lunes, 18 de julio de 2022

Siéntese ahí y espere un momentito

Diez horas y media a disposición de la justicia uruguaya

 

(2002. Si no me equivoco, primera nota que publiqué en el Qué Pasa, otra de las tantas desaparecidas en la catástrofe del archivo del diario.)

 

La citación dice lacónicamente que hay que presentarse a la una al Juzgado Penal de Sexto Turno, en Bartolomé Mitre y Buenos Aires. Claro, dice la abogada consultada, a todos los citan a la misma hora. Preparate para el plantón.

 Mas que un plantón, una citación judicial, en este caso para el Juzgado en lo Penal del 6º. Turno, se convierte en una odisea interminable, en una prueba para los nervios y en la visita a un limbo en el que se sumerge a todos los que tienen tratos con la Justicia. Es cosa sabida y asumida que el Poder Judicial es lento en lo general, que los trámites son eternos y que los juicios se sabe cuándo se inician pero no se sabe cuándo terminan. Diferente es sentir esa lentitud en lo particular, en carne propia, y sentirse un piojo intrascendente arrastrado por el gran peine de la Justicia.

 

“Todos” a los que se refiere la abogada son una cincuentena larga de personas, entre citados, testigos y abogados. No se permiten acompañantes, por lo que todos los presentes tienen algo que hacer con la justicia. A primera vista es fácil diferenciar a los abogados de los simples mortales, ya que todos ellos llevan un maletín o un montón de papeles y una agenda de cuero. Entre las abogadas se ven a varias, las más jóvenes, que parecen salidas de un capítulo de Ally Mc Beal, con idénticas y es de suponer que a la moda chaquetas a media pierna y entalladas. Los abogados más jóvenes se visten de saco y corbata y se engominan el pelo, perpetuando un estilo que ya es clásico desde la facultad de Derecho.

Diferenciar a testigos de citados ya es más difícil. Todos, sea por lo que sea que están ahí, tienen parecida cara de despiste. Ocurre que no es fácil saber qué está pasando, al menos para aquellos a los que no acompaña su abogado.

 

Al llegar al edificio de Bartolomé Mitre, ese que tan a menudo se ve desde afuera en los informativos de la televisión,  nada parece muy distinto a cualquier trámite burocrático común, ni siquiera el detector de metales ubicado ante el ascensor, que no para de sonar insistentemente cuando cada persona pasa por debajo, ante la indiferencia del policía de guardia.  Todo comienza de manera parecida a ir a un liceo a anotarse para un examen, a la Intendencia a pagar una multa o a sacar el carné de salud. Unas paredes despintadas, un suelo gastado  escrupulosamente limpio, un salón grande lleno de sillas de cármica puestas en filas, y una cola formada frente a una mampara con una pequeña ventanilla-mostrador, que junto a una puerta cumplen el cometido de separar a los citados de lo que hay del otro lado del pasillo, de la Justicia.

Se le entrega el citatorio a la funcionaria que está en la ventanilla, ella lo mira para asegurarse de que uno no venga un día incorrecto o por gusto, y sin levantar los ojos dice “Muy bien, siéntese y espere un momentito que ya lo vamos a llamar por el nombre”.

A las 13 horas y 10 minutos ya se está a disposición de la Justicia. El citado llega a tiempo, pero hasta muy poco antes de las 14 puede escuchar cómo los abogados comentan en voz baja la llegada de tal o cual juez. No hace falta mucho tiempo para darse cuenta de que las sillas no son cómodas.

 

La habitación donde hay que esperar consta de lo siguiente:

- Las ya mencionadas sillas, suficientes para todos los presentes gracias a que la gran cantidad de agentes policiales citados a declarar prefieren quedarse de pie junto a las escaleras, afuera del recinto.

- Unas plantas ornamentales.

- La puerta del baño.

- La citada mampara

- Otra puerta, cerrada hasta alrededor de las 13:30, con un dispensador de números a su lado y  un cartel que aclara “Medicina Forense”.

