(2020)
1 – Las listas
de John Waters de 100 cosas que le gustan y 100 cosas que odia en Crackpot. En su edición en español el
libro se llamó Majareta gracias a la
editorial Anagrama, que maneja sus traducciones con criterios similares a los
de quienes decoran los puestitos de artículos para turistas (castañuelas y eso)
en la Rambla de Barcelona.
(Pensando en el punto 1 de la lista de cosas que no, recordé las listas de
Waters y acá estoy.)
2 – John Waters.
3 – La batería de Moe Tucker en Live MCMXCIII de The Velvet Underground (para más sobre Moe Tucker, ver “100 cosas que no”, numeral 17).
4 – La escuela pública. La salud pública. Las empresas públicas.
5 – El helado, en toda su gloriosa variedad. Queda fuera de este punto el helado de yerba mate.
6 – J.G. Ballard, el auténtico visionario de la literatura del siglo XX.
7 – El queso.
8 – La lectura como placer. Es una pérdida irreparable que cada vez más la lectura como momento de esparcimiento, de placer puro y sin justificativos, se esté convirtiendo en un hedonismo minoritario y un poquito, bastante, clasista.
9 – El punk. Bastardeado, corrupto, manoseado, sí, tal vez. Pero ayer, hoy y siempre, el punk (ver “100 cosas que no”, numeral 10).
10 – La media estación. Los dos momentos vivibles del año. Que en las redes sociales cada vez sean más numerosos los miembros del “Team Verano” y del “Team Invierno” demuestra a las claras que ambas estaciones y sus picos de temperatura tienen efectos nocivos acumulativos sobre el cerebro.
11 – El voto obligatorio. Sí, soy incoherente. Apoyo que se obligue a participar en las elecciones de gobierno, odio que me obliguen a ir a votar si no tengo ganas o siento que no es necesario.
12 – La incoherencia (propia).
13 – Las guitarras de Luna, bandita tal vez menor pero que me es muy querida.
14 – Cómo canta Lætitia Sadier, sobre todo en Stereolab, otra bandita que me es muy querida.
15 – Todos los juegos de la serie Wolfenstein. Al menos todos los que mi vetusta computadora me ha permitido jugar. Espero algún día renovar mi equipo y jugar los que me faltan, antes de que la artritis me alcance.
16 – El libro. Al viejo estilo, papel, cartulina y tinta. Un triunfo insuperable del diseño práctico, al nivel del tenedor o la rueda.
17 – Ser joven. Qué cosa buena era ser joven.
18 – La pasta. Qué invento la pasta. Debería haber monumentos gigantes en honor de quien inventó la pasta, al igual de quien la combinó con salsas y de quien la rellenó. Por no hablar de quien la espolvoreó con queso rallado (en determinadas y acotadas circunstancias). Cuatro peldaños fundamentales en la escalera hacia el bienestar humano supremo.
19 – Las duchas de hotel. Algunas son un poco difíciles de dominar, pero en general son potentes. Nada de calcular cuánto queda en el calefón, nada de tener que secar todo después, nada de preocuparse sobre dónde se deja la toalla. Apenas agua caliente y uno mismo. La relación perfecta.
20 – Las pantuflas. Lo triste que era mi vida antes de usar pantuflas no tiene nombre.
21 – Los vecinos tranquilos. Deberían estar subvencionados por ley.
22 – Las películas que terminan con una mirada inolvidable. Como la de Giulietta Masina en Le notti di Cabiria, o la de Walter Matthau en The Taking of Pelham One Two Three.
23 – Las películas con trenes. Me encantan las películas con trenes, o mejor aún, en trenes.
24 – Las películas. Desde los melodramas japoneses de Naruse a las de superhéroes de la Marvel. Tal vez podríamos sacar de la categoría al cine uruguayo de mediados de los 90, calificándolo como un experimento en busca de un lenguaje o algo así.
25 – El asado. La más ineficaz, ritualista, poco saludable y deliciosa manera de cocinar fragmentos de vaca y otros animales. Podría incluir el asado al horno entre las “100 cosas que no”, pero bueno, a lo mejor les asombra saber que hay uruguayos que no tenemos un parrillero en nuestros hogares, y nos vemos limitados a lo que podemos.
26 – Zitarrosa.
27 – Putear. No debe haber nada más lindo y liberador que putear soberanamente.
28 – Cualquier amistad de más de 10 años. Menos que eso, apenas somos conocidos.
29 – Sacar el 5 de Oro. Me contaron.
30 – La buena gente. Que es poca y se pierde en la multitud.
