(2014. Primera entrega de una columna para la diaria sobre boliches con tribu propia o algo así, que aunque negociada y aprobada por un coeditor fue rechazada por otra coeditora. Cosas que pasan.)
Allá por mitad de los años 80, cuando existían la Unión Soviética y la Tab, Ley Seca era un flamante
pub (aunque el término aún no se usaba) bailable céntrico que con su barra de
madera y sus paredes recubiertas del mismo material, era una especie de resabio
de las boites de los años 70, especie
a punto de desaparecer ante el avance
del utilitarismo de los boliches posteriores, cuya única decoración y estilo lo
dan las luces y los carteles publicitarios de neón.
Pero lo más notorio de Ley Seca no era su (hoy) cálida y
casi lujosa decoración, sino su público. Las dos o tres veces que fui al
boliche, por motivos que no recuerdo o prefiero no recordar, la concurrencia
estaba compuesto en exclusiva por dos tipos de caracteres, uno por género.
Ellos, de riguroso vaquero azul recién planchado y camisa a
rayas de manga larga, todos portando bigotes frondosos y permanentemente con un
vaso de whisky en la mano. Edad: entre 25 y 35. Sospechosos todos de ser
milicos.
Ellas, pelo rubio en diversos grados de platinado,
maquillaje abundante, ropa incitante para la época, y actitud adolescente.
Edad: más de 40.
A pesar de los años pasados, en ambos grupos se notaba un
cierto brillo en la mirada que delataba que seguían soñando con Saturday Night Fever. En su secreto
anhelo los ayudaba la música, compuesta por lo más selecto de la obra de Hot Chocolate, Barry White, los Bee Gees y en
general el canon básico de Berch Rupenian, incluyendo a José Feliciano y Andy
Williams. La mecánica general del asunto era que cada miembro del grupo de los
bigotes trataba de emparejarse con un miembro del grupo de las platinadas, y
salir juntos del local. Pero todo transcurría en un calmo ambiente de placidez
y bonhomía, muy distinto al crispado y agresivo aire que domina la noche
montevideana actual. No recuerdo en qué época de mi vida empecé a ver patovicas
en los boliches, pero seguro que en aquellos años de mediados de los 80, no.
Hace poco me enteré de que Ley Seca seguía existiendo, es
más, que había permanecido continuadamente abierto por 30 años. Y que tenía un
nutrido público habitual, al parecer. Me intrigó sobremanera saber qué había
sido de esos portadores de bigotes y de esas rubias platinadas que bailaban
arrullados por Kenny Rogers, así que le propuse a Ginger una expedición a
Soriano y Convención. Demoró unos 15 segundos en aceptar, porque estaba distraída.
Le advertí que según mis informes seguramente se trataba de un boliche de
levante, y que lo más práctico sería que se mimetizara con el ambiente. Me dijo
que por supuesto, que ella se ocupaba. La noche de la expedición apareció con
una musculosa de Grateful Dead (de hombre) y un bolso de tamaño adecuado para
ir una semana a Santa Teresa llevando todo lo necesario para no tener que ir al
baño jamás. Eso sí, se había pintado los labios.
En la puerta, cerca de las dos de la mañana de un viernes,
se encuentra un surtido de porteros, patovicas, cuidacoches y un par de
grandotes al pedo. Flanqueando la puerta había dos de esas barreras de cuerda
que se ponen en la entrada de los boliches para ordenar al público que entra.
Lo que no había era público entrando.
Adentro, lo que queda del viejo Ley Seca son como restos de
un naufragio. La barra-isla, que seguramente valdría una fortuna desmontada y
vendida a algún bar de Punta del Este. Restos del recubrimiento de madera de
las paredes. Sillas con asiento de metal trabajado, que se mezclan con otras de
madera plegable en la media docena de mesas que están contra una de las
paredes. Una inexplicable barandita de madera separando un rincón de no más de
dos metros cuadrados. Luces ni muy tenues ni muy fuertes. No más de 30
personas. Y plena, plena sonando a todo volumen y sin parar. Bertch Rupenián se
desmayaría, si es que su experiencia carcelaria no lo endureció mucho.
El interior está custodiado por dos patovicas, uno junto a
la entrada y el otro al fondo, ante una escalera que va a un misterioso primer
piso. Ambos parecen aburridos. El de la puerta baila un poco.
