lunes, 13 de junio de 2022

Ley Seca y la supervivencia

(2014. Primera entrega de una columna para la diaria sobre boliches con tribu propia o algo así, que aunque negociada y aprobada por un coeditor fue rechazada por otra coeditora. Cosas que pasan.)
 
Allá por mitad de los años 80, cuando existían la Unión Soviética y la Tab, Ley Seca era un flamante pub (aunque el término aún no se usaba) bailable céntrico que con su barra de madera y sus paredes recubiertas del mismo material, era una especie de resabio de las boites de los años 70, especie a punto de desaparecer ante el avance del utilitarismo de los boliches posteriores, cuya única decoración y estilo lo dan las luces y los carteles publicitarios de neón.
Pero lo más notorio de Ley Seca no era su (hoy) cálida y casi lujosa decoración, sino su público. Las dos o tres veces que fui al boliche, por motivos que no recuerdo o prefiero no recordar, la concurrencia estaba compuesto en exclusiva por dos tipos de caracteres, uno por género.
Ellos, de riguroso vaquero azul recién planchado y camisa a rayas de manga larga, todos portando bigotes frondosos y permanentemente con un vaso de whisky en la mano. Edad: entre 25 y 35. Sospechosos todos de ser milicos.
Ellas, pelo rubio en diversos grados de platinado, maquillaje abundante, ropa incitante para la época, y actitud adolescente. Edad: más de 40.
A pesar de los años pasados, en ambos grupos se notaba un cierto brillo en la mirada que delataba que seguían soñando con Saturday Night Fever. En su secreto anhelo los ayudaba la música, compuesta por lo más selecto de la obra de  Hot Chocolate, Barry White, los Bee Gees y en general el canon básico de Berch Rupenian, incluyendo a José Feliciano y Andy Williams. La mecánica general del asunto era que cada miembro del grupo de los bigotes trataba de emparejarse con un miembro del grupo de las platinadas, y salir juntos del local. Pero todo transcurría en un calmo ambiente de placidez y bonhomía, muy distinto al crispado y agresivo aire que domina la noche montevideana actual. No recuerdo en qué época de mi vida empecé a ver patovicas en los boliches, pero seguro que en aquellos años de mediados de los 80, no.
Hace poco me enteré de que Ley Seca seguía existiendo, es más, que había permanecido continuadamente abierto por 30 años. Y que tenía un nutrido público habitual, al parecer. Me intrigó sobremanera saber qué había sido de esos portadores de bigotes y de esas rubias platinadas que bailaban arrullados por Kenny Rogers, así que le propuse a Ginger una expedición a Soriano y Convención. Demoró unos 15 segundos en aceptar, porque estaba distraída. Le advertí que según mis informes seguramente se trataba de un boliche de levante, y que lo más práctico sería que se mimetizara con el ambiente. Me dijo que por supuesto, que ella se ocupaba. La noche de la expedición apareció con una musculosa de Grateful Dead (de hombre) y un bolso de tamaño adecuado para ir una semana a Santa Teresa llevando todo lo necesario para no tener que ir al baño jamás. Eso sí, se había pintado los labios.
En la puerta, cerca de las dos de la mañana de un viernes, se encuentra un surtido de porteros, patovicas, cuidacoches y un par de grandotes al pedo. Flanqueando la puerta había dos de esas barreras de cuerda que se ponen en la entrada de los boliches para ordenar al público que entra. Lo que no había era público entrando.
Adentro, lo que queda del viejo Ley Seca son como restos de un naufragio. La barra-isla, que seguramente valdría una fortuna desmontada y vendida a algún bar de Punta del Este. Restos del recubrimiento de madera de las paredes. Sillas con asiento de metal trabajado, que se mezclan con otras de madera plegable en la media docena de mesas que están contra una de las paredes. Una inexplicable barandita de madera separando un rincón de no más de dos metros cuadrados. Luces ni muy tenues ni muy fuertes. No más de 30 personas. Y plena, plena sonando a todo volumen y sin parar. Bertch Rupenián se desmayaría, si es que su experiencia carcelaria no lo endureció mucho.
