(2008 o 2009, recreación de un texto anterior nunca publicado por motivos que se explican más abajo.)
El ball room, donde pasan cosas interesantes
En la Plaza Independencia se encuentra el hotel Radisson – Victoria Plaza. Antes era simplemente el Victoria Plaza Hotel, un edificio de respetable altura cubierto de ladrillos en su mayor parte, con algo de señorial, que ocupaba una manzana entera. Una manzana pequeña. Cuando la cadena Radisson lo compró, ocupó otra manzana pequeña al fondo y construyó una torre mucho más grande y moderna que ahora parece, vista desde el otro lado de la plaza, estar recostada por detrás sobre la cabeza del hotel original, contemplando el panorama con un poco de desprecio.
En el corazón de esta nueva torre se encuentra el ball room, un salón multipropósito con todo el lujo típico de los ball room de los hoteles. Una alfombra espesa, molduras de yeso pintadas de dorado, un escenario, palcos a los costados, arañas de cristal. La misma decoración que puede hallarse en un ball room de hotel de Miami, Hong Kong o Berna. Una decoración en la cual un visitante extranjero acostumbrado a los hoteles puede sentirse como en casa.
Para mí, el ball room del Radisson Victoria Plaza es un sitio lleno de recuerdos. En su supuestamente elegante ambiente he compartido, por esas cosas de la vida, veladas inolvidables con algunos de los charlatanes más célebres de la actualidad. Allí fui testigo de privilegio de cómo el presidente Hugo Chávez o el reverendo Moon empastaron los sentidos de los presentes con horas y horas de cháchara. Es más, siendo sincero mis únicos recuerdos del ball room del Victoria Plaza son de escuchar a estos profesionales de la lengua, o a algún otro por el estilo. Sé que en el ball room han pasado muchas otras cosas emocionantes, pero nunca las presencié. Una vez, hace mucho, llegó a mis manos un video[1] en el cual en el inconfundible ball room se veía a una multitud arrobada entre la cual, mientras sonaba la banda sonora de Carros de fuego, se paseaba majestuosamente un sujeto de barba con pelo largo y rubio que le caía suelto por la espalda, vestido con una túnica cubierta de lentejuelas doradas, llevando los brazos extendidos como dando bendiciones constantes y a cuyo paso la gente caía en un éxtasis de adoración. Nunca pude identificar quién era el tipo de la túnica con lentejuelas, ni de qué se trataba esa ceremonia (o por qué la música de Carros de fuego), pero el ver ese video me convenció para siempre de que en el ball room pasan cosas interesantes.
Una buena idea
Sin querer ser irónico, ya que se trata de unir recuerdos y charlatanes, me pareció excelente idea cuando a mediados de 2007 surgió la posibilidad de concurrir en ese mismo salón a un taller/seminario de Brian Weiss, con la idea de escribir una crónica para el suplemento de un diario montevideano donde trabajaba cómodamente.
Weiss es un psiquiatra estadounidense que mediante mecanismos poco claros descubrió, entre otras maravillas, que el alma existe, que todos tuvimos vidas pasadas, que una categoría superior de seres espirituales guía nuestros pasos entre una vida y otra, y que Susana Giménez fue, incluso antes que mujer de Carlos Monzón, la reina Cleopatra. Sus seminarios incluyen hipnotismo masivo, regresiones a vidas pasadas, atisbos del futuro y coffee break. Irresistible.
El hombre que vio a Cristo
A las cinco en punto de la tarde el ball room está ocupado por 400 personas ansiosas de descubrir si fueron, ya que no Cleopatra (el puesto está ocupado), al menos alguien medianamente interesante. Según la organización, 400 es el número ideal para tener un seminario Weiss cómodo y manejable. Como se vio después, también es una cantidad ideal para el ball room, porque es limitado el número de personas que pueden tirarse al mismo tiempo en el piso del salón.
Entre estas 400 personas (de las cuales unas 320 pagaron los 120 dólares que costaba la inscripción, según la organización), había una apabullante mayoría de mujeres, tal vez el 80%, incluso más. Podría tratar de describir el aspecto general del público, pero el dato importante ya está dado: gente que puede pagar 120 dólares para pasar una tarde con un psiquiatra canoso que dice haber presenciado la crucifixión (y que, como cuenta en su último libro[2] se cruzó allí con la encarnación previa de una paciente; algo así como ir de vacaciones a un balneario y encontrarse con un vecino en la playa, pero más emocionante).