31 – Acá debería ir una lista de buena gente que conozco en persona y me alegra la vida regularmente, pero tampoco es cuestión de avivar giles para que se les acerquen y se hagan amigos, y recorten el tiempo que me pueden dedicar a mí. Busquen los suyos propios, manéjense.
32 – Viajar. Viajen. No hay nada más lindo que irse bien lejos a ver qué es lo tan distinto de por allá.
33 – Evadir a un pelmazo (ver “100 cosas que no”, numeral 30 y subsiguientes).
34 – Dormir la siesta. Hay gente a la que no le gusta. También hay gente a la que no le gusta el helado, los gatitos, las películas de Rocky o los masajes en la espalda. Yo qué sé.
35 – Los gatitos. Y los gatos de cualquier edad. Me gustaría recordarles que la Historia registra un solo caso de gato policía en todo el mundo, y que el mismo se escapó en cuestión de días, para nunca más volver a la seccional.
36 – Las películas de Rocky.
37 – Los masajes en la espalda.
38 – Angela Carter. Ursula Le Guin. Margaret Atwood. Armonía Somers. Marosa di Giorgio. Hay otras, muchas, vivas o no tanto. Mujeres que saben (o sabían) cómo contar una historia. Mujeres que tienen (o tenían) un teclado (o lapicera), y nada de miedo de utilizarlo. Literalmente, la mitad del disfrute literario que el mundo tiene para ofrecer.
39 – Los pro derechos, incluso los más radicales. Siempre es preferible un pro derechos equivocado a un anti derechos.
40 – La piratería en internet. Lo lamento mucho por los creadores y sus derechos, pero no hay sensación igual de embriagadora a sentir que se tiene acceso a absolutamente toda la cultura de la historia de la Humanidad (con especial énfasis en el último medio siglo, también hay que decirlo) al alcance del mouse. Nada de elegir proveedores, nada de catálogos, nada de disponibilidad, nada de precios, nada de nada. Sólo sentarse frente a la pantalla y elegir lo que sea que uno quiera ver/escuchar/leer. Nunca hubo nada igual, y con todo el respeto que le tengo al Negro Rada por ejemplo, tampoco me voy a embanderar para ir a la guerra por sus ingresos. No después de hacerme adicto a una droga de semejante potencia, la mediateca de Babel.
41 – El Negro Rada.
42 – Cualquier película con David Niven. Todo film en el que aparece gana automáticamente +5 por buena onda. Lo mismo corre para Bill Murray o Peter Sellers.
43 – La crema catalana, crème brûlée o como se le quiera decir.
44 – Django Reinhardt.
45 – Comer crème brûlée escuchando a Django Reinhardt.
46 – París. Qué ciudad, París. En París tocaba Django Reinhardt, mayormente de noche. Y se consume mucha crème brûlée, a veces escuchando a Reinhardt.
47 – La empatía y el cinismo moderado. Dos características difíciles de equilibrar, pero imprescindibles para ser un buen periodista.
48 – La solidaridad. Siempre está buena la solidaridad. Cualquier lugar o circunstancia donde se percibe solidaridad, es un mejor lugar. Como contraparte, cualquier lugar o circunstancia donde no hay solidaridad no pertenece a esta lista. Pertenece a la otra. A la de cosas que no, me refiero.
49 – DC Comics. Me crié leyendo las ediciones mexicanas de Novaro de las historietas de DC de la Edad de Bronce. Toda mi infancia y primera adolescencia, hasta que dejé de leerlas, no sé por qué, a principios de los 80. Retomé algunos pocos años después, con La muerte de Superman (meh), pero sobre todo deslumbrado con The Dark Knight Returns (en portugués). En todos esos años, la única interferencia de Marvel que recuerdo son unos pocos ejemplares sueltos de Spiderman comprados en Buenos Aires de niño (al mismo tiempo que mucha parafernalia de Titanes en el ring), y que de casualidad incluían la muerte de Gwen. Recién descubrí que Marvel podía tener algo atendible bien pasada la mitad de los 90, cuando me encontré de casualidad con Marvels. Pero siempre el mito, la historia, la tradición y la maravilla estuvieron en DC. Nunca está de más recordar que Superman peleó con Muhammad Alí (empate) y Batman con los aliens (me refiero a los aliens de Aliens. Ganó Batman, obvio).
50 – Llegar a la mitad de un proyecto, ver lo bien que avanza y cómo el entusiasmo se mantiene intacto.
51 – Superar la pereza, pasar la mitad de un proyecto y ni siquiera pensar en cambiarle el título por “51 cosas que…”.
52 – David Bowie. Es de no creer qué fuerza del bien que fue Bowie durante toda su vida.
