(2019. Escrita a pedido de un editor mexicano para un proyecto de libro sobre Vian del que, pandemia mediante, nunca más supe nada.)
Aunque al principio no lo parezca, esto tiene que ver con Boris Vian.
Hace muchos años, yo trabajaba en un diario. Y por esas cosas de la vida periodística, a la sección (era un suplemento, en realidad) donde estaba llegó una invitación a un viaje. La norma era que las invitaciones que llegaban se asignaban según una lista rotatoria, y casualmente era mi turno. Y no era cualquier viaje, era una semana en París, invitado por el Ministerio de Relaciones Exteriores francés, para interiorizarme del sistema educativo terciario francés.
“Sistema educativo terciario” es un concepto con el cual, por decirlo suavemente, no estoy muy familiarizado. En realidad, lo desconozco en absoluto, y más lo desconocía en ese entonces. Por dentro y por fuera. Referido a Francia, a Uruguay o a cualquier país del mundo.
Una semana en París, con gastos pagos. Demoré en estar listo lo que demoraron en renovarme el pasaporte, que se me había vencido. Ya tendría tiempo luego de averiguar exactamente sobre qué se suponía que me tenía que interiorizar. Partí raudo del sofocante fin del verano montevideano al gélido fin del invierno francés.
Ya en París me encontré en un confortable hotel 4 estrellas en el distrito VI (o a lo mejor era en el VII), junto con un comprensiblemente alegre grupo de colegas latinoamericanos: dos colombianos, un ecuatoriano, un boliviano, un peruano, dos chilenos, una argentina y tal vez alguien más que se me escapa. Todos compartíamos la felicidad por estar (¡gratis!) en París, y, sin expresarlo, la total ignorancia sobre los usos y costumbres de cualquier sistema educativo terciario del planeta. Todos salvo la chica argentina, muy delgada y muy lánguida, que aseguraba enfáticamente ser “la tercera subeditora en temas de educación” de un importante diario de Buenos Aires. Nunca antes conocí a un tercer subeditor de nada en absoluto, ni de política ni de deportes (y nunca conocí a un subeditor de temas de educación, incluso no estoy seguro de haber conocido alguna vez a un editor de tal especialidad), pero bueno, quién era yo para cuestionarle el cargo.
Todos hicimos buenas migas desde el principio. En realidad uno de los chilenos no nos cayó muy bien a ninguno de los otros, incluyendo al segundo chileno (gran tipo), sin explicación racional ni motivos, más, creo, por necesidades de dinámica de grupo que por alguna falla de carácter del sujeto. Y el boliviano era patológicamente tímido, recién sobre el final de la semana se sintió cómodo como para demostrar que era un tipo divertido y amable. Pero en conjunto era un gran grupo, que compartía apasionantes intereses comunes. Básicamente, la comida y el vino de Francia. Y algunos otros temas. En particular me cayó muy bien el ecuatoriano, que además era el único de todos que hablaba francés fluidamente. Un auténtico chevalier sud-américaine.
La mejor manera de describir el viaje es catalogarlo de mágico. Sí, mágico. Un grupete de redactores (y una tercera subeditora) de la recóndita América del Sur es llevado a una de las ciudades más hermosas del mundo, alojado en un hotel lujoso (el primer día, a la mañana, me topo en la recepción con Delroy Lindo y su familia, de vacaciones. Nadie recuerda o le presta atención a Delroy Lindo, pero es uno de los secundarios de Hollywood al que más respeto le tengo), alimentado como estrellas de Hollywood (secundarias, tipo Delroy Lindo), inundado a atenciones (todavía tengo el maletín que nos regalaron, con el logo del Ministerio de Asuntos Exteriores de Francia), mimado y malcriado (aunque estaba todo cubierto, nos dieron una microfortuna en euros a cada uno para “gastos”, como tomar un café o comprar un ejemplar de Le Canard enchaîné para llevarle a alguien de regalo). Hasta nos llevaron en TGV por un día y una noche a Montpellier, no recuerdo para qué. En fin, un sueño. Especialmente memorables fueron las noches en grupo, totalmente libres, sin nada más que hacer que deambular por la Rive Gauche buscando algún lugar interesante donde cenar con plata ajena, y conversar hasta la madrugada. Al otro día el desayuno del hotel incluía champagne, cosa que al parecer en Francia se usa mucho, al menos en los 4 estrellas. Nunca llegué a coincidir con Delroy Lindo y familia en el desayuno, para ver si se prendían a la botella como nosotros, o era un llamador exclusivo para periodistas del Tercer Mundo.
