Una aventura de Lao Tsé
En el quinto día del segundo mes del año del búfalo, todo el reino de Quing se sobrecogió ante la noticia de que el Amado y Sabio Emperador Yu se hallaba gravemente indispuesto, al punto de no demostrar signos de conciencia.
Los síntomas de la dolencia imperial circularon por el palacio, por la Ciudad Imperial y finalmente por las callejuelas del pueblo llano. Así fue que llegaron a oídos de un humilde herborista, que reconoció la dolencia del Emperador como un mal raro y casi olvidado, que no aquejaba a nadie desde hacía incontables años. Afortunadamente tanto el padre como el abuelo de este herborista se dedicaron al mismo oficio, y en las anotaciones de este último, muerto antes de que él mismo naciera, se encontraba el nombre del remedio infalible para tal mal: una raíz por demás poco notoria y sin mayores usos prácticos, pero que secada, molida y convertida en un polvo finísimo, era un remedio casi mágico para la dolencia, ingerida en mínimas, microscópicas, cantidades.
Temblando de miedo, pero impulsado por el amor al Emperador, el herborista se apersonó en la ventana lateral del muro de la Ciudad Imperial donde un funcionario de cuarta categoría se ocupaba de escuchar y tomar nota de todo lo que los ciudadanos del reino se acercaran a comunicar. Esas notas luego se repartían por la interminable red de funcionarios, notarios y edecanes de la Corte, y seguían enrevesados e indiscernibles caminos rumbo al oído de algún funcionario importante, a la mesa de un burócrata sin importancia o, casi siempre, a alguna de las miles y miles de papeleras y tachos de basura que había en la Ciudad Imperial.
Una de estas papeleras estaba a los pies del funcionario de cuarta categoría que escuchaba tras la ventana, y a punto estuvo de desechar ahí mismo el dato suministrado por el herborista que acababa de transcribir con la férrea disciplina propia de todo funcionario imperial. Pero dudó, lo meditó un instante y decidió que toda posible pista que pudiera conducir a que el Amado y Sabio Emperador recuperara la salud y la conciencia, merecía una oportunidad. En lugar de hacer un bollito con el papel y desecharlo, lo colocó en una de las bandejas que contenían documentos destinados a ser examinados por tal o cual funcionario de rango ligeramente superior al suyo.
Así las cosas, la recomendación del herborista fue subiendo lentamente por el escalafón de funcionarios de cuarta categoría hasta llegar a la frontera que separaba a los de su clase de los funcionarios de tercera categoría. Casi por milagro la nota, repleta ya de sellos y firmas, fue transcripta y comenzó su andadura por la red de funcionarios de tercera categoría, hasta llegar al encargado de decidir si se trasladaba a los de segunda categoría. El funcionario decidió hacerlo, y lo mismo pasó en las complejas y cada vez más cerradas filas de funcionarios de segunda y de primera categoría.
Para cuando la nota con la sugerencia del herborista atravesó las barreras de funcionarios de primera categoría y llegó a las manos del Cuarto Médico Imperial, ya había pasado una semana y la salud del monarca estaba seriamente comprometida.
El Cuarto Médico Imperial leyó la nota y a punto estuvo de mandarla directo a la papelera, pero se tomó un segundo para reflexionar. Vagamente recordaba haber leído algo sobre las muy específicas propiedades curativas de esa raíz. Consultó algunos pergaminos antiquísimos, tan antiguos como la propia Casa Real del Reino de Quing, y decidió que la sugerencia podría tener validez. Le pasó la información al Tercer Médico Imperial.
El Tercer Médico Imperial siguió un camino similar, primero pensando en desechar de inmediato la nota, luego valorándola, en el medio agregando algo de su propia sabiduría a la receta y finalmente pasándola al Segundo Médico Imperial.
Este hizo lo mismo exactamente que sus dos antecesores, y así, con un nuevo agregado, la nota alcanzó las manos del Primer Médico Imperial, que era en concreto el único que veía al Emperador en persona y aplicaba tratamientos.
El Primer Médico Imperial estudió la propuesta, consultó pergaminos que venían de épocas aún más antiguas que la fundación del Reino de Quing, meditó profundamente la cuestión, y al final decidió aplicar el remedio al Amado y Sabio Emperador. Antes, agregó algo fruto de su propia experiencia, y mandó al Boticario Imperial a preparar el menjunje.
Afortunadamente en esos días deambulaba por el Palacio el sabio Lao Tsé, sin nada mejor que hacer que charlar con los incontables funcionarios que en general no tenían algo concreto en qué ocuparse. Por pura casualidad el sabio Lao Tsé se encontraba debatiendo temas mundanos con el Boticario Imperial cuando llegó la orden del Primer Médico, y se interesó en el asunto. Por aquellos días la fama del sabio Lao Tsé lo volvía inapelable, incluso para los funcionarios de mayor rango del reino de Quing y de todos los de la inabarcable China.
Lao Tsé estudió atentamente la receta, frunció el ceño y mandó a llamar al Primer Médico.
—¿Esta receta es de tu única autoría? —le preguntó el sabio Lao Tsé al médico, aunque ya había adivinado la respuesta.
—No, sabio Lao Tsé, no necesito ocultar que llegó a mis manos incompleta y le agregué la indispensable uña de panda albino molida.
—Ese ingrediente no va a mejorar al Emperador, Primer Médico, pero te ennoblece tu preocupación por la salud del monarca.
Luego, Lao Tsé mandó a llamar al Segundo Médico.
—¿Esta receta es de tu única autoría? —le preguntó el sabio Lao Tsé al médico, aunque ya había adivinado la respuesta.