53 – Las buenas relaciones que tuve. Los buenos momentos, las parejas queribles. A la larga salió todo mal, nada funcionó, pero no importa. De lo bueno, nadie se olvida.
54 – La torta de fiambre con salsa blanca. No entiendo cómo no es norma.
55 – Las tortas con crema pastelera. Como la salsa blanca en la versión salada (y a diferencia del dulce de leche), la crema pastelera mejora todo lo que toca.
56 – El desodorante de ambiente con olor a lavanda. En realidad, el olor a lavanda.
57 – Goyeneche cantando Naranjo en flor. El desgarro hecho rubato.
58 – Una casa con libros. Que en un hogar haya libros más o menos en abundancia no sólo habla bien de sus habitantes, también proporciona un elemento decorativo insuperable. Y cuando voy yo de visita, algo que hacer cuando me aburro.
59 – El diseño de los libros de la colección Penguin Classics. Todo es perfecto, el diseño original, la guía tipográfica de Jan Tschichold, el rediseño de 2002, todo, todo, todo.
60 – Batman.
61 – Ben Affleck como Batman. El mejor Batman del cine, y no me tiembla el pulso al escribirlo. No es que Christian Bale no haya estado muy bien, pero a su Batman lo arruinó el cretino de Cristopher Nolan con su enfoque “batirrealismo”. Mirá, mamarracho, lo menos que me interesa es ver a un Batman con problemas en las articulaciones. Nolan zafa de ser catalogado como lo más nefasto que le pasó a Batman en el cine sólo por la existencia de Schumacher y sus batipezones y baticard. Ahora que me doy cuenta, no tengo que olvidarme de incluír a Nolan en “100 cosas que no”.
62 – J.J. Abrams en una cuarta parte de las cosas que hace, genialidades. El resto de su obra se atiende en la otra lista.
63 – Spielberg. En esta lista se banca fuerte a Spielberg, en aciertos y errores. Desde el día que empezó demostró que sabe dónde y cómo poner una cámara, y lo sigue haciendo insuperablemente bien. Estamos hablando de niveles Hitchcok de excelencia narrativa, llevados a superproducciones descontroladas. Es un genio. Algún día va a filmar una versión del dibujo animado original de Jonny Quest, y voy a ser feliz. Hablando de eso, no sé por qué la versión original de Jonny Quest no tiene un lugar en esta lista. Misterio.
64 – Killer Of Sheep. Película mínima e independiente de los 70, sobre la vida en un barrio pobre negro de Los Ángeles. Pequeña joya.
64 – En fin, el audiovisual. Ya mencioné a las películas más arriba, pero al día de hoy hay que expandir el conjunto y mencionar series y miniseries. Y videos de YouTube.
65 – Entusiasmarse tanto con un tema que se repita un número.
67 – Arreglarlo a lo bandido.
68 – Las mañanas tranquilas de ocio.
69 – La hermosa sensación que se descubre en momentos difíciles, para la cual debe haber alguna palabra precisa en islandés o japonés, de que uno conoce buena gente, solidaria y dispuesta a dar una mano. Incluye el sospechar que se conoce gente que son mejores personas que uno mismo.
70 – El sonido de la lluvia escuchado desde un lugar seco y acogedor.
71 – Toda una masa de autores ingleses del género fantástico, heterogéneos y esparcidos por tres siglos, cada uno de los cuales merecería un numeral propio en esta lista, pero que de hacerlo así coparían la mitad de la misma. Incluye a, pero ni cerca de estar limitada por, Horace Walpole, Margaret Oliphant, Algernon Blackwood, William H. Hodgson (no confundir con William H. Hudson, el que estuvo de paseo por acá), Arthur Machen, Mervyn Peake, Robert Aickman, Michael Moorcock, Angela Carter (ya mencionada en otro numeral), Neil Gaiman, Vernon Lee, Alan Moore y tantos, tantos, tantos otros… Hasta Churchill escribió un solitario y muy buen cuento fantástico.
72 – Toda una masa de autores centroeuropeos a caballo entre los siglos XIX y XX que hacen equilibrio entre el surrealismo, el onirismo y su versión peculiar y a veces perversa de una suerte de realismo mágico. Los encabeza Kafka como el más celebrado, pero incluyen a Alfred Kubin, Bruno Schultz, Alexander Lena-Hornett y muchos otros, incluso al semiargentino Witold Gombrowitz (es de rigor agregar que vivió en Argentina cada vez que se menciona a Gombrowitz, so pena de ser castigado con no poder entrar nunca más a la Feria del Libro de Buenos Aires). Lo que me maravilla de esta caterva de autores dispersos por media docena de países pero hermanados por cierto espíritu es que son como un reflejo lejanísimo (y previo) de nuestra propia generación de “raros” casi surrealistas, oniristas y con una versión peculiar y a veces perversa de una suerte de realismo mágico. Con nombres cambiados y leves retoques, algunos libros de uno y otro grupo podrían hacerse pasar como pertenecientes al contrario.
