Hace unos años escribí una nota para El País Cultural. Escribí (y espero seguir escribiendo) varias, pero esta en particular era sobre la carrera de Ida Lupino, actriz británica en general poco recordada, por no decir olvidada. Era el tipo de nota oscura y esotérica que tanto se asocia con el Cultural.
La nota seguía la carrera de Lupino, desde sus comienzos ingleses hasta su fama estadounidense. En sus comienzos, justamente, recogía el dato de que la actriz, siendo casi adolescente, había trabajado en una película de Fulanito, un director ignoto cuyo nombre no recuerdo, que en los años 30 había filmado un par de films que no pasaron a la historia. Tan ignoto era el director que en la primera referencia de él que encontré sólo figuraba su apellido, no su nombre de pila. Después de mucho revolver encontré su nombre completo, y lo agregué en la nota. Era un Dato, uno de esos que tanto le gustaban a Homero.
Cuando leyó la nota, Homero se fijó en ese preciso Dato. Sosa, dijo escuetamente (nunca lo escuché hablar de una forma que no fuera escueta), el nombre de este señor no se escribe con ese, se escribe con zeta.
Homero era un usuario convencido del término “señor”.
No Homero, le dije, en tal lado y en tal otro está con ese, y fijesé, en la Internet Movie Database (la nueva Biblia del cinéfilo apurado) está con ese.
Homero, que tenía ya 80 años, miró con desinterés la pantalla de la computadora y dijo no, ahí está mal, es con zeta.
Está chocho, pensé, se le quemaron los papeles. No acepta que la memoria le falla, que los datos que maneja ya no son perfectos, que hay otras referencias a las que acudir, más fáciles y confiables.
Obviamente, Homero tenía razón. El apellido era con zeta, y estábamos equivocados yo, mis referencias y la intachable Internet Movie Database.
Unos años antes, cuando yo tenía más tiempo y energía, había decidido darle batalla. Me encontraba escribiendo, a medias con una amiga, una nota sobre el cine uruguayo, y estaba dedicado a que no tuviera ningún error que Homero pudiera detectar. Su método, por aquellos tiempos, era tomar el original de la nota recién entregada, ojearlo por arriba, apoyar el dedo en un renglón de la página cuatro o cinco y decir “Este nombre está mal escrito”. Y siempre, siempre, había un nombre mal escrito.
Con esa nota pasé días y días chequeando, comprobando y reasegurando. Desconocidos camarógrafos de los años 40, actores amateur de los 50, directores de documentales nunca estrenados de los 60. Busqué y busqué, hasta que estuve absolutamente seguro de que cada referencia era correcta.
El día de la entrega, le di la nota impresa a Homero. Como siempre, la tomó con avidez (a pesar de su falso tono despectivo, le encantaba recibir material nuevo sobre sus temas favoritos), la ojeó... y se le frunció el entrecejo. La ojeó de nuevo, la repasó, y se le torció el bigote. Muy bien, Sosa, dejemelá, murmuró, y la puso a un costado de su escritorio.
Tres días después, suena el teléfono en mi casa. Era Homero, claro.
Sosa, en tal película el coguionista no era Hernández, era Fernández (o algo parecido).
Esa fue la vez que estuve más cerca de ganarle una.
Después adopté la práctica de dejar un error voluntario, más grueso (Wells por Welles, por ejemplo), para que lo encontrara y pasara por alto los menores. Desde ese momento, en cada nota mía encontró de inmediato dos errores.
Cuando Homero era más joven (en la segunda mitad de sus setenta), el ritual era el siguiente: uno llegaba a la redacción del Cultural, saludaba a los presentes, se acercaba al escritorio de Homero. Este se percataba de la presencia de uno, sin decir una palabra tomaba una de sus hojas de papel marrón (era un usuario fiel de unas hojas de papel marrón que compartía a medias con el baño de la redacción, donde se usaban como toallas), lo ponía en su máquina de escribir (temible), tecleaba velozmente, sacaba la hoja, recortaba con una regla el trozo escrito, se incorporaba y lo ponía frente a la nariz del visitante. Se escribe así (y señalaba una de las palabras escritas, digamos Cotten) y no así (Cotenn, que es lo que uno había escrito en la nota). Fin del diálogo.