- Ventanas que dejan ver una amplia perspectiva de la calle Buenos Aires, de las ruinas del Solís y del ángulo de la Plaza Independencia.

- Carteles de “Prohibido Fumar”

- Una funcionaria policial de guardia.

- Un teléfono público de tarjeta.

- Cincuenta personas (aproximadamente), en distinto grado de ansiedad.

A medida que pasa el tiempo sólo el ultimo ítem se modifica, tanto numérica como anímicamente, a medida que la ansiedad deja paso al tedio, al aburrimiento y a la irritación, hasta llegar al convencimiento de que es mejor ser procesado de una vez que seguir en esa maldita habitación.

 

            Que la Justicia es lenta es cosa sabida. Averiguar qué tan lenta es otro asunto. En marzo de este año, la revista Tribuna del Abogado, editada por el Colegio de Abogados del Uruguay, publicó los resultados de una encuesta llevada a cabo en los diferentes juzgados de Familia y Trabajo (no Penales, como el de 6º. Turno), donde se hacían públicos los plazos promedio que cada sede judicial se tomaba en las diversas etapas de los procesos. Las conclusiones de la investigación revelaban “la existencia de serias deficiencias en el Sistema de Administración de Justicia, y sobre todo de importantes diferencias entre distintas sedes judiciales que no tienen justificación”.  También se hacía notar que “a pesar de que los Expedientes son públicos, y que la encuesta contaba con el conocimiento y la autorización verbal de la Suprema Corte de Justicia, como así también con el conocimiento previo de la Asociación de Magistrados del Uruguay, no existió la comprensión necesaria, y se negaron los datos”. 

 

Como pasa siempre que hay un grupo de gente heterogéneo, no es difícil identificar caracteres distintivos. Hay un hombre mayor, de sesenta años largos, sin abogado que lo acompañe y filosóficamente sentado junto a una columna. Un grupo de jóvenes expansivos, vestidos con la anodina ropa de marca con que se visten los hombres jóvenes expansivos, se expande despreocupadamente junto con su abogado, joven, de saco y corbata y con tanto gel (es dudoso que sea gomina) en el pelo como para que Gardel no se sintiera despeinado por varias semanas. Tres muchachas muy vistosas se pasean lánguidamente por la sala, atentamente observadas de reojo por los jóvenes expansivos, su abogado y por varios otros citados. También las observa, en particular a una de pelo negro hasta la cintura y un discreto tercer ojo tatuado en el entrecejo, un joven y delgado abogado sumamente cinematográfico, cuyo traje hace juego con el buzo de cuello de tortuga que lleva debajo, y que se las arregla, a pesar de llevar maletín en una mano y botella de Coca Cola en la otra, para de vez en cuando y como al descuido acomodar con un gesto el rebelde mechón que le cae sobre la frente.

Una abogada joven, rubia y con la consabida chaqueta entallada parece no encontrar a su cliente, habla permanentemente por su celular y de vez en cuando se dirige a la masa preguntando si alguno de los presentes es Fulana de Tal. Parece ser que el hermano de Fulana está detenido incomunicado, y Fulana tiene que venir para firmar el permiso que habilite a la abogada de la chaqueta entallada a ser su defensora, caso contrario se le adjudica un defensor de oficio y eso, parece, podría ser calamitoso para la posteridad del hermano de Fulana.

Varios de los presentes están relacionados con el negocio del incienso, si es que tal cosa existe. Al parecer algo está pasando con el negocio del incienso. Los jóvenes expansivos están relacionados con un conocido local nocturno, y con el estado de coma (¿accidente? ¿golpiza? ¿drogas?) de un conocido músico local, y la mayoría están citados como testigos. El señor mayor fue denunciado por un asunto familiar por su ex mujer, despechada porque la dejó hace un tiempo y vive con otra. En el fondo del salón están sentados juntos una barrita de siete u ocho, digamos, muchachones, como salidos de la hinchada de algún cuadro de fútbol. Al poco tiempo de llegar, casi todos ellos son introducidos por la puerta que da a la Justicia,  y dos quedan, son citados luego y vuelven a salir. Los cinco o seis primeros no vuelven al salón, y eso es importante para otra gente que también está presente.