Y entre esta muchedumbre de muchas señoras y pocos señores, estaba yo. Como anteriormente había logrado permanecer despierto durante toda la duración de las experiencias Chávez y Moon (cosa de la que me enorgullezco bastante), tenía al menos un motivo para desconfiar de la habilidad de Weiss para hipnotizarme. Por las dudas, me agencié los servicios de una conocida que amablemente accedió a servir como caso testigo del encuentro. Llamémosle Andrea.
Clarita, entusiasta
En el escenario había dos butacas, separadas por una mesita. Sobre la misma, una lámpara de pantalla, una jarra de agua y dos copas. Más al frente, una butaca alta con respaldo, con todo el aspecto de haber sido traída de la barra de alguno de los bares del hotel. Primero sale a escena la persona encargada de presentar a Weiss: Clarita Berenbaum.
Los montevideanos tal vez recuerden a Clarita como una figura mediática menor, que tenía un programa de diseño, de espectáculos o algo así. El tipo de programa conducido por chicas jóvenes que se emite los sábados a las seis de la tarde, los jueves a las once y media de la noche o en algún horario muerto similar. Clarita también fue una de las conductoras de uno de los experimentos formales más sorprendentes de la televisión uruguaya, la alfombra roja de la transmisión en vivo de la transmisión en vivo de la entrega de los Oscar, incluyendo su alfombra roja. O sea, en una sala de un multicine se instaló una pantalla donde se proyectaba la entrega de los premios desde Hollywood, mientras el canal 4 transmitía no el evento original, sino este otro protoevento. Antes se colocó una alfombra roja de no más de diez metros de largo en la entrada a la sala, por la que la mustia farándula local desfiló sin demasiada gloria (tampoco con pena). En un extremo de esta alfombra estaba Clarita, en el otro, otra conductora. Cada vez que una cámara tomaba a una de ellas, la otra era visible pocos metros atrás. Todo el evento estuvo empapado de una indefinible tristeza.
Volviendo al ball room, con mucho entusiasmo, Clarita habló maravillas de Weiss, preguntándose quién no había vivido la placentera experiencia de leer uno de sus libros frente a la estufa (el contexto indicaba que a leña). 398 cabezas asintieron plácidamente. Andrea y yo no dijimos nada. Nunca más pude imaginar a Clarita Berenbaum salvo en un sillón de cuero frente a una estufa a leña, con un perro labrador durmiendo a sus pies, sumergida en la lectura de un libro de Weiss mientras mordisquea un chocolate Lindt comprado en el free shop de un aeropuerto que no es de Uruguay.
Terciopelo y aceite
Luego de la breve y cálida presentación aparece Weiss en persona, un individuo menudo, canoso, de lentes, de aspecto agradable, a quien no sorprendería ver trabajando como corrector en un diario o como profesor de alguna materia teórica en Bellas Artes. A lo mejor en alguna vida pasada hizo ambas cosas.
Weiss toma el micrófono, se acomoda en la banqueta (las patitas apoyadas en un travesaño a 20 centímetros del suelo) y saluda. Clarita, antes, había hablado de la voz del psiquiatra. La definió como maravillosa, o algún adjetivo similar. Es del todo cierto, la voz de Weiss es pausada, calma, se diría que sedosa. Y tiene una de las pronunciaciones del inglés más claras que oí en mi vida. Pero lamentablemente aquellos que no entendían su idioma debían recurrir al sistema de traducción simultánea proporcionado por la organización, un sofisticado aparato a través del cual, por unos auriculares más bien incómodos, se escucha la voz del traductor. El mismo, a semejanza de Weiss, también tiene una voz clara y pausada. Por desgracia también es poseedor de un tono que sólo puede definirse como untuoso, y de la irritante costumbre de alargar las vocales. “Quizaaas algunos de usteeedes…”
En el escenario, Weiss hace su presentación. Como buen showman (una de sus especialidades son los talleres/seminarios realizados en cruceros que recorren el Caribe), primero se comunica con su público. Pregunta cuántos concurrieron a talleres/seminarios previos (muy pocos), cuántos leyeron sus libros (casi todos) y cuántos no habían hecho ninguna de las dos cosas. Apenas una decena de personas levantó la mano en esa oportunidad, la mayoría, curiosamente, hombres.
Sin prisa ni pausa, Weiss dedicó la siguiente hora a la exclusiva orientación de esa decena. Contó detalles de su carrera previa, su descubrimiento de las vidas pasadas a través de una paciente llamada Catherine, el desarrollo de su teoría, sus casos más típicos… Todo lo que aparece escrito, incluso varias veces, en sus libros. Para la feliz decena de novatos, puede haber sido provechoso. Para los otros 390 concurrentes, sin duda fue el primer y sutil paso del proceso de hipnosis.
