10 centavos. Los casinos estatales no compran vuelos enteros desde Brasil, ni regalan estadías en suites de 7500 dólares la noche a los jugadores más gastadores.
Tan buen negocio es el Conrad, que hace poco fue adquirido por la cadena Harrah's Entertainment, que planea, este mismo año, cambiar su nombre a Caesar’s Palace Punta del Este.
Pero con tanto despliegue de servicios y dólares, el Conrad es un mundo cerrado. Es como una estación espacial, que sólo necesita que le envíen suministros y nuevos tripulantes. A diferencia del resto de Punta del Este, se mantiene activo al mismo ritmo en invierno y verano, y desarrolla sus estrategias para atraer público (jugadores) en cualquier temporada. En 1998 se fundó con un propósito, y en 2008 sigue manteniendo el mismo propósito. Lo que el Conrad podía hacer por Punta del Este, ya lo hizo.
Cuando hice la nota en 2004 me llamó la tención lo visible que era el hotel. Apenas el vehículo en el que uno llegaba a Punta del Este entraba a la costa, se lo veía a lo lejos, un adefesio orgulloso en tonos pastel justo al comenzar la península. Cuatro años después, y muy simbólicamente, el Conrad ya no se ve. Lo tapan tres enormes torres que se construyeron a su lado, de más de veinte pisos, con nombres como Beverly Tower, Coral Tower y sobre todo la desmesurada y groseramente elegante Millenium Tower. Zulemita Menem tiene un apartamento en la Millenium Tower.
Hasta no hace mucho, los pisos superiores del Conrad tenían la mejor vista de Punta del Este. Le pido a la asistente de Relaciones Públicas del hotel, María Fernández, para subir a la azotea. Me acompaña, junto con un guardia de seguridad especialmente entrenado para impedir que periodistas desequilibrados se tiren desde la azotea de hoteles de lujo y terminen hechos una mancha rojiza frente a los ventanales de alguno de los restaurantes (el casino, por supuesto, no tiene ventanas ni vistas ni nada).
Ahora el Conrad tiene media vista. Hacia Punta Ballena, estorban los nuevos edificios. Hacia La Barra, el panorama sigue siendo esplendoroso. Mientras conversamos, María se asoma a mirar la calle. Ay no, dice. Justo detrás del Conrad, está el pozo de una nueva obra. El cartel deja ver, en perspectiva, que va a ser un edificio de muchos pisos y mucho lujo. Está en línea recta entre el Conrad y La Barra.
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Averiguo cuál es el restaurante más renombrado de la zona. Me dicen que La Huella.
(Por una cuestión de ética profesional, debo solicitar a los lectores uruguayos y argentinos que dejen de leer ahora, y que retomen luego del siguiente paréntesis. Gracias.)
Se trata, por lo que me dicen, de un falsamente rústico local de José Ignacio, recostado contra la playa. El promedio del cubierto es de 35 dólares, y al parecer es a donde van las celebridades.
Llamo a la encargada del local, Paula. Le explico. Me pregunta dónde sale la revista. En México y casi toda América, le digo. ¿En Argentina también? En Argentina también. Entonces no nos interesa, me dice.
Amablemente me invita a darme una vuelta por el local, para explicarme en persona por qué no les interesa.
Llego a La Huella. Un falsamente rústico local, en efecto, donde entre otras muchas opciones se puede saborear un sin duda delicioso morrón asado de 210 pesos (10 dólares). Me recibe Paula, rubia, bonita, falsamente lánguida. Un angelito por fuera, con una varilla de acero al cromo níquel por alma. Amablemente me explica que a La Huella no le interesa la promoción en Uruguay y Argentina. Tienen otras metas. Su idea es dar un ambiente protegido a todos los que lleguen a disfrutar del local y de sus morrones de 10 dólares. No pretenden ser conocidos en Uruguay y Argentina. Así como están, están bien. El famoso que llegue a La Huella a disfrutar de su cena, puede estar seguro de que va a estar en un ambiente libre de papparazzi. Y, agregué mentalmente, de gentuza clase media mirando por la ventana. Me ofrece un café. Lo rechazo. Le agradezco la invitación. Me voy, sintiéndome como el primer indígena americano que Colón hizo entrar en la corte de los reyes Católicos.
No hay morrón en el mundo que valga 210 pesos.
(Uruguayos y argentinos, pueden retomar la lectura. Ya cumplí con el profundo compromiso ético que me generaran Paula y La Huella.)