Bueno, Boris Vian.
Resulta que nuestra misión consistía en ser conducidos en grupete, a bordo de una bañadera, a diversas instituciones para que sus responsables nos cantaran loas al tan mentado sistema educativo terciario. Lo cierto es que, traductores mediante, tenían muchas loas que cantar, y muy justificadas según entendí. Pero a veces era complicado seguirles el hilo, sobre todo después del almuerzo. O muy temprano de mañana, luego del gigantesco desayuno achampañado.
Justamente una mañana temprano terminamos todos en un instituto en un barrio alejado del centro parisino. No me pregunten dónde. Se trataba de una escuela de ingeniería, o vaya a saber cómo le dicen ellos, y el barrio era netamente no céntrico. De todos los barrios de París que visitamos, era el único que no parecía el fondo de una tarjeta postal. Y el instituto en sí tenía algo de añejo, grisáceo, muy montevideano. La cosa es que cuando íbamos entrando, el ecuatoriano francoparlante nos llama la atención sobre una placa de bronce ubicada junto a la puerta. “Bla bla bla, bla bla bla, Boris Vian, bla bla bla.”
“Dice que aquí estudió Boris Vian”, nos aclaró el ecuatoriano.
“Cierto, era ingeniero”, digo.
Algunos de los integrantes del grupo acotaron cosas. Otros quedaron como si les hubiera mencionado al payaso Chocolat o al vencedor del Tour de France de 1976.
Entramos al instituto, unos hablando de Vian, otros hablando del clima. Nos condujeron a una sala de reuniones y nos presentaron al director de la escuela, un sujeto veterano, canoso, alto, gordo, mofletudo y con una imagen positiva de sí mismo que equivalía al menos a tres o cuatro borisvianes.
Nos sentamos alrededor de la mesa. Quedé separado del mofletudo por el ecuatoriano, no recuerdo cómo se distribuyeron los demás. El sujeto arrancó a hablar, y habló y habló y habló sin parar. Engolado y monocorde, su interminable discurso era una tortura para los traductores, para nosotros y para el mundo en general. Básicamente hablaba sobre las excelencias de su casa de estudios, que, a poco de empezar quedó clarísimo, se debían a su inmejorable gestión y a otras cosas de menor importancia. Volviendo a su gestión…
Como una neblina, el sopor se fue adueñando de todos en la sala (de todos menos del pomposo charleta, claro). Acabábamos de desayunar copiosamente, y con champagne, no sé si lo dije. Los párpados pesaban sobre ojos que desesperadamente buscaban diversión en las casi desnudas paredes de la sala. Los bostezos empujaban fuerte por salir. Los hombros se aflojaban…
En eso el ecuatoriano me golpea suavemente el brazo. Giro la cabeza, y lo encuentro mirando fijamente a la mole sebosa del pelmazo. Concretamente, a su generoso cachete derecho, que era el que quedaba a nuestra vista. El ecuatoriano era un sujeto menudo, y toda la cabezota del pelmazo quedaba perfectamente a mi vista por encima de la suya.
Al principio no me di cuenta de qué miraba el ecuatoriano, hasta que lo noté. Desde una parte más o menos central del voluminoso cachete del sujeto, una gotita de sangre se deslizaba morosamente. No se veía herida alguna, aparecía la sangre de la nada y corría mejilla abajo. Pronto se convirtió en un hilito de sangre, que de la nada resbalaba por la lustrosa piel del pelmazo y terminaba desapareciendo bajo el cuello de su camisa blanca.
Como el ecuatoriano, me quedé mirando fascinado ese inexplicable hilito de sangre recorriendo el protuberante cachete del pelmazo, que ajeno al hecho seguía hablando sin parar, cada vez más engolado y pedante. Sospecho que de reojo veía la atención que le prestábamos el ecuatoriano, yo y de a poco todos los que estábamos de este lado de la mesa, y pensaba que se debía a lo atrapante de su discurso. Los que estaban del otro lado de la mesa nos miraban fijamente a nosotros, sin comprender qué encontrábamos tan interesante en el insoportable sujeto.