El interior está custodiado por dos patovicas, uno junto a la entrada y el otro al fondo, ante una escalera que va a un misterioso primer piso. Ambos parecen aburridos. El de la puerta baila un poco.
Con Ginger ocupamos la única mesa libre, y nos pusimos a mirar a la concurrencia. A continuación se dio un fenómeno curioso: la fluctuación del prejuicio aplicado. Por momentos parecía que la concurrencia masculina se componía de fiolos, narcos de medio pelo y distribuidores de contrabando. Luego esa impresión demostraba ser notoriamente errónea, y parecían ser choferes de UTE, capataces de obra o carpinteros. Por una parte, demasiado prolijos para el tipo de boliche que uno asocia con las plenas a todo trapo. Por el otro… bueno, estaban en un supuesto boliche de levante. ¿Dónde estaba la histeria, la violencia latente, el “yo la tengo más larga”  implícito? Lejos de eso, el ambiente que predominaba era de calma, casi de camaradería. En la barra estaba sentado un solitario cincuentón con un leve parecido a Robert Duvall. De pronto a su lado, dándonos la espalda, se sienta una rubia con calza a rayas y una campera con cuello de piel. Conversan largo rato. Con Ginger estábamos seguros de que era un levante clásico. Comparten cerveza. Y luego, tan de improvisto como llegó, la rubia (única dama en el local que puede catalogarse como delgada, exceptuando a Ginger) se levanta y vuelve a la que era su mesa original, junto a un señor mayor y un joven. El casi Duvall vuelve a quedar solo y melancólico. La rubia se saca la campera y la vemos de frente por primera vez. Supera bastante los cincuenta años de edad. De hecho, ninguna de las mujeres presentes parece tener menos de cuarenta. Los hombres tampoco. Hay mucho diálogo entre ellos. Es obvio que son habitués, que se conocen de cada viernes quién sabe desde cuándo. Hoy no hay multitudes en Ley Seca, ni levantes. No hay levantes entre miembros de un mismo club.
Ginger va al baño y vuelve repleta de información. Dentro de instantes apenas se espera la llegada de La Autentika. En el piso superior no hay nada, es donde se preparan las comidas (después vimos bajar algunas picadas) y se encuentra al disc jockey. El disc jockey no puede ver el piso de abajo, anima la fiesta al tacto. Es como el Stevie Wonder de los DJ.
Más información: la plena es la música excluyente de Ley Seca. Muchas veces se llena tanto que hay que habilitar el subsuelo (la escalera descendente está al otro lado de la barra, por eso no la habíamos visto). Hoy no va a pasar, por razones comprensibles. En efecto, todos los presentes se conocen entre sí. Ginger y yo somos las únicas caras nuevas. Tal vez eso explique la sorprendente cantidad de whisky que la morocha de la barra me sirvió cuando fui a buscar mi trago: hay que impresionar a los recién llegados. En el fernet con cola de Ginger, el refresco es casi que una anécdota.
Más información: no hay ropería. Si se quiere guardar algo, el patovica de la escalera lo lleva y lo trae del piso superior. Varias veces lo vimos corretear arriba y abajo servicialmente con camperas y abrigos. Le pusimos El Ropería.
Más información: el ambiente es apacible, amigable, agradable. Ginger queda fascinada con su fuente de información, una morocha de pantalón blanco que cada tanto se activa y quiebra admirablemente sus caderas, de un volumen por igual admirable.
Si la frase “Nunca se sabe quién puede aparecer en un boliche” no es un dicho popular, merecería serlo. Apenas pasadas las tres de la mañana se sumergen en la plena de Ley Seca Marian y Agustín, jóvenes y afamados periodistas de sendos medios montevideanos. Igual de sorprendente habría sido ver entrar a Letitia D’Aremberg, a Sergio Puglia o al Pato Celeste con su disfraz completo. Bueno, tal vez al Pato Celeste no tanto.
Resulta que vienen de la fiesta anual de la diaria, ni más ni menos. Que al parecer no estaba demasiado entretenida, así que a instancias de Agustín decidieron ir a un lugar divertido, amigable, seguro. Ley Seca.