 

Pasadas las 13:30 se abre la puerta del consultorio forense y un hombre de túnica grita “UNO”. Una mujer, aparentando decisión, entra e la habitación y sale pocos minutos después. Dos, grita el hombre, y aparece otra mujer, que duda, pregunta algo y finalmente entra. Sale casi enseguida. El tercero es un hombre de unos cincuenta años, que camina con dificultad. Por el momento no hay un cuarto, pero a lo largo de la tarde van a aparecer otras personas, todas ellas mujeres. Algunas humildes, vestidas con calzas, buzos de algodón y camperas de nailon. Otras con traje sastre, polleras hasta los tobillos y chaquetas, incluso chaquetas entalladas hasta media pierna. Algunas llevan lentes de sol grandes, protectores. Algunas están acompañadas por un agente policial, otras están solas. Algunas están decididas, como la primera que entró, otras  vacilan, bajan los ojos, preguntan. Algunas parecen indiferentes, hasta aburridas, otras tienen expresiones extrañas en el rostro. Algunas se van en cuanto salen del consultorio, otras tienen que quedarse, con lo que sea que carguen encima, entre la masa de los citados, ya y por todo lo que dure la espera menos anónimas de lo que deberían poder ser.

 Un joven expansivo ve a un conocido en el salón. Lo saluda expansivamente, y recibe el mismo trato. Fulano, que hacés por acá, pregunta jocoso el joven expansivo. Acá estoy, le responde su conocido, dando la vueltita de siempre.

 

Conseguir los datos de la nota de Tribuna del abogado no debe haber sido fácil. Y en cuanto a la Justicia Penal, debe ser menos fácil aún. Supongamos que uno quiere averiguar cuanta gente, promedio, es citada diariamente por el juzgado penal de 6o. Turno. Si se consulta en la Suprema Corte de Justicia, el único material disponible es un folleto donde se explica el funcionamiento básico del Poder Judicial. La siguiente instancia es el ITF (Instituto Técnico Forense), donde aclaran que allí no se manejan datos referidos a la cantidad de casos que llegan a cada juzgado, sino solamente estadísticas de números de procesados. Con estas cifras se imprime un folleto (el último de los cuales data del 2000, y se planea ponerlo al día este año), que es de uso interno del Poder Judicial, y sólo circula entre los juzgados, sin que sea disponible al público. Otros datos, dicen, puede que sean manejados por la División de Planeamiento y Presupuesto.

            Allí también rige el secreto legal. Los datos se recopilan en base a los casos manejados por todo el poder judicial en un año, y a la fecha todavía se están procesando los correspondientes al 2001. Los del año 2000 (las cifras globales) pueden hallarse en el informe anual de la división.

Si se quiere perseverar y obtener el dato concreto de cuantos casos se manejan por día, lo que se recomienda es ir a las fuentes. Preguntarle a los jueces. Para eso hay que conseguir primero una autorización directa del Presidente de la Suprema Corte de Justicia, y una vez lograda, tratar de que los jueces se hagan un tiempo para darle bola al inoportuno que viene a preguntar minucias sobre el trabajo diario.             

 