Hablando de hipnosis, Weiss dedica un buen rato a explicar que se trata de un procedimiento seguro, amigable, casi cotidiano. Para una experiencia satisfactoria en este seminario/taller, explica, lo único que se necesita es buena voluntad, calma y sobre todo (y lo repite varias veces) NADA DE CELULARES.
Obviamente, cada vez que toca el tema, en alguna parte de la sala suena un celular. Weiss se ríe y dice que detrás del escenario tiene un bate de baseball para reventar el celular. Hace la mímica de partir algo con un garrote. Se ríe. Es chiste, es chiste, dice. Al rato, durante un nuevo incidente celular, vuelve a repetir el gesto, y asegura que no hay de qué preocuparse, que aquí se destrozan aparatos, no gente. Es chiste, es chiste. Al rato dice que le gustaría tener una escopeta para dispararle a los celulares. Hace la mímica. Es chiste, es chiste.
Para ser una persona tan calma y apacible tiene un humor particularmente violento, este Weiss.
Por fin, a las seis de la tarde, anuncia el primer ejercicio. La gente, que ya demostraba un importante grado de sopor, se moviliza. Hay que aflojarse la ropa ajustada, descalzarse si se quiere, incluso tirarse al piso. En medio del barullo Weiss explica las claves de una buena experiencia de regresión, incluso dice la frase que probablemente explique todo su tinglado: “Don´t think” (“No piense”).
La regresión en sí se supone terapéutica. Según la teoría de Weiss, muchos síntomas físicos y mentales actuales se deben a traumas de vidas pasadas. Y las relaciones entre ambos hechos no son para nada sutiles. Si a uno le cortaron la cabeza en la Revolución Francesa, tendrá contracturas de cuello. Si tuvo la mala suerte de ser empalado por los ejércitos de Vlad Tepes, sufrirá de hemorroides. Si lo descuartizaron como a Tupac Amarú, le dolerán las articulaciones cuando hay humedad.
Hipnotizado por Weiss, se puede revivir esas vidas de forma totalmente segura y no traumática (incluso si incluyeron decapitaciones o empalamientos). Weiss advierte que no hay que sorprenderse si, en una de esas visiones del pasado remoto, se ven elementos incongruentes. Son interferencias de la mente, reflejos de otros procesos mentales o de traumas diferentes. Si se está reviviendo un pasado en el imperio azteca, por ejemplo, y de pronto el pato Donald o un Fiat Palio pasa frente a la pirámide principal, es totalmente normal y no invalida el experimento.
A las 6:12 de la tarde, el discurso de Weiss da una voltereta para dejar caer que si, luego del taller, alguien siente la necesidad de una terapia con su método regresivo, no tiene más que comunicarse con su oficina de Miami, que gustosamente le pondrá en contacto con profesionales avalados por él mismo en un lugar cercano a donde el interesado vive. El señor, a esta altura, ya otorga franquicias.
Y arranca el ejercicio.
Atrás, atrás
Una música muy new age comienza a escucharse en la sala. Las luces se atenúan casi hasta apagarse. Andrea, responsable en su papel de caso testigo, se tira al suelo, cierra los ojos y se relaja. Yo me limito a acomodarme en la silla y cerrar los ojos. Tampoco quedaba mucho espacio de suelo disponible, en realidad.
Con su voz sosegada Weiss comienza a impartir las instrucciones. El untuoso las traduce casi al mismo tiempo, aunque no con el ritmo y la seguridad del original. No es difícil escuchar a Weiss y al traductor al mismo tiempo, ya que alrededor hay varias señoras duras de oído que tienen sus auriculares a todo volumen.
El método Weiss es, en el inicio, una meditación guiada tradicional. Vean una luz, la luz los recorre, los ilumina por dentro, a medida que la luz los recorre se sienten más relajados, etc.
Luego le pide a su público que recuerde algo de su infancia. Hasta ahí, nada muy complicado. Pero entonces les dice que imaginen una puerta… Una hermosa puerta…
Ahí casi me pierdo, confundido pensando cómo es una puerta hermosa. ¿De qué estilo? ¿De qué material? ¿Cómo es, para tener referencia, una puerta fea?
Bueno, no importa. En el mundo meditativo de Weiss, todo es hermoso. La luz es hermosa, la puerta es hermosa, el recuerdo de la infancia es hermoso. Weiss es terriblemente liberal para repartir el adjetivo.