A todo esto, resulta que La Huella no es el restaurante más caro de la zona, ni de casualidad (tal vez sí el de los morrones más caros, pero dudo que haya ninguna tabla comparativa de precios que lo indique). En Pueblo Garzón, en el kilómetro 175 de la ruta 9, a unos 30 de José Ignacio, el chef Francis Malman tiene su hotel y restaurante Garzón. Lo más refinado de la zona. Alta cocina a 65 dólares promedio el cubierto en un viejo caserón reconstruido, junto a la plaza de un pueblito de 200 habitantes que a diferencia de cualquier otro segmento de la Zona Glamour, sí es realmente apacible y calmo. Buen lugar para disfrutar de una chernia atlantica con crosta de papas y radicchios quemados, un Gigot de Cordero aplastado con mostaza de Dijon y papas asadas con almendras, un magret de pato con jugo de Malbec y crosta de papas, endivias y tomates o un confit de limon a la plancha con endivias y tomates al vinagre de vino tinto.
Pero el de Malman tampoco es el restaurante más caro. Dos de los tres propietarios de La Huella tienen otro local, en el balneario El Caracol, cruzando la laguna Garzón. Sólo se abre sobre pedido, para grupos de seis a ocho personas, que deben ser cruzados en balsa. Precio promedio del cubierto, de 100 a 200 dólares. No quiero ni pensar lo que saldrá ahí el morrón asado.
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Frente al puerto de Punta del Este vive Margarita. Nació en Argentina, pero vivió casi toda su vida en Estados Unidos, y ahora eligió Punta del Este para su retiro. Un buen retiro. Tiene un amplio apartamento en la península, y una chacra cerca de San Carlos (donde dijeron que Shakira, tal vez en un arranque de locura, planeaba casarse).
Conocí a Margarita hace un año, cuando hice una nota sobre Maldonado. En aquella época era casi una recién llegada, que estaba a punto de tirar la toalla y volverse a Estados Unidos. Había traído un contenedor de cosas para amueblar su chacra, y la misma noche en que llegaron, se las robaron. Lo que más le dolió fue la perdida de su colección de relojes, que no eran tanto valiosos sino cargados de significado personal. El único que le quedó fue un reloj de Mickey Mouse, comprado en Disneyland.
Al final, Margarita no se fue. Sigue usando su reloj de Mickey Mouse, y habla con serenidad de la decisión que tomó, de quedarse. Mucho se dice en Maldonado del “problema de la inseguridad”. Margarita, una víctima, es prueba de que las ventajas del balneario superan a los inconvenientes. Le pueden haber robado un contenedor de cosas valiosas, pero considera que Punta del Este sigue siendo el mejor lugar para vivir tranquila.
Mientras hablamos, le comento con admiración el pie que sostiene la amplia mesa de vidrio junto a la que conversamos. Es una sola pieza de madera pulida mate, muy complicada y barroca, grande como el escritorio en el que estoy escribiendo ahora. Me explica que es una raíz de un árbol de las islas Galápagos.
Frente al apartamento de Margarita está el puerto del balneario, usualmente plagado de yates y veleros, y un poco más atrás el extremo de la península. Oficialmente se llama Punta de las Salinas, y es la zona más antigua del balneario, donde antes estaban las salineras. Es un lugar extraño, protegido por disposición municipal de las construcciones de altura, más recoleto que lujoso, y extraordinariamente calmo. No se parece en nada al resto de la península.
En su punto más extremo hay un mojón que marca la línea imaginaria donde el Río de la Plata termina, y comienza el océano Atlántico. El mojón está decorado con el ancla del Ajax, uno de los barcos ingleses que participó en la cacería del acorazado alemán Bismark en la Segunda Guerra Mundial.
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Algunos datos sueltos que dan fe de la renovación de Punta del Este.
En plena avenida Gorlero está la librería Libros de la Arena. Nombre muy apropiado, tomando en cuenta que por la ventosa calle siempre hay un resto de arena crujiendo bajo los zapatos. Su propietario, Alberto, comenta la desaparición del tradicional público argentino. “Los argentinos son grandes lectores”, asegura. “Desde que abrí hace unos años, en temporada siempre había una muy buena venta de literatura. Ahora eso bajó enormemente, y lo que vendo más es esto…”
Señala la vidriera, ocupada por aparatosos libros de arte, arquitectura, diseño o fotografía. Libros como para adornar mesitas de café, o bibliotecas mínimas en ambientes enormes de casas lujosas. Libros de nuevos ricos con nuevas casas en nuevo balneario.
Unas pocas cifras: el metro cuadrado de terreno en Punta del Este alcanzó precios record este año. En el frente costero, el metro cuadrado arañó los 3.000 dólares de costo, casi 500 más que el año pasado. La Intendencia de Maldonado autorizó en los últimos tres años proyectos de construcción por un total de 1:100.000 metros cuadrados. El 60% de estas autorizaciones fueron para viviendas particulares, algunas de hasta 3.000 metros cuadrados.