    Algo antes de las 14 horas comienzan a llamar gente desde la puerta que da a la Justicia. Aparece una persona (que resulta ser un actuario), grita un nombre, el llamado va hasta la mampara en solitario (no se permiten abogados en los interrogatorios), entra y la puerta se cierra a sus espaldas. Allá lejos, donde está la Justicia, se decide su destino. A veces vuelve al poco rato, a veces demora mucho en salir, a veces no sale más  El actuario vuelve y llama a otra gente, o al mismo que llamó antes. A veces ni siquiera sale. Se limita a asomarse por a ventanilla y hacerle una seña al citado. Cuando pasa eso es porque, cuando el citado se acerca, en lugar de decirle que pase por la puerta le suelta un sencillo “Puede irse”. De los agraciados con esas palabras mágicas, unos pocos siguen hasta la ventanilla y preguntan cosas, incluso algunos se quedan en el salón. Pero el caso más general hace un gesto de comprensión que oculta un alivio inmenso, y con un simple giro del cuerpo, sin una vacilación, cambia el rumbo de su marcha, trasladando toda la inercia en dirección al ascensor y a la salida. Baja los mismo pisos que subió, y sin que nadie le pregunte nada sale despreocupadamente por la misma puerta por que entró. La  única diferencia es que él ha recibido el permiso del Poder que habita tras la puerta para volver a su vida natural, y los dueños de los cuarenta y nueve pares de ojos que lo ven salir no. Físicamente cualquiera podría levantarse y mandarse mudar, pero está prohibido.

 

    Hay algunos abogados, en general los de los jóvenes expansivos, o de los que vienen a dar “la vueltita de siempre”, que saludan amablemente a los guardias, a los actuarios, a las funcionarias que reciben los citatorios y hasta a algunos de los policías que vienen a declarar. También saludan al pasar a los jueces que entran, muy apurados y trajeados, pero que sin embargo tienen un segundo para cambiar un apretón de manos y unas palabras con estos engominados hombres de leyes. Incluso parecería, si no fuera absolutamente  ridículo el sólo pensarlo, que los clientes de estos saludadores, pasan antes que los demás citados. No, será una ilusión producto de tedio y la envidia,  una casualidad.

    Los abogados saludadores también tienen otro tipo de clientes. Estos llevan pantalones vaqueros muy nuevos, saco sport y camisa, y van calzados con botas. Vienen en dos modelos, los que llevan vaqueros negros y camisas oscuras con saco marrón, o los que llevan vaqueros azules y camisas blancas con saco azul. Los de camisa blanca por lo general la llevan desabrochada un botón más de lo necesario, y por el cuello entreabierto se ven una o más cadenas de oro. Más que expansivos son desdeñosos, y al verlos se tiene la sensación de que no sería sano salirles de garantía en algún negocio. Eso sí, con sus abogados engominados parecen tener una relación casi se diría de amistad.

 

    A medida que pasan las horas se entra en un ritmo que podría llamarse el tiempo judicial. El “momento” con que el citado es recibido a las 13 horas se convierte en una sustancia espesa, gomosa, que envuelve a todo el salón con sus  ocupantes. Todo se desarrolla lentamente, con una  velocidad mínima. Como los que entran son pocos, y son menos los que salen, la sensación es de casi inmovilidad, de espera eterna. El citado comienza a sentirse preso, comienza a notar que en realidad, haya o no hecho algo ilegal, está detenido en ese salón, privado de su libertad y a disposición del Estado. No es la locación lo que hace que aparezca esa idea, es la sensación de tiempo detenido, de futilidad, de frustración. Ese salón podría muy bien ser la cárcel, si la condena debiera cumplirse encerrado con cincuenta desconocidos en la sala de espera de un aeropuerto secundario de un país africano. Y hay un solo baño, cuya cisterna no funciona.

 

    Las horas siguen pasando, y la única distracción  es el paso periódico de una mujer  con un carrito, vendiendo sandwiches y refrescos. Los refrescos los sirve en vasitos de plástico, desde botellas de litro y medio. Las jóvenes vistosas compran sandwiches olímpicos, y se muestran compungidas al enterarse de que no hay refrescos diet, ni siquiera agua mineral. Se van a comer pudorosamente al descanso de la escalera, fuera de la habitación, para beneplácito de los agentes policiales que ahí aguardan.

    Los policías que van a declarar son una decena, aunque algunos se van, llegan otros y a veces vuelven los primeros. A diferencia de los civiles, parecen no estar regidos por el mandato general de presentarse a la una de la tarde. Junto a la ventanilla hay un cartel que les recuerda que, antes de presentarse a declarar, deben entregar sus armas en el quinto piso. Será para prevenir accidentes, es de esperar.