Con Ginger ocupamos la única mesa libre, y nos pusimos a
mirar a la concurrencia. A continuación se dio un fenómeno curioso: la
fluctuación del prejuicio aplicado. Por momentos parecía que la concurrencia
masculina se componía de fiolos, narcos de medio pelo y distribuidores de
contrabando. Luego esa impresión demostraba ser notoriamente errónea, y
parecían ser choferes de UTE, capataces de obra o carpinteros. Por una parte,
demasiado prolijos para el tipo de boliche que uno asocia con las plenas a todo
trapo. Por el otro… bueno, estaban en un supuesto boliche de levante. ¿Dónde
estaba la histeria, la violencia latente, el “yo la tengo más larga” implícito? Lejos de eso, el ambiente que
predominaba era de calma, casi de camaradería. En la barra estaba sentado un
solitario cincuentón con un leve parecido a Robert Duvall. De pronto a su lado,
dándonos la espalda, se sienta una rubia con calza a rayas y una campera con
cuello de piel. Conversan largo rato. Con Ginger estábamos seguros de que era
un levante clásico. Comparten cerveza. Y luego, tan de improvisto como llegó,
la rubia (única dama en el local que puede catalogarse como delgada,
exceptuando a Ginger) se levanta y vuelve a la que era su mesa original, junto
a un señor mayor y un joven. El casi Duvall vuelve a quedar solo y melancólico.
La rubia se saca la campera y la vemos de frente por primera vez. Supera
bastante los cincuenta años de edad. De hecho, ninguna de las mujeres presentes
parece tener menos de cuarenta. Los hombres tampoco. Hay mucho diálogo entre
ellos. Es obvio que son habitués, que se conocen de cada viernes quién sabe
desde cuándo. Hoy no hay multitudes en Ley Seca, ni levantes. No hay levantes
entre miembros de un mismo club.
Ginger va al baño y vuelve repleta de información. Dentro de
instantes apenas se espera la llegada de La Autentika. En el
piso superior no hay nada, es donde se preparan las comidas (después vimos
bajar algunas picadas) y se encuentra al disc jockey. El disc jockey no puede
ver el piso de abajo, anima la fiesta al tacto. Es como el Stevie Wonder de los
DJ.
Más información: la plena es la música excluyente de Ley
Seca. Muchas veces se llena tanto que hay que habilitar el subsuelo (la
escalera descendente está al otro lado de la barra, por eso no la habíamos
visto). Hoy no va a pasar, por razones comprensibles. En efecto, todos los
presentes se conocen entre sí. Ginger y yo somos las únicas caras nuevas. Tal
vez eso explique la sorprendente cantidad de whisky que la morocha de la barra
me sirvió cuando fui a buscar mi trago: hay que impresionar a los recién
llegados. En el fernet con cola de Ginger, el refresco es casi que una
anécdota.
Más información: no hay ropería. Si se quiere guardar algo,
el patovica de la escalera lo lleva y lo trae del piso superior. Varias veces
lo vimos corretear arriba y abajo servicialmente con camperas y abrigos. Le
pusimos El Ropería.
Más información: el ambiente es apacible, amigable, agradable.
Ginger queda fascinada con su fuente de información, una morocha de pantalón
blanco que cada tanto se activa y quiebra admirablemente sus caderas, de un
volumen por igual admirable.
Si la frase “Nunca se sabe quién puede aparecer en un
boliche” no es un dicho popular, merecería serlo. Apenas pasadas las tres de la
mañana se sumergen en la plena de Ley Seca Marian y Agustín, jóvenes y afamados
periodistas de sendos medios montevideanos. Igual de sorprendente habría sido
ver entrar a Letitia D’Aremberg, a Sergio Puglia o al Pato Celeste con su
disfraz completo. Bueno, tal vez al Pato Celeste no tanto.
Resulta que vienen de la fiesta anual de la diaria, ni más
ni menos. Que al parecer no estaba demasiado entretenida, así que a instancias
de Agustín decidieron ir a un lugar divertido, amigable, seguro. Ley Seca.
Marian va al baño. Vuelve fascinada con la buena onda. “¡Me
dejaron pasar antes en la cola, nunca me había pasado!” Agustín sonríe y
asiente con toda la carga de sabiduría del búho del Libro Gordo de Petete.