Por las calles de Punta del Este no es raro toparse con grandes comercios de marcas que en Montevideo no existen, o tienen presencia mínima. Bang & Olufsen, Tommy Hilfiger, Versace, Tiffany & Co. (sí, la del desayuno).
Flavia Pintos condujo uno de los pocos programas sobre la temporada que emitió la televisión uruguaya este año. Fue en el canal 5, el canal oficial. Según ella, fue un año difícil para cubrir. Las fiestas privadas brillaban por su ausencia, o más bien, se realizaban a resguardo de la prensa. Hubo grandes fiestas, sí, pero nadie se enteraba. Los eventos empresariales abundaron, pero todo a las corridas. “La temporada empezó el primero de enero y terminó el 26”, dice Flavia. “Parecía que todo el mundo estaba apurado por irse, se hacía todo rápido, incluso en las mismas fechas, todo un loquero para terminar antes de fin de mes. El 26 mismo hubo tres eventos juntos”.
En esa fiebre por hacer todo en el menor tiempo posible, incluso se realizó un desfile de Carnaval en enero.
Y las visitas top de la temporada fueron otro fiasco. Se anunció en la prensa que Zinedine Zidane iba a Punta del Este. Bueno, a lo mejor vino. Nadie confiable lo vio. Otras visitas: el cantante de Metálica (sí se lo vio) y el hijo de Muammar Kadaffi (al parecer muy fiestero, nadie lo vio).
La plata grande llega a Punta del Este entre el 24 de diciembre y el seis de enero. En esas fechas aparecen los millonarios brasileros que disfrutan pasando las Fiestas en un ambiente tranquilo donde pueden incluso bajar a tomar sol a la playa sin temor a los secuestros, los robos o a lo que sea que le tengan miedo en casa. Llegan en sus aviones privados, se recluyen en sus casar recién construidas en terrenos de 3.000 dólares el metro cuadrado, y en realidad le sirven muy poco a la industria turística local. Flotan demasiado por encima del promedio. El chofer de la Intendencia que me designaron contaba de colegas suyos de Maldonado que trabajaban en la península en temporada. Antes, en tres meses sacaban dinero que les permitía vivir bien el resto del año. Ahora, en pleno florecimiento de las inversiones millonarias, hay días en que ni siquiera sacan lo suficiente para pagar el ómnibus de regreso a sus casas.
Una periodista que cubrió la temporada para un diario de Montevideo me cuenta de un brasileño y su familia que llegaron en Navidad en su avión privado, a pasar diez días. Cada uno de esos días, el avión voló ida y vuelta a San Pablo a buscar cosas. Amigas del colegio para que la hija no se aburra, comestibles que se les antojan, un par de zapatos olvidados…
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Decido que no me voy a rendir tan fácil. Estoy en el portón de entrada a La Colorada, la chacra de Shakira. A ambos lados se extiende un rústico pero muy efectivo cerco de alambre cubierto con esteras de paja, que impide ver absolutamente. Antes, con el chofer, recorrimos todo el frente del predio, limitado en ambos extremos por casetas de madera que, curiosamente, carecen de guardia de seguridad. Alguien nos dijo que, por otro camino más alejado, se puede ver la casa de Shakira por detrás. Después de hacer varios kilómetros por caminos de tierra, perdernos muchas veces y meternos en propiedad privadas, encontramos el mítico mirador, único punto de una calle de tierra desolada desde dónde, allá lejos, se puede ver la casa de la cantante.
En ese punto exacto, donde tal vez con un teleobjetivo se pueden sacar fotos borrosas de la piscina, del parrillero y hasta del gallinero, hay otra caseta de seguridad. También sin guardia.
Como no tenemos ni teleobjetivo ni binoculares (ni buena vista) volvemos a la calle principal. Y ahí estoy, frente a la puerta de la casa de Shakira.
Toco timbre. Pasan unos minutos y me responde una voz femenina.
—¿Acá es La Colorada? —pregunto (no hay cartel que identifique la propiedad).
—Sí —me contestan.
—¿Es la casa de Shakira?
—Sí.
—Ah, eh, esteeee… ¿Ella se encuentra?
—No, justo viajó anoche, no hay nadie en la casa.
—Bueno, gracias.
Ese fue mi mayor acercamiento a las nuevas personalidades de Punta del Este. La casera de Shakira. También fue mi mayor acercamiento a Shakira, ya que estamos.
No tendría que rendirme. A lo mejor el año que viene pruebo otra vez, a ver si me acerco. Dudo que llegue a verla de cerca, y menos a entrevistarla, pero a lo mejor consigo, no sé, hablar por teléfono con su cocinera.
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En definitiva, mi experiencia puntaesteña no fue tan calamitosa.