Así, con esa intolerancia cerril al error, muchos aprendimos a escribir. Con otras lecciones igualmente cerriles e igualmente intolerantes, aprendimos ética, rigor y estilo. Eran lecciones esporádicas y al azar, porque nunca fue un profesor, se limitaba a ser un modelo irreprochable de sus propios conceptos. Era cuestión de observar y aprender qué imitar (y qué no, porque también tenía sus defectos, de los cuales la inflexibilidad no era precisamente el menor). También, en tiempos difíciles, muchos dependimos de su generosidad (también cerril, faltaba más).
Ahora que murió, nos queda la difícil tarea de buscar referentes. Podrán aparecer algunos, de milagro, pero nunca con su rigor absoluto y con su lucidez. Lo que Homero haya sido fuera del periodismo casi no importa, porque el periodismo fue su obra. Lo que haya sido para el periodismo es casi imposible de resumir (y, para muchos, imposible de aceptar). Se lo puede homenajear y alabar hasta que se acabe el papel o se seque la lengua, pero el auténtico homenaje, la continuidad de su estilo, es una meta tal vez demasiado alta para esta época.
Las enseñanzas que dejó son muchas. De nuevo, el rigor y la intolerancia ante el error. La pasión. El compromiso. La conducta intachable. Incluso la soberbia, si va acompañada del genio. Y la tozudez, ante todo la tozudez, que en ciertos ámbitos y situaciones se convierte en una virtud invaluable.
Una foto de los años 40 de Cine Radio Actualidad (foto que realmente me gustaría tener) muestra a Orson Welles de visita en Montevideo. En un extremo de la foto aparece el Gran Ícono del Cine de todos los tiempos, en plena juventud, enormemente alto, robusto, repleto de confianza, cuando El Ciudadano aún era un triunfo fresco. Hay otros felices y cautivados retratados (si no recuerdo mal, Hugo Alfaro entre ellos), y en el otro extremo, desparramado en un sillón, un sujeto bajito, menudo, con bigotito chaplinesco, que mira a Welles con sarcasmo y una absoluta falta de respeto. Homero.
Y nunca cambió. La semana anterior a su fallecimiento el diagnóstico era que su cuerpo debilitado (su mente estaba intacta y lúcida como siempre) no pasaba del fin de semana. Tozudo y pendenciero hasta el final, murió el lunes a las dos de la madrugada.
***
2022:
El 6 de agosto de este año Homero hubiera cumplido 100 años. Más o menos por la misma fecha se cumplieron 20 años de la crisis del 2002. Dicho evento me encontró particularmente mal parado, y me demolió económica, laboral y anímicamente. La empresa familiar de la que vivía con comodidad desde hacía décadas desapareció, se evaporó. Quedé desocupado, sin un peso, viviendo en un apartamento que detestaba y que estaba embargado y a punto de rematarse (quiebre bancario mediante el remate se postergó años), sin plata como para irme del país y sin plata como para quedarme. Deshauciado, en el limbo.
Fui a hablar con Homero. Ya hacía casi una década que colaboraba en el Cultural, esporádicamente. Le expliqué mi situación, y sin dudar un segundo me dijo que le llevara una nota cada 15 días. Así, en cada liquidación (pagaban quincenalmente) tenía algo que cobrar. En los índices que sacaba el suplemento cada tantos meses, mi nombre siempre estaba seguido de una cantidad disparatada de notas publicadas.
Y de esa manera pude capear los dos años siguientes, hasta que las cosas mejoraron. Durante la crisis del 2002 Homero, literalmente, me mantuvo con vida. Y considero una obligación y un privilegio recordarlo y agradecérselo siempre.
También debo aclarar que le cumplí fiel y honradamente mientras duró la situación. Ninguna de las notas que le llevé en esos años quedó en carpeta, sin publicar, cosa que de ninguna manera hubiera pasado si Homero no las hubiera considerado dignas del suplemento. Las hubiera pagado, pero no publicado. Tengo la conciencia tranquila en ese rubro, y si hay algún indicio en mi carrera de que mi nivel periodístico es al menos aceptable, es ese. Incluso en mi peor momento, escribiendo bajo presión por pura supervivencia, Homero encontró mi material publicable en su suplemento. No puedo pedir más.
Y respecto a la foto con Welles, ahora sí la tengo. No era Alfaro, ni eran varios los colegas, ni Homero usaba bigote. Nunca tuve ni tendré ni una fracción de su memoria prodigiosa.


Excelente.
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