 

    Junto a la ventana están sentadas dos mujeres. Una tendrá unos treinta años, el pelo negro, las caderas generosas y la mirada apagada y huidiza. Sus manos están resecas y agrietadas. La otra es una matrona rotunda, de pelo gris, seria, envuelta en un sacón de lana tejido a mano amoldado a su cuerpo por el uso. La joven, al llegar, pasó por  el consultorio forense. Están solas, sin abogado que las acompañe. Fueron llamadas al otro lado de la mampara por separado. La mujer joven demoró una media hora en volver, la mayor unos quince minutos. Se cuidan de sentarse lo más lejos posible de los dos muchachones que venían con el grupo, y cuyos compañeros no han vuelto a salir.

 

    Cando por fin es momento de prestar declaración, es como ir al médico en una mutualista. El actuario correspondiente llama, y pide que se lo siga a través de la puerta. Del otro lado, pasando un recodo, hay un pasillo flanqueado de cubículos. Cada uno un alberga un escritorio, dos o tres sillas, una computadora y una impresora, además del actuario y del citado. El citado tiene que dar sus datos y explicar como mejor pueda lo relacionado con el asunto que lo llevó hasta ese cubículo, de manera pausada para que el actuario, al mismo tiempo, lo vaya escribiendo en ese extraño lenguaje legal, mezcla de coloquialismos y florituras. Como el actuario ya leyó algunos documentos previos sobre el caso, escritos en el mismo seudolenguaje, va conduciendo al declarante hacia los puntos relevantes. Una vez terminado este curioso intercambio, el resultado es un documento donde el citado expresa su punto de vista sobre el tema de su interés. El documento, una vez firmado, queda en poder del actuario, quien se lo lleva al juez. Si se trata de un asunto menor, un testimonio secundario o algo así, esto es lo más cerca que estará el citado de la Justicia. En su despacho, en algún recóndito lugar del edificio, el Juez laudará el tema no en base a lo que diga la persona citada sino a lo que hay escrito en ese papel. El involucrado, en la mayoría de los casos, nunca verá la cara del magistrado,  incluso si se falla en su contra y se lo procesa.

    Así trabaja la justicia penal, que al parecer no sólo es ciega sino que tampoco le gusta que le miren la cara. Casos de violencia, de perjuicio económico, casos que involucran la libertad o los derechos civiles de los implicados se deciden en base a lo que escribe un actuario, sobrecargado de trabajo, en base a lo que declare alguien abotargado por una espera incómoda de horas. En cambio si una pareja quiere divorciarse, por más que estén en buenos términos y el asunto esté decidido, deben enfrentarse, ellos sí, cara a cara con el juez, el actuario, el fiscal, los dos abogados y tres testigos. 

 

    Una vez tomada la declaración, el citado puede pensar que el asunto está por terminar. Incluso antes de volver al salón, donde tiene que “esperar un rato a que el Juez decida”, puede preguntarle al actuario si tendrá que esperar mucho. El actuario, simple pieza de un sistema perverso, pondrá cara de piedad y dirá, con miedo de destrozar la esperanza, “Y sí, un rato va a tener que esperar”.

    Al volver al salón, a lo mejor menos de veinte minutos después de haber entrado a declarar, el citado se sumerge en el mismo ambiente de las horas previas. Pueden ser ya las seis, incluso las siete de la tarde, y en el salón quedan cuarenta personas.  El señor mayor sigue sentado imperturbable, a veces hablando con algún joven expansivo. La mayoría de los abogados engominados ya desaparecieron, así como sus clientes de vaquero, camisa y saco. La abogada rubia sigue tratando de ubicar a Fulana. También se fueron casi todos los policías que venían a declarar. El abogado del jopo rebelde y el cuello tortuga conversa animadamente con la muchacha vistosa de pelo negro y discreto tercer ojo. En determinado momento intercambian números de celulares, y ella le aclara que si la llama y ella no puede hablar le va a decir alguna cosa y va a cortar, pero que enseguida lo va a llamar al número que quede registrado en el captor. Porque, parece, su novio es celoso. Al abogado eso parece no importarle demasiado y ser, ya tan joven, un tipo comprensivo para con los defectos ajenos.

