lunes, 25 de julio de 2022

Alfredo Swier, el Cyber

(2022. Subido a Facebook cuando me enteré de la muerte del Ciber, y ahora lo coloco por acá para darle un poco más de resguardo.)

 

Desde que me enteré de la muerte del Ciber me estuve debatiendo entre las ganas de escribir algo (ya varios lo hicieron) y la convicción de que en realidad no quiero escribir sobre él, sino sobre mí. Y al final me dije bueno, a la mierda, el que no quiera que no lea.

La muerte del Ciber me afectó mucho más de lo esperable, y eso que nunca fui realmente íntimo con él y que hacía décadas que no lo veía. Probablemente me lo haya cruzado un par de veces por la calle, pero no tengo el más mínimo recuerdo. Justo antes de la pandemia me escribió porque tenía un proyecto de stand up o algo así, pero la verdad es que mucha bola no le di. Él parecía seguir más o menos igual de intenso, y yo ya no estoy en edad para tolerar intensidades. Por lo que he leído en redes sociales, todos dejamos de ver al Ciber hace décadas, y no solo durante el tiempo en que vivió en Buenos Aires.

Lo que me pasa con el Ciber es que fue parte de mi otra vida, mi vida anterior o no sé cómo llamarla. Un poco antes de mediados de los 90 empecé a trabajar en periodismo, y desde ese momento comenzó a formarse la persona que soy ahora. A lo que me dedico, los círculos que frecuento, la gente que veo, hasta mis amistades, se fueron forjando a partir de esa fecha. Antes de eso hacía otras cosas, veía otra gente, tenía otros amigos, era otra persona, aunque era yo mismo.

Y a esa otra etapa pertenece el Ciber. Lo conocí en los 80, cuando era parte del mundillo semi punk. Cruzárselo era inevitable, porque era presencia constante en toda actividad que hubiera, desde un toque de Los Estómagos hasta un rejunte de bandas ignotas en algún club de Sayago. Era algo así como la versión punk del Colorado de Omar. En ese momento no le conocí amigos, apenas conocidos, gente que le hacía el aguante o le seguía la cabeza. Supo tener un grupo (Pis) al que creo que jamás llegué a escuchar, ni supe qué músicos lo componían. Incluso me permito sospechar que no existía realmente. La vida del Ciber era rara, desprotegida, compleja, casi incomprensible. Vivía en hoteles, su padre lo mantenía con largueza pero de lejos, su relación no era para nada cordial. Podía ser agresivo a veces y dulce otras sin solución de continuidad, era caótico, insoportable por momentos, inocente en el fondo, desvalido hasta lo conmovedor, nada genial pero sí entusiasta e imposible de ignorar. Una mezcla con aire local de Johnny Rotten y Millhouse. Seguirle la cabeza era insostenible, pero rechazarlo tampoco. La policía, con esa facilidad que tiene desde siempre para  arruinar la vida de los más desamparados, lo había marcado como buchón y andar por la calle con él significaba tener que defenderlo a cada rato, porque en cada cuadra había alguien deseando darle una piña, y poca gente conocí en mi vida menos apta para defenderse o resguardarse.

Luego de esa época lo dejé de ver por algunos años, mientras me dedicaba a diversas cosas inexplicables (ser guía de turismo, casarme, divorciarme, qué sé yo…). A principios de los 90 me hice amigo del Negro Breccia, gran persona, y resultó que él era muy amigo, casi padrino, del Ciber. El otro amigo de ambos, y el segundo y único que le conocí al Ciber, era Leonelo. Leonelo era igual o más caótico que el Ciber, pero en un registro totalmente distinto, mucho menos evidente, más en sordina, sorpresivo. Las salidas nocturnas con ellos dos eran sinónimo de descontroles épicos. No exagero nada si digo que Trainspotting o After Hours son meriendas en la campiña inglesa al lado de un sábado de noche recorriendo Montevideo con Leonelo y el Ciber a principios de los 90. Una salida típica podía empezar tomando whisky en la barra de un boliche de canas en 18 y Pablo de María (hay que recordar que el Ciber era una especie de cartel de neón ambulante que decía “Yo consumo” en fucsia) y terminar quién sabe dónde y cómo (lo de terminar va para uno, ellos podían seguir y seguir y seguir y terminar durmiendo en una playa de Florianópolis sin saber cómo volver. Pasó).