—No, sabio Lao Tsé, no necesito ocultar que llegó a mis manos incompleta y le agregué la muy benéfica hoja del árbol eterno de las nieves del poniente.
—Ese ingrediente no va a mejorar al Emperador, Segundo Médico, pero te ennoblece tu preocupación por la salud del monarca.
Luego, Lao Tsé mandó a llamar al Tercer Médico.
—¿Esta receta es de tu única autoría? —le preguntó el sabio Lao Tsé al médico, aunque ya había adivinado la respuesta.
—No, sabio Lao Tsé, no necesito ocultar que llegó a mis manos incompleta y le agregué el siempre recomendable testículo de dragón hembra.
—Ese ingrediente no va a mejorar al Emperador, Tercer Médico, pero te ennoblece tu preocupación por la salud del monarca.
Finalmente, Lao Tsé mandó a llamar al Cuarto Médico.
—¿Esta receta es de tu única autoría? —le preguntó el sabio Lao Tsé al médico, aunque ya había adivinado la respuesta.
—Sí, sabio Lao Tsé, tal como vino sugerida por un herborista anónimo.
—Este ingrediente es el que va a mejorar al Emperador, Cuarto Médico. Que el Boticario Imperial lo prepare.
El Boticario Imperial ubicó la raíz adecuada, y mediante sus artes la desecó y molió finamente, hasta convertirla en un polvo casi impalpable. El Primer Médico fue el encargado de tomar una porción mínima de este polvo en el extremo de un delicado pero firme papel, y verterlo en la boca entreabierta del inconsciente Amado y Sabio Emperador.
Y como por arte de magia, no había pasado media hora cuando el monarca suspiró, refunfuñó y recobró el conocimiento.
La felicidad y el jolgorio corrieron en olas desde el Palacio hasta la Ciudad Imperial, y de allí a las interminables y retorcidas callejuelas donde vivía el pueblo. Pero Lao Tsé reconvino a los cortesanos más cercanos al Emperador.
—La recuperación está lejos de ser completa. El Emperador está débil por su larga enfermedad, y necesita alimentarse para sanar completamente.
Ante esta sabia sugerencia los cuatro médicos reales se reunieron en una habitación cercana para debatir el tema. Finalmente se envió una orden a las Cocinas Reales, solicitando que se preparara de inmediato un caldo con verduras.
Lao Tsé, conociendo la manera en que se llevaban a cabo todas las cosas en el Palacio, fue a la cocina. Allí se encontró con que el personal estaba finalizando de preparar el caldo, y a punto de pasárselo al Cuarto Cocinero Real. Lao Tsé lo impidió.
—¿Qué planes tienes para este caldo? —le preguntó al Cuarto Cocinero Real.
—Enfriarlo y espolvorearlo con oro y jade molido, sabio Lao Tsé —dijo el cocinero.
—Eso no le hará ningún bien al Emperador —dijo Lao Tsé, y lo apartó de la olla.
El caldo fue entregado al Tercer Cocinero Real.
—¿Qué planes tienes para este caldo? —le preguntó Lao Tsé.
—Enfriarlo y agregarle patas de grulla confitadas, sabio Lao Tsé —dijo el cocinero.
—Eso no le hará ningún bien al Emperador —dijo Lao Tsé, y lo apartó de la olla.
El caldo fue entregado al Segundo Cocinero Real.
—¿Qué planes tienes para este caldo? —le preguntó Lao Tsé.
—Enfriarlo y agregarle huevas añejadas de carpas del río Huang, que baja de las montañas escondidas de la provincia de Loo, sabio Lao Tsé —dijo el cocinero.
—Eso no le hará ningún bien al Emperador —dijo Lao Tsé, y lo apartó de la olla.
El caldo fue entregado al Primer Cocinero Real, un anciano venerable y respetado.
—¿Qué planes tienes para este caldo? —le preguntó Lao Tsé.
—Mantenerlo tibio y cortar las verduras que contiene lo más pequeñas que sea posible, para que pueda ser bebido y digerido sin inconvenientes por el Amado Emperador, sabio Lao Tsé —dijo el cocinero.
—Ese es el alimento que sanará al Emperador —dijo Lao Tsé, y el caldo fue así servido y llevado a los aposentos reales.
El Emperador comió, durmió apaciblemente y al otro día despertó repuesto y vigoroso. Y ahora sí, la alegría se extendió sin freno por todo el reino.
El Amado y Sabio Emperador Yu pasó su primera mañana saludable, luego de exigir se le relataran en detalle las circunstancias de su recuperación, sumido en profundas reflexiones. Finalmente llamó al Primer Jefe de su Guardia Imperial, y le ordenó capturar y ejecutar al Cuarto Médico Imperial y al anciano y venerable Primer Cocinero Imperial, así como a todos sus familiares y sirvientes. El crimen cometido había sido subestimar la condición real del Emperador, suponiendo que se lo podría curar y alimentar con substancias burdas y para nada refinadas, indignas de su investidura y su línea de antepasados, que se remontaba al propio dios O en persona. Tal crimen era inapelable, y las sentencias se ejecutaron en menos de una hora.
Al Amado y Sabio emperador Yu también le hubiera gustado ejecutar a Lao Tsé por los mismos cargos, pero aconsejado por su propia gran sabiduría el filósofo había abandonado el Palacio incluso antes de que el primer sorbo de caldo atravesara los labios del monarca, y gracias a sus artes místicas a esa altura ya estaba totalmente a salvo, a varios reinos de distancia.
—Mantener el equilibrio del Tao a veces es complicado —fue su última reflexión sobre el incidente.
Próxima seemana: De cuando una connotada escritora de nombre Mercedes y apellido Vigil me despreció al aire en un matutino televisivo.
me gusto, muy bueno
ResponderEliminar