Marian va al baño. Vuelve fascinada con la buena onda. “¡Me dejaron pasar antes en la cola, nunca me había pasado!” Agustín sonríe y asiente con toda la carga de sabiduría del búho del Libro Gordo de Petete. Asegura que no es que venga siempre, lo que se diga siempre. Una vez cada par de meses, dice. A lo mejor menos. Casi nunca, dice.
Juro que lo vi llegar, ir a la barra y hacer un gesto como pidiendo lo de siempre, seguido de otro gesto diciendo que iba al baño. La chica rubia de la barra le sonrió como quien ve a un primo en la feria de Tristán Narvaja.
Marian y Agustín bailan plena de manera desprejuiciada (y torpe pero empeñosa). Ginger, que va a clases de danza y ya va por su segundo o tercer fernet con fernet, quiebra como una profesional. Es del Interior. En el fondo de su sofisticado corazón, tiene un pequeño pozo de amor por la plena.
La noche de Ley Seca avanza. A intervalos irregulares la cosa se activa, seis o siete personas bailan, incluso el patovica de la puerta tira unos pasos con algunas habituales. Hasta se besuquea un poco. El Ropería mantiene el tipo, sentado en su banqueta. A intervalos igualmente irregulares el disc jockey intuitivo prende el micrófono y larga unos “¡Arribaaaa!”, “¡A ver esas palmas!”, “¡Todos bailando, bailando, bailando!”. A veces le acierta y hay alguien bailando en alguna zona del local. La mayoría de las veces, no. Cada tanto repite: “¡Ya está llegando… Laaaaa Autentikaaaaa!”.
Una pareja se pone a bailar junto a Ginger. Viene a verme con los ojos brillantes. “¡Esas son exactamente las calzas que me quiero comprar!”
La chica de la pareja (chica es una forma de decir) tiene unas calzas de leopardo. El chico (idem) tiene un corte mullet que 30 años atrás no hubiera despreciado ningún músico de la banda de Rod Stewart. “¡Le voy a preguntar dónde las compró!” dice Ginger, y se dirige a la pareja, que se toma un descanso en la barra con una cerveza. Conversan un rato, la chica de las calzas la abraza, se ríen, vuelve. “¡Me dice que en cuanto termine de bailar se las saca y me las da!”
Viendo que son casi las 5 de la mañana, y que es hasta probable que la chica cumpla su promesa, decidimos que es mejor retirarnos. Pagamos (una miseria tomando en cuenta la cantidad de alcohol que ingerimos), salimos, tenemos un pequeño entredicho con el portero por el olvido de entregar los tickets, y nos dirigimos a la fiesta de la diaria. Afuera, de la atronadora plena de adentro no se escucha ni un eco lejano, así como sospecho que de la luz del cercano amanecer ni un mínimo reflejo va a traspasar las ventanas tapidas del local.
En la esquina del café, la calle está inútilmente cerrada. Igual de cerrado está el propio café, y la cuadra desierta y desolada, salvo por un sujeto de capucha que mea en el costado de los olvidados baños químicos (tal vez le avisaron que esas cabañitas de plástico eran para eso, pero no le dijeron cómo).  De la fiesta anual no quedan ni rescoldos.
A solo dos cuadras de distancia, en su hermética nave totalmente aislada de todo sonido y toda luz, la gente de Ley Seca sigue como si la noche recién empezara, bailando un poquito, charlando un poquito, bebiendo un poco más. El DJ a tientas sigue anunciando que ya llega “¡Laaaaa Autentikaaaaa!”. Las chicas de la barra, la rubia y la morocha, siguen sirviendo tragos generosos. El patovica de la puerta sigue fraternizando con los habituales. El Ropería sigue subiendo y bajando, servicial. Todos están tranquilos, protegidos, dándose el lujo de ser amables. A primera vista puede parecer que de aquel boliche de oldies, rubias y bigotudos de los años 80 no queda más que unos muebles desvencijados. Pero de alguna manera, parece, una tradición se mantuvo. Al menos los días tranquilos, los de los sospechosos de siempre, los que permiten a los patovicas distenderse y ser uno más, Ley Seca, con plena, señoras rellenitas con ropa demasiado ajustada, DJ autista y todo, es un remanso de calma, un rincón de buena onda y fraternidad.
Un santuario.
 
 
Próxima semana: Aquella buena época en que se podía hablar mal de libros.

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