Le toqué el timbre a Shakira.
Quién me quita lo bailado.
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Varias veces en los días que pasé en Punta del Este traté de reunirme con Ramón de Izequillas, aquél amable gerente del hotel Casapueblo, que ahora se desempeña como asesor de la Intendencia de Maldonado. Me interesaba su opinión, como testigo privilegiado de los procesos de cambio. Lo llamé más de una vez, y siempre atendía el teléfono móvil en un punto distinto del país o del continente, o a punto de entrar a una nueva reunión. Pregunté varias veces por él a los funcionarios municipales con los que me crucé o reuní. Todos miraban alrededor, le preguntaban a alguien más: “¿Ramón se sabe dónde anda?”, y todos concluían que nadie sabía dónde andaba Ramón. El hombre no para ni un minuto.
Se acabó la tierra de la dolce vita.
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Esta temporada, una de las más establecidas tradiciones de Punta del Este desapareció silenciosamente. Por primera vez desde 1964, cuando fue instituido, no se realizó la elección de la Reina de Punta del Este en el Cantegril Country Club.
Año a año, la elección de la Reina en el club enclavado en el centro del más tradicional barrio del balneario había sido un referente de aquel Punta del Este coqueto y glamoroso. Y como aquel Punta del Este, el certamen simplemente desapareció. Una tradición de más de 40 años se desvaneció en la nada, sin que a nadie se le moviera un pelo.
¿Por qué desapareció una de las más arraigadas tradiciones del balneario? Fui al Cantegril Country Club a preguntar. Me atendió la secretaria del club. Me dijo que no podía hacer declaraciones al respecto, y por lo tanto dar explicaciones. Le pregunté quién podría hablar. Me dijo que el Presidente, pero que no se encontraba, que llamara luego.
Llamé luego. El Presidente no habla al respecto. ¿Y quién habla? Tal vez la Directiva, llame luego. Llamé luego. La Directiva no habla, ni en grupo ni uno a uno. Saber por qué se dejó de realizar la elección de Reina de Punta del Este es igual de complejo que averiguar quién mató a Laura Palmer.
Nadie parece percatarse de que al no realizarse el certamen, el balneario pierde otro nexo de unión con su propia historia, y uno importante.
Lo que sí se realizó este año es otro evento tradicional, no tan antiguo como la Reina de Punta del Este, y no tan recoleto, pero si hay que creer en las palabras de su promotor, infinitamente más glamoroso. El desfile de Roberto Giordano, triste retorno anual de una tradición vacía, parece resistir incólume los embates del cambio. Se trata del evento más representativo de la etapa final de la hegemonía argentina en el balneario, un evento organizado por un peluquero al que parecen faltarle varios caramelos en la caramelera, en el cual, año a año, en un escenario montado junto a la playa, los espectadores ven un desfile de… mujeres desfilando.
Nunca queda claro qué hay para ver en el desfile de Giordano. El es un peluquero, pero los peinados en general se desarman por el viento antes de que las modelos pisen la pasarela. Muchas marcas de ropa auspician, pero no parece que la idea sea exhibir ropa. Y a un costado de la pasarela, el organizador se ocupa de animar el evento en su peculiar estilo, compuesto de una serie ininterrumpida de sustantivos sin mayor encadenamiento lógico entre sí, y que nunca llegan a completar alguna estructura gramatical. Glamour, belleza, mujeres, la noche, la playa, las estrellas, son algunos de los términos que el peluquero va lanzando al azar, mezclados con media docena más, y cada tanto un “Qué noche Teté”, dirigido a su sempiterna sidekick, Teté Coustarot. Esa es la animación del desfile. Por momentos parece que el micrófono estuviera en poder de una versión cachonda y alucinada del Monstruo de las Galletas de Plaza Sésamo. Y por la pasarela desfilan mujeres famosas y no tanto, que no muestran nada más que a sí mismas. La celebración definitiva del vacío absoluto.
Con la elección de la Reina de Punta del Este, desaparecen una tradición y una historia. Con la supervivencia del desfile de Giordano, la decadencia demuestra que es más difícil de liquidar que el esplendor.
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Quién sabe qué será de Punta del Este, la siempre cambiante, dentro de un par de décadas. Hoteles, casinos, soberbia, lujo, dinero, mucho dinero. Nada de eso es eterno, ni siquiera estable. Quién puede saber si el glamour sobrevivirá, o si al final la decadencia reclamará su reino.
Próxima semana: un día en el juzgado.
Me gusta tu ironía, el humor, el juego del lenguaje. Me pareció muy larga. Lo de Shakira de menos. Te faltó averiguar: ¿Qué paso con el certamen reina de las azafatas que hace décadas se hacía? jajajajaja
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