Durante una de esas salidas salvajes vi al Ciber obtener el record mundial de velocidad de expulsión de un boliche. Fue en una disco en Rivera, por el Cordón (me dicen que puede haber sido Kamboche). Como ciudadanos normales sacamos entradas, nos dirigimos a la puerta y, antes de entrar, con Leonelo nos tardamos 10 segundos no recuerdo por qué. El Ciber entró. Pasado ese momento de demora no llegamos a dar tres pasos adentro del local cuando nos cruzaron dos patovicas llevando al Ciber en una llave doble rumbo a la salida. Nunca supimos qué pasó, pero le tomó apenas 10 segundos hacerse expulsar con abundante violencia.

En esa época el Ciber seguía igual de desvalido y caótico que en los 80, tan desarticulado como antes, pero menos inocente. O al menos había aprendido un mínimo de autopreservación. Seguía con su vida en cuartos de hotel pagados por su padre. El último del que supe fue el Parque Hotel, del que fue uno de los últimos huéspedes (si no el último). Le gustaba contar cómo le llevaban el desayuno al cuarto en una bandeja platinada.

Y a mediados de la década lo dejé de ver, ahora para siempre. Como dije, es casi inevitable que me lo haya cruzado varias veces, pero no tengo ningún recuerdo al respecto. Cuando comencé a formar lo que es mi vida actual dejé de ver a mucha gente, incluyéndolos a él, a Leonelo, al Negro Breccia y montones más: el Invierno y su novia Anita, Rocca, Álvaro, Lazo, Fabián, el Queso, Wilili, el Búho, en fin, montones. Con algunos me he cruzado por ahí, otros figuran como contactos en las redes, de otros tuve noticias cada tanto (Leonelo, al igual que el Invierno y Anita, se fue a vivir a Estados Unidos, donde se dedica a vender autos usados o algo así, al parecer con notable suceso).

Hay gente a la que algún suceso notorio le cambia la vida: el exilio forzado, un accidente, una enfermedad, un golpe de suerte. “Un antes y un después.” También puede pasar por cosas menos destacables, menos sencillas de explicar. En mi caso claramente siento que tengo una vida anterior y una actual, aunque no haya ningún corte abrupto. Está el yo que fui, y está el yo que soy. Somos el mismo, pero también no lo somos.

Y con la muerte del Ciber, un integrante de la comparsa alegre, variopinta y entrañable que me acompañó los primeros 25 o 30 años de mi vida, mi pasado se empieza a deshilachar. Quién sabe cuántos de esos compañeros de ruta de los que nunca supe más nada hayan muerto, pero él es el primero del que me entero, y también uno de los de mayor estatura simbólica. No fue un amigo íntimo, pasé años y décadas sin verlo y sin pensar en él, pero fue (y es) símbolo de una época de descontrol, creatividad, expectativa e inocencia. Y me parte el corazón reconocer su mirada de incomprensión y desamparo ante la maldad del mundo en un video que desconocía, su última acción pública en un programa de “talentos”, siendo humillado en público por un gusano mediático. No podría decir si el Ciber fue bueno o malo como persona, no llegué a conocerlo tan a fondo. Fue caótico, no sé si malo, aunque sospecho que no. Pero esa mirada, esa incapacidad de entender la maldad del mundo (y el mundo se ocupó de tirarle encima abundante maldad) siempre la tuvo. Fue desvalido, porque nunca comprendió por qué la gente, el mundo y la vida insistían en maltratarlo. Y fue, siempre, inocente.

Buen viaje, Ciber. Allá nos vemos.

 

Próxima semana:  Como dirían Mel Gibson y Domenech a coro: Viva Cristo rey. Y casi casi que se acaba esto.

 

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