    Los dos muchachones siguen sentados en un rincón, con algo de animalitos acorralados en su porte. Uno escucha un walkman, el otro mira por la ventana y toma pensativos sorbos de una botella de Nix. Las dos mujeres siguen sentadas lo más lejos posible de ellos.

 

    A las ocho comienza a decantarse el grupo, al mismo tiempo que los que van quedando pierden las esperanzas de una pronta resolución. Los abogados, casi todos, ya desaparecieron, incluyendo al del jopo y a los saludadores. La abogada rubia por fin encontró a la hermana del detenido, ambas hicieron un trámite breve en la ventanilla y se fueron.  La mayoría de los citados como testigos ya no están.  Tras un breve trámite de su abogado engominado, todos menos uno de los jóvenes expansivos fueron autorizados a retirarse, cosa que hicieron tras grandes muestras de afecto con el que se quedaba. También el abogado se retiró, tras cambiar celulares, él también, con la muchacha vistosa de pelo negro y discreto tercer ojo. Incluso ella y sus dos amigas vistosas se fueron.

    A las ocho pasadas comenzaron a irse los funcionarios judiciales. Cuando un actuario se retira hace un aparte con el o los implicados en el asunto que trataba, y les explica que el juez  tenía el caso para resolver, que él o ella se iba pero que otro funcionario tenía todos los datos y que iba a avisar en cuanto se resolviera. Ante la ya evidente desesperación de los citados, poco podía hacer el actuario más que expresar comprensión y, con evidente vergüenza ajena, arriesgar un pronóstico sobre el único tema que a esa altura,  siete horas después de ser citado, importaba. A qué hora iba a decidir el Juez.

    El pronóstico no era bueno. El Juez tenía quince casos para resolver, entre los que estaban los cuatro o cinco que quedaban en el salón. El resto se refería a gente que había entrado y no había salido, y que estaba detenida. A veces las resoluciones se demoraban hasta bien pasada la medianoche, a veces hasta la madrugada. Y los citados, sin importar la pavada por la que estuvieran, seguían a disposición de la Justicia.

 

    A las nueve y media quedan unas diez personas en el salón. Casi todos eran involucrados directos en tal o cual caso.

    El número menor fomentaba la solidaridad y hasta la camaradería. Cincuenta personas son muchas para socializar, diez está mejor. El joven expansivo le pregunta a uno de los muchachones cómo va el partido.  El que venía a hacer “la vueltita de siempre” conversa con el sexagenario, que sigue sin perder la compostura. Las dos mujeres hablan con otra, rubia, que a primera vista podría ser confundida con una abogada, si no fuera por sus grandes lentes oscuros y porque mucho más temprano entró al consultorio forense.

