lunes, 4 de abril de 2022

100 cosas que no

(2020)

 

1 – El énfasis exagerado con que el Indio Solari canta "yo en cambio te ofrezco una montaña de horror" en su versión de El salmón.

(Pensando en esto es que nacieron estas listas.)

2 – El Indio Solari y sus veleidades mesiánicas.

3 – Las papas champi. Infame manera de reblandecer unas papas fritas perfectamente comestibles empapándolas en una salsa con gusto a salmuera mantecosa, en la que aparecen fragmentos sólidos de una substancia con gusto a interior de lata.

4 – La violencia en la familia. Soy de los afortunados, nací en una familia de gente buena, y no dejo de repetírmelo cada vez que veo ejemplos de lo opuesto.

5 – La reducción infame a cuatro o cinco sabores de helado a la que nos acostumbró la fabricación industrial. Tampoco voy a abogar por la masificación de aberraciones como kinotos al whisky, pero no hay nada comparable a dudar horas antes de elegir entre 20 o 30 opciones.

6 – El aspecto del queso vegano, que tiene toda la pinta de ser algo formado con los años en la parte del desagüe de la ducha donde nunca llega la luz.

7 – La especulación inmobiliaria. La demolición indiscriminada de adefesios arquitectónicos que todos reconocemos y compartimos, y que serán adefesios pero son nuestros adefesios, y parte de nuestro paisaje urbano común. La conversión de Montevideo en una innecesaria colección de edificios en altura con viviendas clonadas, sin alma, sin referencias, sin justificación. La extraña fiebre constructiva que arrasa la ciudad desde hace al menos medio siglo sin mayor explicación, y no está de más recordar que se trata de una ciudad de donde la gente en general se va, no viene.

8 – El reguetón y sus derivados. La verdadera música del infierno. Único género musical para el cual no se necesita talento, buena voz, conocimientos musicales ni, en general, funciones cerebrales superiores. Sólo se necesitan tres ritmos básicos, buen equipamiento técnico (fundamental el auto-tune) y una actitud despectiva hacia todo lo que es bueno y justo en la vida.

9 – El auto-tune.

10 – Los veteranos chotos que ante cada mención al punk de los 70 gargajean indignados que “Los Who ya habían hecho todo eso”, demostrando irrevocablemente que no tienen la más pálida idea de nada relacionado con el tema sobre el que están opinando. En general tienen bastante más de 60 años, y falta poco para que el Alzheimer o la Parca liquiden esta injustificable corriente de opinión. Escúchelos gargajear ahora, antes de que desaparezcan.

11 – El voto obligatorio. Sí, soy incoherente. Apoyo que se obligue a participar en las elecciones de gobierno, odio que me obliguen a ir a votar si no tengo ganas o siento que es innecesario.

12 – La incoherencia (ajena).

13 – La superstición, la cabulería, el miedo irracional a eventos aleatorios y sin posibles perjuicios reales, la triscaidecafobia.

14 – Los antivacunas, los loquitos de los chemtrails, los conspiranoicos en general. Los videos en YouTube “demostrando” sus teorías. Agregaría a los terraplanistas, pero me dan cariño, pobres.  Igual ya pasa la moda y vuelven a ser bobos comunes y silvestres.

15 – Ser viejo. Qué flagelo innecesario volverse viejo.

16 – Los vecinos ruidosos. Seres inhumanos. Deberían pagar impuestos extra.

17 – La teapartyzación de Moe Tucker, que pasó de ser una de las personas más geniales del mundo a ser otra yanqui reaccionaria sin  mayor interés.

18 – El desgaste de los cineastas después de tres, cuatro o cinco películas maravillosas, que nos deja durante décadas mirando porquerías medio pelo, con la expectativa de que “en la que viene seguro se recupera”. Verbigracia: los hermanos Coen, Tarantino, Tim Burton y tantos otros. Ojo, hay excepciones, pocas pero hay. La mayoría son directores que se murieron después de tres, cuatro o cinco películas.

19 – El mate. Líquido hirviendo bajando por el esófago a ritmo regular, con las propiedades alimenticias o farmacológicas de masticar un recorte de toalla. Glorificación del intercambio de saliva tibia en su variante “rueda de mate”. Sustituto perenne uruguayo del pezón materno, siempre a centímetros de la boca sobre todo en esos casos de gente que lleva a todas partes el termo abajo del brazo izquierdo y el mate en la misma mano. Ancla que ata a los uruguayos al ritmo cansino entre sorbida y sorbida, lo que sin duda explica las demoras en los trámites públicos, la baja productividad laboral y la velocidad promedio de los ómnibus de CUTCSA.