La puerta se abre y se supone que estamos teniendo recuerdos de antes de nacer, del útero materno. Nuevo bloqueo mío. ¿Qué puede uno recordar del útero? ¿Estar cabeza abajo escuchando un ruido de bum bum bum encima de los pies? A esta altura me parece que ya perdí totalmente el tren de la regresión, pero sigo en campaña. Weiss anuncia que nos va a llevar “más allá de los límites del tiempo y del espacio”, a comunicarnos con “seres multidimensionales” (por supuesto, hermosos). Evito distraerme pensando dónde demonios puede estar un lugar así, o cómo puedo llegar a reconocer a unos bichos raros como esos.
Ahora hay otra puerta, y se supone que recordamos otra vida. “Miren alrededor, miren sus pies, fíjense cómo están calzados para ir teniendo pistas de dónde están.” Obedezco. Miro mis pies. All Star negras talle 40. Estoy en el ball room del Radisson. No retrocedí ni 15 segundos. Soy un fracaso regresivo.
A mi alrededor la gente sigue inmóvil en la penumbra, con los ojos cerrados. Andrea no mueve un músculo. Ahora la voz de Weiss y su alter ego untuoso llevan a su público (399 personas) a una playa hermosa, de aguas hermosas, con hermosa arena y siete cristales sanadores (hermosos) en el agua. Hay que chapotear en la playa, porque los cristales sanan cosas. Aparecen hermosos delfines, que al parecer también sanan. Son las siete menos diez, y Weiss despierta a los nadadores. La luz sube, los delfines se pierden en la distancia. La gente se moviliza. Andrea se sienta. “¿Viste algo?”, le pregunto. “No, llegué a recordar la infancia nada más”, me dice. “Ah que viva, yo también”, le digo, “¿cómo te fue con los delfines?”.
Me mira asombrada
“¿Qué delfines?”
Se había dormido.
Café a secas
Weiss pide que levanten la mano los que recordaron su infancia. Todos. A ver, los que recordaron el útero. Muchos. A ver, ahora los que recordaron vidas pasadas. La mitad del salón levantó la mano, incluyendo una rubia de las muchas que había sentadas delante mío, a la que con claridad vi moverse durante la meditación, acomodarse el pelo, cambiar de posición y rascarse disimuladamente.
Nueva perorata de Weiss, tranquilizando a los que no habían retrocedido. A él, cuenta, le llevó tres meses retroceder, debido a su “capacidad mental”. Esto a mí me sonó a un sutil insulto contra los que retrocedieron de primera.
A eso de las siete y cinco, me imagino que aprovechando que la gente aún está en un estado semi hipnótico y propensa a la sugestión, Weiss habla maravillas sobre su CD de meditación, que junto con sus libros, están a la venta afuera del salón y pueden ser adquiridos durante el coffee break que empieza… ya.
Salimos en estampida a la búsqueda de café y algo que comer. Afuera hay varias mesas con cafeteras, y otra con libros y CDs a la venta. Lo primero que veo al salir es a varias señoras muy paquetas con sendas tazas de café, en el platillo de las cuales reposan tres o cuatro masitas. Las señoras, con todo eso a cuestas, se desplazan en el atestado hall con una prestancia y un gracejo que no dejan dudas de que en vidas anteriores todas ellas fueron por lo menos reinas de Escocia. Cuando con Andrea logramos identificar el sitio donde estaban las masitas, no quedaban más que unas migas húmedas. Calculo que me va a llevar por lo menos 57 reencarnaciones alcanzar el nivel de sabiduría que demuestran estas señoras para llegar a las masitas antes que el resto de los 400 hambrientos. Con Andrea nos conformamos con tomar café y mirar la frenética actividad en la mesa de venta de libros, donde las máquinas de cupones de tarjetas de crédito echan humo.
Para matar el tiempo vamos al baño. La cola en el de mujeres es kilométrica. El de hombres está vacío.
A las ocho menos cuarto (supongo que porque se agotaron los libros) recomienza el taller/seminario. Weiss, siempre desde su banquetita, retoma la charla. No tengo idea de para qué estaban en el escenario las dos butacas y la mesita.
La era del hielo
Sigue el discurso, salpicado de anécdotas. A esta altura me resulta muy raro que, ya que se vanagloria de haber atendido a más de 4.000 pacientes, cuente en vivo los mismos ejemplos que en sus libros.