    La mujer rubia tiene ganas de hablar. Habla sobre la injusticia de la vida, sobre la bondad, sobre lo mala que es alguna gente y sobre cómo ella no puede entender que haya gente así. Cuenta su caso con muchos detalles, habla de su marido, del día que sin saber por qué se puso violento y le levantó la mano, y de cómo ella se tuvo que ir de la casa y de cómo él ahora está detenido del otro lado de la puerta y de cómo ella tiene que esperar a ver qué decide el Juez, porque si lo suelta ella de ninguna manera puede ir al apartamento de ambos y tiene que ver dónde pasa la noche antes de que pueda ir a buscar sus cosas al otro día. Dice que lo más seguro es que lo procesen sin prisión y que salga esa misma noche, porque a ella el juez le dijo en el careo si quería que lo mandara preso y ella en realidad no pudo, porque él será lo que sea y le habrá hecho lo que hizo, y en ese momento muestra los moretones rojos y violetas en los brazos y se estira el cuello del buzo para que vean el comienzo de los que tiene en la espalda, y apenas moviendo los lentes deja entrever el ojo negro, pero ella no puede ser mala, es algo que no le sale, aunque vaya en contra de ella, y le dijo que no, que ella prefiere que lo dejen salir y que le prohíban acercarse a ella, y ahora el juez va a decidir. Porque ella no entendía cómo hay gente capaz de hacerle mal a otro, y mientras hablaba blandía con vehemencia lo que parecía un libro,  pero que en realidad en la tapa aclaraba que era la “Agenda de la Biblia 2002”. La mujer joven fue al baño, haciendo un oblicuo camino que la mantuviera lejos de los dos del fondo. La mujer rubia seguía hablándole a la mayor, que la escuchaba asintiendo con una expresión inmóvil que era imposible discernir si demostraba una sabiduría reposada y  triste de años de honradez y pobreza,  o un fastidio infinito por la cháchara de la otra y por haberse perdido a Pedro el Escamoso.

 

    También a las nueve y media una comisión de funcionarios sale por la puerta y toma el ascensor, para volver al poco rato con bolsas de comida y botellas de refrescos, con lo que desaparecen de nuevo tras la mampara. Desde aproximadamente las seis ya no pasaba la mujer del carrito de los sandwiches, y desde el momento en que llegaron con la cena no se volvió a ver a los funcionarios detrás de la mampara. Se los podía atisbar por una ventana lateral, comiendo y mirando televisión, esperando también a que el juez decidiera. Ni siquiera la guardia policial quedaba en el salón, sólo la última decena de citados.

 

    A eso de las diez el ambiente se caldea. Los funcionarios sólo aparecen de vez en cuando,  un par de mujeres que hace tantas horas o más que los citados que están ahí adentro, y cuya única función a esa hora parece ser esperar a que el juez decida y vacíe el negocio. Cada media hora aproximadamente las dos mujeres llegan desde el fondo conversando, se acercan a la mampara y se recuestan en la ventanilla, aún conversando, mirando a los últimos citados como si fueran una especie poco interesante en un zoológico. Es de suponer que estas rondas periódicas  son para comprobar que nadie se haya colgado de una viga, robado las plantas decorativas, metido alcohol de contrabando u organizado una fiesta en el salón. En determinado momento el joven expansivo, su amigo de la vueltita  y la mujer rubia encaran a ambas funcionarias y les reprochan por la espera interminable. Una de ellas sale de la mampara y, dirigiéndose a todos, pide disculpas por la demora, explica que hay muchos casos acumulados y que el Juez está trabajando en todos al mismo tiempo, por lo que no hay manera de pedir dato sobre tal o cual en particular. El gesto humano y digno es agradable y trae consuelo a los que llevan nueve horas en un cuarto pelado sentados en sillas de cármica, pero es claro que es una acción estrictamente personal, llevada a cabo por una funcionaria mortificada. Al Sistema Judicial le importa tres pitos las esperas de los citados. Por algo es un Poder y los citados meros ciudadanos, la mayoría de los cuales no aspiran ni siquiera a respirar el mismo aire que el Juez. 

 

    Al igual que cuando se trata de obtener datos estadísticos sobre el funcionamiento de la Ley, la sensación que brinda el trato con los funcionarios es contradictoria. Los datos no aparecerán o serán secretos (al igual que la estimación de cuanto tiempo de espera puede quedar), pero las personas con las que se trata, incluso las del nivel más alto, son amables, pacientes y comprensivas, incluso alentadoras. Como la mujer que da la cara ante el plantón y las dudas ajenas, asumen con una extraña hidalguía el compromiso de afrontar los cuestionamientos y el desconcierto de los ciudadanos de a pie. La Justicia será lenta, incomprensible, incluso podrá parecer cruel y hasta surrealista, pero gracias a estos funcionarios (que no serán todos, pero los que sean se hacen notar), se salva por los pelos de parecer inhumana. 