73 – Los “raros” uruguayos, grupete heterogéneo que debe su nombre al pánico que sentía Ángel Rama por manchar su impoluta obra crítica con cualquier mención al género fantástico, pero que como categoría funciona por pura intuición del lector. Son muchos, reconocidos y olvidados (de Felisberto Hernández a Raul Blengio Britos, por decir algo), y si la literatura tuviera un mercado internacional de pases como el fútbol, muchos se hubieran hecho millonarios. En general, murieron pobres.
74 – Levrero. Raro entre los raros, monstruo de las letras, gigante del estilo neutro. Clausuró el género de los raros.
75 – Los muchos escritores uruguayos que no fueron raros, pero que crearon una obra inmensa y, proporcionalmente para lo que es este paisito, desmesurada. Mario Arregui, Anderssen Banchero, Héctor Galmés (medio raro, podríamos decirle), Julio C. Da Rosa, Paco Espínola, por citar unos pocos.
76 – La literatura uruguaya, que por cada media docena de mediocres hipersobrevalorados ha parido una pluma brillante.
77 – Onetti, ese gajo de Faulkner trasplantado a la ciudad del viento y la humedad (también conocida como Montevideo), donde prendió y creció retorcido y persistente como arbolito de la Rambla de Piriápolis.
78 – El café de la mañana, de los rituales culinarios el más sencillo y reconfortante.
79 – La variedad gastronómica, el poder disfrutar de la misma y el privilegio de clase, tan poco valorado, de poder elegir lo que se come.
80 – Las cosas que me gusta comer, que seguramente difieren tanto como coinciden con las que le gustan a usted. Salvo con las milanesas, con las que nadie difiere. Si existe alguien a quien no le gusten las milanesas, espero no conocerlo nunca.
81 – El microscopismo uruguayo que nos enseñó a apreciar lo minúsculo, el detalle, el fragmento desapercibido. Hacer turismo interno para recorrer 300 o 400 kilómetros de ruta y ver 100 metros de rambla de río, un cerro, un kilómetro de playa pelada, un arroyito. Y volver contento a casa.
82 – Que la justicia tarde pero llegue.
83 – Las democracias, hasta en sus momentos menos encomiables.
84 – Tener los libros en orden. Aunque pensando mejor, esto más bien debería integrar la lista de “100 manías personales”. Bué, 100…
85 – Mudarse, asentarse en una casa nueva, descubrir un barrio nuevo, sentir que la vida cambia.
86 – Las sábanas recién lavadas. Al otro día ya no es lo mismo.
87 – “Tu pelo, el mejor encordado que tocó mi mano”, el mejor verso de la música popular uruguaya, de Fernando Cabrera.
88 – Montevideo, a veces.
89 – Buenos Aires. Hermosa ciudad, y bien a mano.
90 – Los amigos que tengo en Buenos Aires, personas entrañables, afortunadamente no tan lejos como para no verlos nunca (como sería el caso si vivieran en España, digamos, o en Nueva Zelanda).
91 – El timbre que suena cuando uno espera algo ansioso (pizza, libros, esa visita tan anticipada…).
92 – La soledad necesaria.
93 – Lo nuevo que nos sorprende.
94 – El placer de renovarse, de crear, de intentar algo novedoso.
95 – Que, aunque las armé en paralelo, haya terminado antes la lista de 100 cosas que sí que la lista de 100 cosas que no (pasó así, van a tener que confiar en mi palabra). Algo debe querer decir sobre cómo vivo mi vida, espero.
96 – La vida antes de la pandemia, todas esas cosas mínimas que no sabíamos que podían extrañarse tanto.
97 – Los liberales razonables, gente de bien pese a todo, con criterio y con argumentos meditados, con quienes se puede debatir o simplemente conversar.
98 – Los izquierdistas, mis hermanos.
99 – Lo visto, lo oído, lo aprendido, lo conocido, la gente que me importa, lo que me va quedando, la suma de todo. La vez que hice un sacrificio duro por alguien y ahora veo a la distancia que hice bien, que tuve razón, y me guardo para mí el consuelo de que al menos una vez hice lo correcto sin importar lo que haya pasado otras veces. La vida, como quien dice.
100 – Mi vieja.
Semana que viene: 100 cosas que no. Y croquetas, en una de esas.
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