lunes, 2 de mayo de 2022

Años de sed

(2019. Texto escrito como parte de un libro inédito —que lo más probable es que se mantenga en esa condición y que en estos días fue rechazado por un medio de prensa por demasiado extenso. Una revista extranjera a la que se lo ofrecí se limitó a clavar el visto.)


En setiembre de 2017 Michelle Suarez era la persona del momento en Uruguay. En pocas semanas iba a asumir una banca en el Senado, reemplazando al comunista Marcos Carámbula, y a convertirse en la primera mujer trans en la historia del país (y una de las primeras en el mundo) en ocupar un cargo legislativo.

No es que la exposición mediática y el romper moldes fueran cosas ajenas en su vida. En 2010 fue la primera mujer trans en recibirse de abogada en la Universidad de la República. Había tenido que cursar la carrera con su nombre de nacimiento, masculino, y sin embargo logró, gracias a la Ley de Identidad de Género de 2009, que se le reconociera su identidad trans y que se le expidiera el título con el nombre y género que utilizaba desde los 15 años, en 1999, cuando aún era un alumno liceal en Salinas que decidió que su identidad y su futuro correspondían a una mujer. Mientras era estudiante en la facultad uno de sus profesores, que insistía en referirse a ella con su anterior nombre masculino, le comentó al cuerpo docente: “Pensar que este alumno si no tuviera los problemas sexuales que tiene llegaría lejos”.