20 – La risotada, el griterío, la burla y la zafiedad como herramientas de comunicación radial. Sí, usted sabe a quién me refiero. No vale la pena ni mencionarlo.

21 – La decadencia de la prensa. Si se debe a motivos económicos, mercantiles, ideológicos o del tipo que sean, importa muy poquito. Un país sin buena prensa (o siendo generalistas, un mundo sin buena prensa) es un país (mundo) mucho más pobre.

22 – Los libros de la serie “1001 cosas que ver/hacer/comer antes de morir”. El memento mori más hijo de puta de la historia, porque lo único seguro es que no se va a poder hacer todo eso antes de morirse. Y suponiendo que se logre por ejemplo escuchar los 1001 discos que recomiendan, en el lecho de muerte nos va a recomer la culpa por todo el tiempo perdido escuchando un montón de discos de esa lista que nos parecieron una soberana mierda.

23 – El miedo. No el miedo lúdico en el cine. El miedo como presencia constante, injustificada, tóxica, sin motivo o con motivo, pero siempre ahí. Y los que viven del miedo, los que lucran con el miedo, los que explotan el miedo ajeno para sacar provecho económico, electoral, o del tipo que sea. La peor canalla. A muchos de esos se los encuentra en el Parlamento o, si las cosas salen realmente mal, en Presidencia.

24 – El lenguaje ñery, ese encuentro fortuito de la jerga carcelaria con la disartria endémica en una boca de pasta base.

25 – El dentista. Sí, ya sé, sería peor si no existieran. Pero igual.

26 – Los refrescos Zero, Light o similares. “Hay que acostumbrarse” te dicen refiriéndose al consumo de tales aberraciones, y de inmediato para mí entran en la misma categoría de acostumbrarse a un miembro fantasma después de una amputación, al ruido de una fábrica de helicópteros instalada de golpe al lado de casa o a los informativos televisivos de dos horas de duración.

27 – Los informativos televisivos de dos horas de duración.

29 – Saltearse un número.

28 – Arreglar las cosas a los ponchazos.

30 – Los pelmazos. Que son muchos y se reproducen.

31 – Acá debería ir una lista de pelmazos que conozco en persona y me joden la vida regularmente, pero casi lo mismo sería transcribir la guía de teléfonos (si es que todavía existe).

32 – Los cuentos de viajes de esa gente que no vio nada, no entendió nada, y se fue a la concha de la lora sólo para comprobar que es todo exactamente igual que acá. Son pelmazos, sí, pero de una variedad muy específica.

33 – Cuando en una reunión un pelmazo acapara la charla e impide hablar a alguien realmente interesante. Dado un número X de personas reunidas, con un ratio inevitable X -1 de pelmazos presentes y una cantidad fija de una unidad de persona interesante en el grupo, la posibilidad de que este fenómeno se produzca tiende al infinito.

34 – Los perros en apartamento. No por el bicho en sí, que suele ser adorable (hay excepciones), sino por todo ese asunto de tener que sacarlo todos los días, bolsita en mano. En definitiva, termina siendo la mascota ideal para gente a la que le gusta tocar caca con la mano. Usted vea.

35 – Los gatos en casas con mucho terreno, ubicadas en barrios de similares características. Uno se encariña, y no duran.

36 – Tener una tortuga de mascota. Mijo, conseguite una piedra redonda, pintala de marrón y verde y ahorrate una plata en lechuga.

37 – Los anti derechos. Que en sus confundidas cabecitas creen ser pro derechos, y en realidad razón no les falta: suelen ser pro sus propios y exclusivos derechos.

38 – La nueva extrema derecha, que en realidad es la misma vieja extrema derecha de mierda de toda la vida, pero con acceso a redes sociales. O, como está de moda decirles, los fachos.

Recuerden, el facho es tonto. Podrá ser astuto, marrullero, violento, manipulador, intuitivamente malvado o talentoso para el engaño, pero en realidad es tonto. Cree en cosas tontas. Las justifica con argumentos tontos. Ve al mundo desde una óptica tonta. Podrá ser peligroso por una o varias de las características mencionadas antes, pero jamás por su brillantez intelectual.