Lo primero que me vino a la mente fue un cuento de Fogwill, “Dos hilitos de sangre”. O sea, el cuento transcurre en Buenos Aires, no en París. Los que sangran sin darse cuenta son taxistas, no pelmazos pomposos (aunque hay mucho taxista pelmazo y pomposo por el mundo, y en particular en Buenos Aires). A Fogwill (dice en el cuento) le pasó dos veces el presenciar tal cosa. Y los taxistas sangran inexplicablemente por la nuca, no por el cachete. Pero vamos, es lo mismo, casi.
La cosa es que como no hay mal que dure cien años, aunque casi lo pareció, el pelmazo terminó su discurso por fin, y nos pudimos ir, con un alivio semejante al que se siente cuando te sacan una muela muy dolorida. En la bañadera en que nos apiñábamos para trasladarnos por la ciudad, tanto los turistas como los dos traductores no nos cansábamos de comentar el asunto del hilito de sangre, y de recrearlo una y otra vez para ilustrar a los que habían tenido la mala suerte de sentarse del lado opuesto de la mesa. No en vano fue lo único memorable del encuentro. Nadie recordaba ni una de las abundantísimas palabras proferidas por el pelmazo, pero el hilito de sangre se volvió un chiste recurrente durante el resto del tiempo que pasamos juntos. El ecuatoriano bautizó al pomposo pedante como “El sangrita”.
Alguno, tal vez yo mismo, hizo referencia a que el fantasma de Boris Vian había tenido algo que ver con el hecho, pero como más o menos la mitad del grupo no tenía idea de quién era Vian, esa línea de debate tuvo poca duración.
Y así llegamos a un momento delicado de esta narración. Pasé unos días más en París luego del Incidente Sangrita. La tónica general del resto de la estadía fue más o menos la misma, dolce vita, champagne y vino, paseos, reuniones incomprensibles con mandos medios de la enseñanza, buena compañía y mejor comida…
¿Pero qué me impide darle color al asunto? Por ejemplo, contar cómo luego del Incidente Sangrita me encontré, patafisica e inexplicablemente, sumergido en el París de Vian, hablando con ratones, esquivando coches conducidos por bigotudos desquiciados, encontrándome en el parque con un lobo hombre, viajando en ómnibus a desiertos remotos, en fin, atrapado en el jolgorio delirante de jazz, amor, violencia y, bueno, más delirio, del universo literario de ya sabemos quién. Total, una vez que se produce el primer mínimo incidente anormal, a partir de ese momento el cielo es el límite. El Incidente Sangrita podría haber sido, cómo no, la señal de que había traspasado un umbral invisible, un umbral también patafísico que me llevó sin darme cuenta a un universo paralelo, el universo Vian. Y la cosa no tiene por qué terminar ahí, perfectamente podría haberme cruzado con un filósofo de apellido Zapatatique que me hubiera invitado a Londres para realizar algún tipo de reportaje, lo que hubiera implicado atravesar otro portal hacia el universo Monty Python, y así hasta el infinito, o hasta una novela que ganara algún premio (publicación y 10 ejemplares) en un concurso de una editorial española de ciencia ficción, fantasía y weird fiction.
Bueno, no pasó nada de eso. Por agradable que se sintiera, el resto de la estadía no fue otra cosa más que prosaica. Para mí y para el resto de los deslumbrados (y en general ebrios) periodistas sudamericanos fue una recorrida por el Pa(r)ís de las Maravillas, sin duda. Para todos los demás involucrados, incluyendo al Sangrita, fue un incidente cotidiano más, un asunto laboral apenas vagamente distinto a la rutina. Nada más memorable que comentarle esa noche a alguien en su casa: “Hoy conocí a unos sudamericanos. Creo que estaban un poco ebrios”.
Podemos suponer, como mucho, que el Sangrita le habrá dicho a quien tuviera la pesada carga de compartir su cena: “Hoy deslumbré a un grupo de extranjeros del Tercer Mundo con una breve reseña de mis triunfos profesionales”.
Nada de fantasmas del mundo Vian, entonces. Ni de sucesos extraños, ni de acontecimientos patafísicos. Nada de realismo mágico trasplantado a París. Lo cual es en realidad tranquilizador, porque cualquier historia que se desviara de la prosaica alegría con que recorrimos la ciudad hacia otros terrenos fantasiosos no estaría, lamento decirlo, del lado Boris Vian de la vida, sino apenas de algo así como el lado Paulo Coelho de la vida. Nada de “La vida puede ser algo mágico”, no señor. Al menos, no más de lo que el consumo quizás un poco excesivo de buen vino puede impostar.