 

    La rigidez de la espera se relaja. La aparición de la funcionaria dando la cara y pidiendo disculpas descomprime el ambiente, y quiebra la sensación de ser rehenes. Uno de los dos muchachones baja y vuelve con comida para él y su compañero. El joven expansivo llama a su novia por celular. Al rato, para asombro general, ésta aparece en el salón con provisiones. Llegó al edificio, pidió permiso, entró y listo. La pareja y el amigo de la vueltita se sientan a hacer un pequeño picnic. El joven le presta su celular al señor mayor, para que este llame a su mujer y le diga que no se ponga nerviosa, que la espera sigue. La mujer rubia sigue hablando con las otras dos. Lo de Dios es Amor es una secta, les dice enfáticamente. La religión cristiana es otra cosa.

       Por fin, a las once de la noche pasadas, comienzan a activarse las cosas. Algunos para bien, otros no tanto. El de la vueltita de siempre es llamado detrás de la mampara, y no reaparece. El joven expansivo es autorizado a irse, y al preguntar por el otro se le informa que va a ser procesado. A la mujer rubia se le informa que su marido va a ser liberado luego de ser procesado sin prisión, en un par de horas. 

    A las once y media las dos mujeres son informadas de que pueden irse. A los dos muchachones se les dice que ellos también pueden irse, y que sus compañeros van a ser procesados sin prisión. ¿Cuándo salen?, pregunta uno de ellos, porque las familias y los amigos están abajo esperándolos.

    Las dos mujeres se ponen nerviosas al escuchar todo esto, y miran alrededor como buscando apoyo. No lo encuentran, hablan nerviosamente con la funcionaria  de la ventanilla y por fin, aprovechando que los dos muchachos están recogiendo sus cosas, salen velozmente.

    Son madre e hija, y viven juntas en un barrio marginal. La noche anterior, los cinco o seis que iban a ser procesados se habían metido a su casa, la habían saqueado, habían destrozado muebles y habían golpeado a la hija. Los dos que estaban en el salón habían oficiado de campana en el hecho. Todos los implicados viven en el mismo barrio. Ahora, las dos víctimas tienen que salir solas a una calle vacía, a medianoche, por la misma puerta en donde esperan las familias y los amigos de los ladrones procesados que ellas habían denunciado. La justicia es ciega, a veces pareciera que más de lo necesario.

 

    Cuando se van las mujeres y los dos muchachos, se le informa al señor mayor que ya puede irse. Antes de salir, el hombre le pregunta a un policía que viene entrando si afuera está frío. No mucho, le contestan. Menos mal, dice, porque vine sin nada de abrigo. Claro, al mediodía había sol.

    Es casi medianoche. Los funcionarios se ponen sus abrigos, se apagan luces, la ventanilla se cierra. Queda un solo caso en el salón ¿Cómo es su nombre?, pregunta la funcionaria. Va al fondo a buscar información, vuelve ya acomodándose el tapado, con la cartera en la mano.

    —Puede irse.

    ¿Cómo?

    Que puede irse, el veredicto es libertad.

    La ventanilla se cierra, y se apaga la luz.

 

    Diez horas y media después de entrar, la Ciudad Vieja parece una continuación del Tiempo Judicial del salón de espera. Inmóvil, silenciosa y deshabitada. Ya no hay rastro del hombre mayor, ni de las dos mujeres, ni de las familias de sus asaltantes ni de la mujer rubia ni del joven expansivo y su novia. Ni siquiera se ve al policía de guardia, que no asoma la nariz fuera del edificio. El edificio en Bartolomé Mitre ya no es el lugar donde poderes mayores deciden sobre el destino de quienes son arrojados a sus entrañas. Ahora es sólo un edificio grande, gris, feo y silencioso, sobre una calle vacía. Y el policía que entró se equivocó, en la calle sí hace frío.

 

 

Próxima semana: adiós al Ciber.

 

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