De pronto deja el anecdotario para entrar en terrenos más pantanosos. Plantea una metáfora de cubitos de hielo en un mar helado, que de pronto se calienta. Esos cubitos somos nosotros, o mejor dicho nuestras hermosas almitas multidimensionales. Somos parte de un todo, como el agua de los cubitos, que cuando sube el calor se mezcla con el resto del agua, pero si sube más el calor se evapora y el vapor sale por no sé dónde…
La cosmogonía acuática de Weiss lleva unos 15 minutos de explicación. Tratando de dar forma a su universo particular, Weiss hecha mano a algunas metáforas que le darían vergüenza a Jorge Bucay. Él se dice científico, y asegura que toda su teoría está demostrada empíricamente por las experiencias de sus pacientes. ¿Y cuál es su teoría? Bueno, somos hermosos seres multidimensionales que estamos flotando por ahí con los cristales, los delfines y otros cachivaches similares, hermosos todos.
Nada de su edificio teórico tiene mucho sentido, nada es analizado muy a fondo, todo se tira a la olla alegremente, sin mucha consideración. Por ejemplo, en determinado momento asegura que sus investigaciones (él les dice investigaciones) le demostraron que cuando un niño o bebé muere muy prematuramente, el siguiente niño que nace de la misma madre… ¡es la misma alma!
Todo muy lindo, enternecedor y consolador para quienes tuvieron la desgracia de perder un hijo, pero nadie parece percatarse que esa misma teoría, llevada a sus últimas consecuencias, permite que unos padres que no estén conformes con el color de pelo de su hijo, que momentáneamente tengan que mudarse a una casa más chica o sufran cualquier otro inconveniente, tiren al chiquilín tranquilamente por la ventana. Total, pueden argumentar, después tenemos otro y es exactamente el mismo, ¿qué se pierde? Y si el segundo viene medio traumadito por la experiencia previa, lo hacemos regresionar y se cura en un periquete.
A las 8:40 Weiss lee dos páginas de uno de sus libros, al parecer no para hacer tiempo, sino para explicar el concepto de almas gemelas. Básicamente, uno anda vida tras vida dando vueltas rodeado de la misma gente, lo cual podría llegar a ser muy aburrido si no fuera porque cada vez se olvida de todo lo anterior (si Weiss lo deja). El que hoy es hermano ayer fue sobrino, anteayer abuela, hace tres vidas vecino. Al dar Weiss un ejemplo con uno de los famosos que lo consultaron, Joan Rivers (famosa en Estados Unidos, según Wikipedia), el untuoso traductor dijo muy suelto de cuerpo que “la hija de Joan Rivers volvió como su madre”, hazaña admirable incluso para un hermoso espíritu multidimensional.
A las 8:55, por fin, cesa la cháchara y vuelven los ejercicios. Ahora se trata de intercambiar un objeto con un extraño, y ver qué pasa. Allá sale Andrea a cumplir su misión. Yo, viendo el fracaso absoluto de mi intento regresivo previo, prefiero quedarme observando. Me da un poco de pudor ser tan poco hipnotizable.
Visiones
Andrea hace pareja con una energética joven, a la que le da su reloj. Ella le da un collar. Las luces bajan, del cielo desciende la musiquita new age y Weiss comienza a guiar otra meditación.
(Pasa el tiempo.)
Las luces suben, la musiquita se va, y cada integrante de la pareja tiene que contarle al otro qué percibió. Antes Weiss había relatado un ejemplo de este ejercicio, en el que un hombre había visto una imagen de los Tres Chanchitos. Resultó que la mujer con la que compartía el ejercicio tenía una estatua de los Tres Chanchitos (sí, una estatua) en el fondo de su casa, en homenaje a su difunto padre. Sinceramente espero que esa mujer, luego del tratamiento Weiss, haya hecho algún tipo de terapia más convencional.
La chica energética (de 21 o 22 años) había visto a un joven delgado, morocho, con el pelo enrulado, al que Andrea quiere mucho. “¿Tu novio?”, arriesga. Andrea asegura que sí, que es su novio. También vio un edificio relacionado con algo de estudios (Andrea es profesora) y a una mujer cocinando galletitas. Andrea decidió que era su mamá, aunque la buena señora no cocinó ni una sola galletita en lo que lleva de vida.
Como contraparte, Andrea vio apenas tres chispazos de luz, tuvo la sensación de que algo bueno estaba manifestándose, sintió que la joven era una persona muy tranquila (después pudimos preguntarle a la madre de la joven si era así, y se limitó a sonreír y dejar la pregunta en el aire). Casi nada. Sospeché que se había dormido de nuevo.
