Una historia sobre el boom inmobiliario, el lujo extremo, la temporada turística más corta del mundo y el timbre de Shakira.
(2008. Mediante argucias poco claras y seguramente cuestionables conseguí que me aceptaran una nota sobre nuestro principal balneario en la revista Gatopardo. Me fui varios días para allá en temporada baja, recopilé material, me puse a escribir y se me fue bastante la moto. Casi 80.000 caracteres, que aquí les presento. Por suerte estaba involucrada Leila Guerriero, que armada con hacha, tijera de podar, bisturí y paciencia convirtió esta desmesura en un texto de tamaño razonable.)
Advertencia: En esta nota se va a hacer un uso casi abusivo del término “glamour”. A los lectores, las disculpas del caso.
Uruguay no es, mal que nos pese a los uruguayos, un país glamoroso ni sorprendente. Tanto en su geografía como en el ámbito espiritual de sus pobladores, la palabra que mejor describe al país es “leve”. Geográficamente, la mayoría del paisaje uruguayo está compuesto por una formación llamada, nos enseñan en la escuela, “penillanura levemente ondulada”. Los pobladores de la penillanura, en concordancia, podríamos definirnos como “apacibles levemente activos”.
En ese orden de cosas, la existencia de Punta del Este como parte constitutiva del territorio uruguayo es el doble de sorprendente. Por su forma y su extracorporeidad, el principal balneario uruguayo puede definirse como una verruga adosada al cuerpo nacional. Eso sí, una verruga recubierta de strass.