39 – Esa especie de código compartido, mezcla de soberbia, mesianismo y completo desprecio por el resto de la humanidad que puede detectarse entre los políticos profesionales, al igual que entre los militares de rango, los jerarcas de iglesias evangélicas, los médicos o los consumidores de cocaína.

40 – Las alarmas de los autos. Necesito que alguien me explique qué función real cumplen las alarmas de los autos, aparte de activarse de igual manera por un vidrio reventado que por una cagada de paloma, y quedar sonando horas y horas, de día o de noche, mientras el dueño del vehículo pasa su jornada lejos, bien lejos, del alcance del infernal aullido.

41 – Hablando de cosas al pedo relacionadas con los vehículos: los cuidacoches. ¿Qué cuidan los cuidacoches?

42 – Cualquier película con Thandie Newton, Hayden Christensen o Adam Sandler. Gente que hubiera hecho del mundo un lugar mucho mejor si se hubiera dedicado a alguna otra cosa bien distinta de la actuación.

43 – La idea muy uruguaya de que cualquier cosa medianamente dulce mejora si se le agrega dulce de leche. Desde una banana a una torta Alaska. Y así, lograr estropear todo.

44 – La falta de solidaridad. Qué cosa fea, no ser solidario. Muy fea.

45 – Que se haya muerto David Bowie, no importa cuánto tiempo haya pasado.

46 – Las malas parejas, los errores, las personas compradas por buenas y que resultaron una mierda. Qué pérdida de tiempo. Pero bueno, salió así.

47 – La pizza con ananá. A quién se le ocurre.

48 – La torta de fiambre con ananá. A quién se le ocurre.

49 – Tener pereza antes de llegar a la mitad de un proyecto y entrar a considerar si no es mejor nombre “50 cosas que…”.

50 – Llegar a la mitad de un proyecto, ver todo lo que falta y sentir cómo el entusiasmo disminuye.

51 – El desodorante de ambiente con olor a vainilla. ¿De veras hay alguien en el mundo interesado en que su baño huela a bizcochuelo?

52 – La apropiación blanca y medioclasista del candombe, “embajador musical” del Uruguay. Sí, claro, queríamos tanto a nuestros esclavos…

53 – Paulo Coelho, Jorge Bucay, Deepak Chopra y toda esa caterva de criminales infames, expertos en masticar un poco de ciencia, un poco de filosofía y un poco de psicología, y excretar montañas de caca. Incluye al que le robaron el queso, al del no sé qué secreto, al que toma café solo y muchos más de cuyos nombres no pienso acordarme. Dejo afuera a Jodorowsky no porque lo merezca realmente, sino porque en alguna época escribió buena narrativa (y comics) y filmó varias películas curiosas, y porque sus anécdotas de cuando pretendía filmar una versión megalomaníaca de Dune con Dalí, Mick Jagger, Orson Welles, Gloria Swanson, David Carradine y no me acuerdo cuántos más, son material de leyenda. A diferencia de los otros farsantes y ladrones de gallinas, supo ser un delirante auténtico antes de dedicarse a la estafa espiritual.

54 – Picasso.

Sí, Picasso me deja indiferente. Hasta vi el Guernica en persona, y plín. No es un caso como el de Pollock, que siempre me dejó del todo indiferente hasta que estuve frente a uno de sus cuadros originales y me voló el cerebro. Picasso me la suda, en reproducción o en museo. Cosa mía, no me juzguen. Seguro que a ustedes no les gustan los gatitos, o son amantes de la pizza con ananá.

55 – Robin, en cualquiera de sus variantes. Con todo lo que me gusta la DC, tengo que admitir que también alberga al personaje más irritante de la historia de los comics. El Joker estuvo a un paso de redimirse al matar a Jason Todd. Lamentablemente revivió (más de una vez), para seguir molestando.

56 – Christopher Nolan, mediocre, mala onda, apenas eficiente en sus mejores momentos, con inexplicable patente de genio, cuyo máximo placer es despreciar a su público intentando mostrar que es más inteligente que ellos. Destructor casi máximo de Batman, sólo por debajo de Schumacher.

57 – Jordan Peele, ladrón de gallinas, Midas a la inversa, generador de porquería tras porquería que, por motivos para mí incomprensibles, son aclamadas como joyas cinematográficas.