Por primera y única vez un micrófono circuló por la sala, para que algunos contaran sus experiencias. Una mujer, a diferencia de Andrea y la joven energética, vio una película en technicolor y cinemascope, campos verdes, playas, una mujer loca, caballos, algo así como media baraja de tarot comprimida en una visión. Su compañera en la experiencia se esforzó valientemente por encontrar sentido a la visión, con poco éxito. Encaramado en su banqueta Weiss sonreía y asentía, balanceando una patita en el aire.
Hubo otros testimonios, acertados y no tanto, hasta que de repente sucedió.
Un poco de magia real
Convengamos en que si se llena un salón de gente predispuesta a que pase algo “místico”, se la sugestiona, se la hace meditar, se la hipnotiza, se la sugestiona de nuevo, se la despierta, se la vuelve a hipnotizar y se sigue así, a la larga algo va a pasar. No digo que alguna cincuentona rubia con cartera Gucci comience a levitar, o que Clarita Berenbaum empiece a profetizar en arameo, pero algo, tarde o temprano, va a pasar. Algo místico.
Y pasó algo.
La última mujer que recibió el micrófono estaba muy afectada, le temblaba la voz, empezó a llorar casi enseguida. Contó que había visto a un nene muy chico con una polera roja escondido atrás de una puerta, una cajita de música, gatos… y una enfermedad grave, alguien muy enfermo. Estaba a mitad del cuento cuando se quebró y no pudo seguir. La mujer que la acompañó en el experimento tomó el micrófono. También estaba llorando, y explicó que tiene un hijo al que el día anterior le había comprado una polera roja. Que al nene le gusta jugar a esconderse atrás de las puertas, y que está fascinado con una cajita de música. Que aunque no tienen gatos cada vez que sale a la calle su hijo los señala en cuanto los ve y grita, porque le encantan. Y que la que está muy enferma es ella misma.
Las dos mujeres nunca se habían visto antes de entrar al ball room. Una sensación de asombro casi físico recorre el salón. Andrea me mira. Creer o reventar.
El gurú que nunca estuvo
Pongámonos en situación. Weiss predica una pseudo religión. Habla de inmortalidad, de almas que van de cuerpo en cuerpo, de seres superiores, de realidades paralelas. Que nada tenga sentido no importa, ya que lo arropa en su propia aura de credibilidad científica y en el tono sereno de su voz. Su imagen en el altar/escenario es lo opuesto a la de un predicador deschavetado de alguna iglesia evangelista que barbotee en portuñol.
Y ahora, sobre su banqueta, Weiss estaba frente a un salón lleno de sus fieles, que se habían enfrentado a lo increíble, que habían visto con sus propios ojos la materialización de lo ultraterreno. Siendo prejuiciosos, el primer impulso es decir que el salón estaba lleno de mujeres pitucas que viven como mucho a diez cuadras de la costa y que leen libros de autoayuda en las playas de Punta del Este. Pero quedarse en esa imagen sería injusto, parcial y cruel. En el salón había gente que había perdido a seres queridos, gente enferma (como la madre del nene de la polera roja), gente que sufría, gente que necesitaba consuelo. Gente que gasta 120 dólares en ver a Brian Weiss sentado en una banqueta porque necesita guía, porque necesita comprender cosas, porque tiene que buscar una manera de sobrellevar sus problemas.
Bueno, no nos pongamos melodramáticos, también es cierto que había muchas señoras pitucas a secas. Pero mucha gente quería creer, necesitaba una señal. Y cualquier predicador deschavetado de una iglesia evangelista hubiera comprendido al instante que aquel era el momento preciso de una catarsis, de un liberador y sanador estremecimiento místico.
No hacía falta que se pusiera a hacer morisquetas y aullar “Aleluya”. Unas palabras, unas pocas frases, podrían haber bastado. No hacía falta una histeria mística colectiva, pero esa gente hubiera salido de ahí adentro mucho mejor luego de un momento de recogimiento espiritual.
Lamentablemente, Brian Weiss no dio el peso.
Desde su banqueta, micrófono en mano, se limitó a sonreír comprensivamente y a tratar de explicar lo sucedido con su descuajeringado bagaje teórico. Atrapado en el delgado límite de tener que aparentar que ofrece pseudo ciencia en lugar de pseudo religión (descaradamente robada de tradiciones budistas pasadas por huevo y pan rallado y fritas como milanesas místicas), sólo pudo aplacar a fuerza de lugares comunes ese momento de fervor colectivo que estuvo a punto de salir a flote, y hacer que las cosas retomaran el cauce que traían. Su voz calma y sosegada, siempre clara, es también el corral que aprisiona la poca pasión que su método pseudo místico puede desatar. Brian Weiss promete consuelo, esperanza y vida eterna, pero ante lo realmente conmovedor se limita a servir otra dosis de ciencia amateur, explicaciones delirantes y supuestas seguridades.