Asegura que no es que venga siempre, lo que se diga siempre. Una vez cada par
de meses, dice. A lo mejor menos. Casi nunca, dice.
Juro que lo vi llegar, ir a la barra y hacer un gesto como
pidiendo lo de siempre, seguido de otro gesto diciendo que iba al baño. La
chica rubia de la barra le sonrió como quien ve a un primo en la feria de
Tristán Narvaja.
Marian y Agustín bailan plena de manera desprejuiciada (y
torpe pero empeñosa). Ginger, que va a clases de danza y ya va por su segundo o
tercer fernet con fernet, quiebra como una profesional. Es del Interior. En el
fondo de su sofisticado corazón, tiene un pequeño pozo de amor por la plena.
La noche de Ley Seca avanza. A intervalos irregulares la
cosa se activa, seis o siete personas bailan, incluso el patovica de la puerta
tira unos pasos con algunas habituales. Hasta se besuquea un poco. El Ropería
mantiene el tipo, sentado en su banqueta. A intervalos igualmente irregulares
el disc jockey intuitivo prende el micrófono y larga unos “¡Arribaaaa!”, “¡A
ver esas palmas!”, “¡Todos bailando, bailando, bailando!”. A veces le acierta y
hay alguien bailando en alguna zona del local. La mayoría de las veces, no.
Cada tanto repite: “¡Ya está llegando… Laaaaa Autentikaaaaa!”.
Una pareja se pone a bailar junto a Ginger. Viene a verme
con los ojos brillantes. “¡Esas son exactamente las calzas que me quiero
comprar!”
La chica de la pareja (chica es una forma de decir) tiene
unas calzas de leopardo. El chico (idem) tiene un corte mullet que 30 años
atrás no hubiera despreciado ningún músico de la banda de Rod Stewart. “¡Le voy
a preguntar dónde las compró!” dice Ginger, y se dirige a la pareja, que se
toma un descanso en la barra con una cerveza. Conversan un rato, la chica de
las calzas la abraza, se ríen, vuelve. “¡Me dice que en cuanto termine de
bailar se las saca y me las da!”
Viendo que son casi las 5 de la mañana, y que es hasta
probable que la chica cumpla su promesa, decidimos que es mejor retirarnos.
Pagamos (una miseria tomando en cuenta la cantidad de alcohol que ingerimos),
salimos, tenemos un pequeño entredicho con el portero por el olvido de entregar
los tickets, y nos dirigimos a la fiesta de la diaria. Afuera, de la atronadora
plena de adentro no se escucha ni un eco lejano, así como sospecho que de la
luz del cercano amanecer ni un mínimo reflejo va a traspasar las ventanas
tapidas del local.
En la esquina del café, la calle está inútilmente cerrada.
Igual de cerrado está el propio café, y la cuadra desierta y desolada, salvo
por un sujeto de capucha que mea en el costado de los olvidados baños químicos
(tal vez le avisaron que esas cabañitas de plástico eran para eso, pero no le
dijeron cómo). De la fiesta anual no
quedan ni rescoldos.
A solo dos cuadras de distancia, en su hermética nave totalmente
aislada de todo sonido y toda luz, la gente de Ley Seca sigue como si la noche
recién empezara, bailando un poquito, charlando un poquito, bebiendo un poco
más. El DJ a tientas sigue anunciando que ya llega “¡Laaaaa Autentikaaaaa!”.
Las chicas de la barra, la rubia y la morocha, siguen sirviendo tragos
generosos. El patovica de la puerta sigue fraternizando con los habituales. El
Ropería sigue subiendo y bajando, servicial. Todos están tranquilos,
protegidos, dándose el lujo de ser amables. A primera vista puede parecer que
de aquel boliche de oldies, rubias y
bigotudos de los años 80 no queda más que unos muebles desvencijados. Pero de
alguna manera, parece, una tradición se mantuvo. Al menos los días tranquilos,
los de los sospechosos de siempre, los que permiten a los patovicas distenderse
y ser uno más, Ley Seca, con plena, señoras rellenitas con ropa demasiado
ajustada, DJ autista y todo, es un remanso de calma, un rincón de buena onda y
fraternidad.
Un santuario.
Próxima semana: Aquella buena época en que se podía hablar mal de libros.
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