58 – J.J. Abrams. En tres cuartos de las cosas que hace, otro gran saqueador de gallineros.

59 – El cine pos 2005 (aproximadamente), aburrido, repetitivo, desangelado, predecible, salvado a duras penas por producciones de los márgenes (Corea, al día de hoy). Los países que actualmente entregan cansinos refritos de sus pasadas glorias, en un momento produjeron Apocalypse Now, Bande à part o Seven Samurai.

60 – Los veganos militantes. Comé tu pasto y dejame en paz, haceme el favor. El hecho de que vaya a saber mediante qué experimentos malsanos alguien descubrió que con el agua en que se hirvieron garbanzos se puede generar algo que recuerda vagamente al merengue es una muestra incontestable de que gran parte de la humanidad tiene demasiado tiempo libre.

61 – La ceguera de mucho vegano y vegetariano ante el hecho de que su dieta es un privilegio de clase y no una opción moral. Lo mismo corre para todo el que puede elegir su comida del día.

62 – Que la injustica se enquiste, se normalice, hasta se defienda.

63 – Las dictaduras. Todas. Siempre.

64 – Los comentarios de los lectores en medios de prensa digitales y portales. Caldo de cultivo del fascismo, la necedad, el reaccionarismo y la violencia. Fosa séptica del periodismo. Cueva de agresores con seudónimo. Cloaca injustificable e inexplicable, salvo por misteriosos motivos comerciales o por intensiones aviesas.

65 – El helado de yerba mate. Háganme el favor…

66 – Tener los libros desordenados. Aunque pensando mejor, esto más bien debería integrar la lista de “100 manías personales”. Bué, 100…

67 – Extrañar a mi viejo, muerto hace más de una década. Si lo medito podría decir que, aunque suene raro, esto a lo mejor merecería un lugar en la otra lista, porque el hecho de extrañarlo todavía es un claro indicador del tipo de persona que era y de lo importante que fue en mi vida. Pero no lo va a tener, porque no hay nada positivo en que me falte, como no hay nada bueno en perder a la gente querida.

68 – Los apóstoles del libro digital. Arrancá, Cometín Sónico.

69 – Los centennials que descubren Acto de violencia en una joven periodista y salen con bombos y matracas a darle manija a su “hallazgo”, como si no se la viniera descubriendo y redescubriendo desde más o menos la semana siguiente a su rodaje allá por los ochenta, o en los términos manejados por los centennials, el paleozoico profundo.

70 – Los que insisten en informar que el olor a tierra mojada por la lluvia se llama petricor. Igualan en pelmazismo a los que insisten en informar que el obtener un resultado inesperado y positivo por una acción divergente se llama serendipia. Desde que existen las redes sociales todos lo sabemos, basta.

71 – Los aportadores seriales de datos de Wikipedia en cualquier conversación donde no son necesarios.

72 – Los que pretenden que la ciudad se maneje con un nivel de eficiencia y tecnología tal que desconocen que dentro de la escala de sofisticación urbana estamos más cerca de Casupá que de Tokyo.

73 – La sobrevaloración de un puñado de autores uruguayos que tuvieron la gentileza de morirse en olor a santidad, por encima del ninguneo a escritores valiosísimos que nadie recuerda (salvo la Academia, ese monstruo voraz que necesita saquear tumbas permanentemente para generar paper tras paper que nadie leerá nunca pero que permitirán a sus autores trepar ágilmente por la pirámide de su especialidad, en general apoyando el pie en las cabezas de colegas menos avispados).

74 – El levrerianismo desbocado. Ya hay artículos sobre Levrero y el mundo espiritual. Asoman en el horizonte artículos sobre Levrero y la literatura medieval, Levrero y la fabricación de motonetas, Levrero y la guerrilla cubana, Levrero y el fútbol de salón o Levrero y la elección de acompañamiento para las milanesas.

75 – El benedettismo. No me gusta Benedetti, puedo entender y hasta apreciar  a sus cultores, fanáticos y estudiosos, aunque en lo personal me repela. Pero su posición de  difunto con fundación propia, además de piedra de toque de todos los gobernantes y legisladores que no leen un carajo pero sienten la necesidad de demostrar que les importa la Cultura, ya lleva su exposición pública a niveles delirantes. Se le quiso poner su nombre al aeropuerto de Carrasco (que ya tiene nombre, mucho más adecuado, de un aviador) y a una calle céntrica. Si se le sigue dando aire, la Fundación en cualquier momento propone renombrar al país como República Benedettiana del Uruguay.