Brian Weiss, diríamos en el Río de la Plata, es un chanta.
Y una vez dominada la insurrección, se apresuró a llevar las cosas a su propio terreno. Todo el mundo al piso, y a regresionar.
Un último viaje atrás
Esta vez fue más preciso. Le pidió a la gente que regresara a la época de la Revolución Industrial, al Siglo de las Luces, al Renacimiento, a la Roma Clásica o al 500 AC. Todo muy europeo, dejando de lado a millones de posibles encarnaciones anteriores africanas, americanas o asiáticas (particularmente a multitudes de chinos. Si es cierto que todos reencarnamos, entonces es obvio que todos fuimos chinos muchas veces, por una simple cuestión matemática).
Después, previa pasada por un edificio obviamente hermoso donde volvieron los cristales curativos, esta vez arriba de un sofá (los delfines no estaban a la vista), había que tomar un ascensor y ver el futuro lejano. Un futuro, avisó Weiss con anticipación, hermoso. Lo del ascensor lo dijo él, yo no me atrevo a agregar nada.
Y como ya eran las diez y diez, y el taller/seminario duraba hasta las diez, todo el mundo arriba sin más ceremonias, y a hacer cola para la firma de libros.
Andrea se levantó, se desperezó y… ¡sorpresa! ¡Esta vez regresionó! ¡Y también vio el futuro!
Resulta que se vio a sí misma como un hombre con túnica y sandalias en el 500 AC, viendo con admiración a un ejército preparándose para una batalla (juiciosamente, su previa encarnación no participó en la lucha). Y después se vio como el mismo hombre, muy viejo, relatando esas batallas.
Caramba, a lo mejor pasé la tarde al lado del alma de Homero.
¿Y el futuro? Era algo vago, una especie de utopía con ciudades verdes, donde todos eran felices y sobre todo, se respetaba mucho la naturaleza.
Como no teníamos libros que firmar, ni nada más que hacer ahí adentro, nos fuimos.
Ondas mentales
Antes de salir, tiempo para un último experimento particular. El novio de Andrea pasó a buscarla, y la esperaba a la salida del ball room. En la escalera mecánica teníamos frente a nosotros a la joven energética del intercambio de objetos y a su madre, y no me pude resistir. Llamé a la joven energética y le presenté al novio de Andrea, a ver si era el mismo que había visto en su visión. Hubo una pausa de un milisegundo, casi imperceptible…
“Sí, claro, era él, aunque yo lo vi con el pelo como más levantado.”
Obviamente habíamos sido testigos de uno de dos fenómenos psíquicos posibles. O la joven energética había tenido una visión del novio de Andrea a través de su reloj, o ambas se habían comunicado telepáticamente en el momento de la presentación. Otro misterio de la Dimensión Desconocida, que más vale no explorar.
El taller/seminario había terminado. En el ball room, Weiss seguía en su banqueta, firmando libros a una larguísima cola de admiradores (ya había advertido que sería un único libro por persona, y en cada uno solamente “With love Brian Weiss”). La gente lo seguía admirando y creía en él. Pero esa gente salía, estoy seguro, igual que como había llegado, sin más que lo que llevaban encima al entrar. El sujeto les había dado esperanza, había renovado un pacto de credibilidad basado en la nada. Pero no había concretado ninguna promesa. Esa gente, esperanzada, seguro que si puede volverá a gastar 120 dólares en verlo en la banqueta, comprará sus libros, escuchará sus CDs de meditación…
Y esa calesita infame, para beneficio y gloria de Brian Weiss, durará hasta el fin de los tiempos, hasta que seamos hermosos seres multidimensionales chapoteando en hermosas playas y jugando a la mancha con hermosos delfines, nuestra única preocupación sea no cortarnos un pie por pisar un hermoso cristal sanador, y no nos tengamos que angustiar por el dolor, la desdicha o el miedo a ser engañados.
De regreso al diario en que trabajaba entonces, escribí la nota pactada. En espíritu, lo que aparece en estas páginas. La corregí, la diagramé y la dejé lista para salir publicada (el editor del suplemento en aquellos días no era particularmente eficiente, o más bien directamente se lo podría calificar como ausente). Ese mismo día salí de vacaciones.