Y sin embargo, el Incidente Sangrita dejó algo así como un vacío en mi espíritu. Ese levísimo toque de delirio no me tiró de cabeza a la Dimensión Vian, pero me clavó algún tipo de espinita en la mente. De hecho, estaba caminando (o paseando en bañadera) por la ciudad del mismísimo Vian. Ahí vivió, ahí tocó la trompeta, ahí escribió y publicó sus libros, ahí murió, en un cine, viendo una película basada en una novela suya. Y yo, que me declaraba su admirador desde la adolescencia, no tuve más epifanías que una gota de sangre inexplicable corriendo por un cachete mofletudo.
A veces pasa que los autores que admiramos nos decepcionan. Otras veces, seguro que más seguido pero menos reconocidas, nos toca sentir que decepcionamos a nuestros autores.
Perdón, Monsieur Vian. Una vez pasé por París, por el mismo París donde tuviste tu guarida, y no logré generar nada a la altura de tu memoria. Nada de nada. Tan culpable me sentí que, en una tienda / trampa para turistas justo a la vuelta del hotel, me compré un CD (eran aquellos tiempos) que en la primera mitad tenía una selección de temas en los que tocabas la trompeta. Inexplicablemente la otra mitad era una selección de temas de Django Reinhardt. Lo lamento, pero entre torrecitas Eiffel de plástico, boinas, afiches y otras porquerías parisinosas, era lo único referido a Boris Vian. Todavía está por alguna parte de la casa, creo que nunca lo llegué a escuchar. No soy un gran fan del jazz (aunque me gusta mucho Reinhardt).
Así terminó mi epifanía Boris Vian en la maravillosa París. Comenzó con una gota de sangre, terminó con un CD trucho de un par de euros. Definitivamente, no estuve a la altura de las circunstancias.
Hace un tiempo se cumplió el centenario del nacimiento de Vian (único evento memorable de su vida que no ocurrió en París, digamos todo). La fecha me encontró encuarentenado, rodeado por una pandemia, convertido en un anacoreta con pretensiones. Lo mismo, supongo, que a los parisinos que pretendieron conmemorar la fecha con alguna actividad adecuada, y no pudieron. La situación menos Vian imaginable.
El centenario del nacimiento del autor del desenfreno, el delirio, la patafísica y el amor imposiblemente trágico transcurrió en el universo paralelo del distanciamiento social, el encierro y el miedo a la tos ajena. No fue digno, no fue justo.
Como no fue digna ni justa mi interacción con su vida. Caer de casualidad en el colegio donde estudió ingeniería (lo menos asimilable a Vian en la vida de Boris Vian) y ser alertado de la posible presencia de su mundo paralelo por un goterón de sangre en la mejilla de un pelmazo pomposo fue una canallada de mi parte, una falta de respeto. Una herejía.
No sé si volveré alguna vez a París (sin duda que el Ministerio francés de lo que sea no me considerará nunca más digno de una invitación, eso lo tengo por seguro), no sé si de hacerlo lograré una tasa tan elevada de consumo de buen vino, no sé nada, aunque como buen rioplatense tiendo a sospechar lo peor, y eso es que difícilmente suceda tal maravilla. Lo que sí tengo claro es que si de pronto me transfiero al lado Paulo Coelho de la vida donde la magia ocurre, y pasa algo así de afortunado e increíble, esta vez voy a ir preparado. Voy a llevar el Manual de Saint-Germain-des-Prés del mismísmo Vian (traducido, porque nunca aprendí francés), y a realizar un peregrinaje simbólico por todos los puntos que consideró dignos de destacar. Al menos, por todos los que pueda ver en el tiempo que tenga.
No desespere de mí, Monsieur Vian. Prometo que si tengo otra oportunidad, seré digno. Y como el Mayor, prometo apostarme en un potente vehículo a la espera de que el Sangrita abandone algún edificio, de ser posible la facultad, desembragar y atropellarlo. Porque, sabemos, ese es el destino adecuado para los pelmazos en el universo Vian. A lo mejor tengo algunos problemas tratando de explicar mis motivaciones a la Police nationale. Pero de alguna manera vamos a sortear el escollo, usted y yo.
Próxima semana: Más sobre Punta del Este de lo que a cualquiera podría resultarle iinteresante.
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