Una aventura de Lao Tsé
En el quinto día del segundo mes del año del búfalo, todo el reino de Quing se sobrecogió ante la noticia de que el Amado y Sabio Emperador Yu se hallaba gravemente indispuesto, al punto de no demostrar signos de conciencia.
Los síntomas de la dolencia imperial circularon por el palacio, por la Ciudad Imperial y finalmente por las callejuelas del pueblo llano. Así fue que llegaron a oídos de un humilde herborista, que reconoció la dolencia del Emperador como un mal raro y casi olvidado, que no aquejaba a nadie desde hacía incontables años. Afortunadamente tanto el padre como el abuelo de este herborista se dedicaron al mismo oficio, y en las anotaciones de este último, muerto antes de que él mismo naciera, se encontraba el nombre del remedio infalible para tal mal: una raíz por demás poco notoria y sin mayores usos prácticos, pero que secada, molida y convertida en un polvo finísimo, era un remedio casi mágico para la dolencia, ingerida en mínimas, microscópicas, cantidades.