Poco después, mis compañeros me avisan que la nota había sido censurada. Más que censurada, directamente levantada. El secretario de redacción, en una de las pocas acciones concretas que emprendió a lo largo de su extensa carrera, la había vetado argumentando que, según él, “eso no era periodismo”. Sí lo era otra nota sobre Weiss, muy positiva, salida en un suplemento distinto del mismo diario.
Conclusión: yo ya no estoy en ese diario. Mi vida cambió luego del seminario Weiss, sin siquiera haber retrocedido al pasado o haber visto un mísero delfín. Más tarde supe que una prima, tía o sobrina (u otra cosa) de uno de los administradores del diario era muy fanática de Weiss, lo que directamente implicó que mi nota no fuera considerada periodismo.
Y eso fue todo. No habré sido Judas, Nerón o Hitler en otra vida, pero algún tipo de mal karma me persiguió luego de dudar de Weiss. Con total sinceridad puedo decir que después de su seminario, mi vida cambió de manera radical. Totalmente gratis. Y hasta me dieron café.
Coda, algunos años después[3]
El secretario de redacción del diario: Sigue parapetado detrás de su escritorio, decidiendo qué es periodismo y qué no. Recientemente supe que no le gusta concurrir a actos sociales, porque a pesar de ser secretario de redacción del principal diario del país, no lo conoce nadie. Si hubiera participado del seminario Weiss, seguramente habría descubierto que fue el decimocuarto apóstol, el hermano chico de Rómulo y Remo o el espartano 301.
Bueno, ya basta de ensañarme con el sujeto.[4]
Andrea, que no se llama Andrea: Sigue con sus labores de docencia y su vida cotidiana. Hasta donde sé, la revelación de haber sido Homero en una vida pasada no tuvo mayor efecto en sus costumbres y usos.
Clarita Berenbaum: Creo que no ha reaparecido en los medios, al menos en círculos que yo frecuente (que en realidad ya son pocos). Hace poco supe que felizmente se recuperó de una grave enfermedad. Importa casi nada si fue con ayuda de Weiss o no, lo importante es la recuperación, los charlatanes van y vienen.[5]
La chica energética: Nunca más supe nada de ella, pero sin duda tenía energía suficiente como para llevar adelante una vida fructífera y saludable.
El traductor untuoso: Un conocido que fue a un evento reciente en el ball room me informa que sigue en su puesto, aún estirando las vocales.
Yo: Sigo escribiendo no-periodismo cada tanto, y lamentando mi incapacidad para retroceder a vidas pasadas, jugar con delfines y todas esas cosas tan agradables y monolíticamente hermosas.
Las señoras elegantes que llegan a tiempo a las masitas: Se las debe seguir viendo regularmente en eventos del calibre del narrado, eternas y majestuosas.
Brian Weiss: ¿Qué de malo puede pasarle a Brian Weiss? La última vez que me preocupé por sus andanzas, en abril de 2008, supe que salió en un crucero regresivo por la Riviera mexicana, a bordo del lujoso ms Oosterdam. Luego, seminarios en Miami (ahí reside), Las Vegas, New York, Phoenix y donde sea que el viento de la charlatanería lo arrastre, junto con su voz aterciopelada, su ciencia de pacotilla y su inconmovible fe en la necesidad humana de creer y recibir consuelo (creer en él, que los consuele algún otro).
[1] No, ya no lo tengo. No sé dónde puede haber ido a parar. Si lo tuviera, tampoco tendría en qué reproducirlo. Sí, yo también lamento mucho haberlo perdido.
[2] Uno de 2005, luego escribió otro en 2012 (a medias con su hija Amy, presunta heredera del tinglado) que no leí ni leeré jamás, pero de cuyo contenido puedo hacerme una idea aproximada..
[3] Concretamente, de 2011.
[4] En un sorprendente giro de la trama, pocos años después dejó de trabajar en el diario para pasar a ser el decano o algo así de la cátedra de comunicación de una universidad privada, puesto para el que está tan calificado como para ser cosmonauta o animador de night club. Ahora sí, dejo de ensañarme.
[5] Agregado de 2014: Luego de luchar contra el cáncer, recuperarse, tener mellizos y escribir un libro sobre su experiencia, Clarita falleció en 2013, a los 32 años. Nunca la conocí en persona, pero referencias que tengo sobre ella me indican que su muerte es uno de los pocos motivos reales y sinceros para desear que ojalá Weiss tuviera razón.
Próxima semana: Oreiro. Rusia. Peluches grandotes. Caramelos, a lo mejor.
Mi mejor momento del día toparme con esta historia, y tuve un buen día. Gracias, me divertí mucho.
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