76 – La literatura uruguaya, que por cada pluma brillante ha parido media docena de mediocres hipersobrevalorados.

77 – La sobreexplotación de Paez Vilaró. Una vez, ya viejito y cansado, lo entrevisté sobre un tema distinto a los que le tiraban siempre, se entusiasmó, tuvimos una charla muy interesante, demostró agudeza y sabiduría y me cayó extremadamente bien. De ahí a tener que ver su obra hasta en envoltorios de alfajores, hay un abismo. Es el Benedetti de la plástica.

78 – Que Joe Strummer haya muerto tan joven. Una fuerza del bien desde el primer día en que agarró una guitarra.

79 – Idem al 78, con Gustavo Cerati.

80 – Idem al 78 y 79, con Lazaroff.

81 – El microscopismo uruguayo que nos lleva a los montevideanos a creer que nada fuera de la capital vale la pena, que todo es lo mismo, que el Interior es apenas un pasaje inevitable para llegar a la frontera y alcanzar lugares donde realmente se merezca estar, como Pelotas o Gualeguaychú. Opinar que las ciudades del Interior son todas iguales. Bueno, yo qué sé, digamos todo, en realidad a golpe de vista son todas iguales, lo lamento.

82 – La música folclórica. No en su capa superior más conocida y talentosa, sino en esa masa de folcloristas locales que desgranan interminable cantidad de odas a jineteadores destinados a la leyenda, gauchos corajudos, tradiciones conservadoras, orgullos minilocales, patriadas, supuestas bondades de la vida rural, sometimiento femenino y una larguísima lista de toxicidades a las que no se escucha con la debida atención, y que con levísimos retoques serían la banda de sonido perfecta para el surgimiento de un fascismo rural. Los peores entre ellos se atreven a asumir voces de indígenas encomiables y sintonizados con la naturaleza, ignorando el hecho de que sus propios bisabuelos posiblemente masacraron con entusiasmo a las versiones reales de esos indígenas.

83 – Santa Marta. Oda definitiva al oscurantismo, la reacción y la necedad.

84 – Que falte poco para el final de esta lista.

85 – Mudarse. De las peores experiencias conocidas por el hombre, nivel ser torturado por hereje en la Edad Media o viajar en un taxi cuyo chofer escuche el programa radial aludido en el numeral 20.

86 – Qué no existan una cama que se tienda sola, coches voladores o robots gigantes. Nunca inventan nada bueno, nunca.

87 – “Y sueña con encontrarla arriba”, de lo peor escrito en la música popular uruguaya, ni vale la pena mencionar por quién. La primera vez (y me gustaría decir última, aunque no tuve esa suerte) que escuché la canción, entendí mal y me pareció que decía “y sueña con encontrarla viva”, que es lo que en la realidad a uno le pasa cuando sueña con los muertos queridos. Pero no. Manipulación berreta, tropo torpe, lugar común, automatismo de lirismo trasnochado. Es lo que hay, valor. 

88 – Montevideo, muchas veces. Casi siempre.

89 – Estar en Buenos Aires y tener que abandonarla.

90 – No poder ver más seguido a los amigos que tengo en Buenos Aires, tan cerca y tan lejos.

91 – El timbre que suena cuando uno no espera nada interesante.

92 – La soledad no querida.

93 – Lo viejo que cansa.

94 – La sensación de repetirse, de reciclar lo gastado, de no tener nada nuevo que dar.

95 – Que de veras haya 100 cosas que no me gustan. Parece mucho.

96 – Vivir en pandemia.

97 – Los izquierdistas sesentistas, dogmáticos, soberbios, irracionales, ciegos a sus propias contradicciones, incapaces de no destruir con una mano lo que construyen con la otra.

98 – Los liberales de derecha, mis opuestos (espero).

99 – Lo no dicho, lo dicho mal, las oportunidades desperdiciadas, las vacilaciones, los errores, lo mal hecho, lo abandonado, todo lo perdido. Cada vez que hice algo mal y no valió pedir perdón, y me costó algo muy valioso. La vida, digamos.

100 – Tu vieja en tanga.

 

 

Próxima semana:  Star Wars o Boris Vian, quién sabe.

 

 

 

 

 

 

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