Hace poco leí un libro, y vi una película. El libro se llamaba La joven ahogada, la película The Endless.
Con ambas cosas (y con una especie de precuela de The Endless, llamada Resolution) me pasó lo mismo. En determinado momento me encontré pensando “Esto es lovecraftiano”, sin motivos directos para tal sensación. Ciertamente no hay nada lovecraftianamente directo que se pueda señalar, ni en las películas ni en la novela (aunque como al pasar, la protagonista de La joven ahogada cuenta que es pariente lejana de un escritor llamado Lovecraft, del que mucho no sabe y al que no vuelve a mencionar).
Pero ahí está HPL sobrevolando la experiencia en dos relatos que no pueden ser más distintos en forma, ambientación o contenido.
¿Cómo hace?
Para la mayoría de los mortales, Lovecraft es un pecado de juventud, si no de adolescencia. Deslumbra en su primer descubrimiento, se le perdonan sus manierismos y barroquismos narrativos (muy rebajados, también es cierto, en casi todas las traducciones al español), se siente un poco de incomodidad por sus ideas políticas y sociales, y luego se lo abandona.
En mi caso, pasados los cuarenta experimenté un redescubrimiento, gracias a su biógrafo/exégeta/comentarista/ordeñador profesional, S.T. Joshi, que es autor de una inmensa y modélica biografía en dos tomos llamada I’m Providence. Joshi también publicó ediciones comentadas de sus obras, recopilaciones de sus continuadores, biografías de sus influencias, selecciones de sus cartas… Una biografía de Joshi bien podría llamarse I’m Lovecraft. Debe ser el único ser humano de la Historia que leyó toda su gigantesca correspondencia, aparte del propio HPL.
Supernatural Horror in Literature tiene, cómo no, una versión anotada por Joshi.
El ensayo le fue encargado a HPL en 1925, para una revistucha. Lo completó en 1927. Le agregó una sección sobre William Hope Hodgson en 1934. Lo revisó en 1935 para una edición seriada en otra revistucha, que se interrumpió en el capítulo VII. Finalmente, la versión completa y definitiva recién se publicó en 1939 en su primera recopilación de cuentos, The Outsider and Others, cuando el autor llevaba dos años muerto y enterrado.
Para cuando empezó a escribir su ensayo, Lovecraft no había leído todo lo que planeaba reseñar (y algunas cosas no las leería nunca). Los primeros capítulos en realidad son recopilación de otras fuentes, estudios críticos de terceros (sobre todo The Tale of Terror de Edith Birkhead, de 1921) o lecturas de traducciones parciales. Es un ensayo competente y abarcativo en su brevedad, pero tampoco magistral.
Donde la clava en el ángulo es en el capítulo X, “The Modern Masters”, y en los capítulos precedentes sobre el relato de terror decimonónico. Su selección de autores y la lectura que hace de sus obras conforma un auténtico canon irreprochable, donde no deja fuera nada demasiado relevante. Hodgson, Chambers, James, Merritt, Machen, Blackwood y por supuesto Poe, verdadera columna vertebral de toda colección de literatura de terror hasta el día de hoy.
Joshi no duda al identificar la filiación común entre todos estos autores y la obra del propio HPL (obra cuyos hitos principales comenzó a escribir recién después de terminar la primera versión de Supernatural…). Tampoco es que Lovecraft se la haga difícil, porque lo dice en abundancia. Para él, la esencia del terror se encuentra en la capacidad de estos autores de representar el cosmicism, el aliento de lo cósmico. Cosmic fear es su mantra. La presencia de lo intangible es secundaria, si no se acompaña con la sospecha de lo inabarcable, lo infinito, lo desmesuradamente ajeno. Tales son las lupas que magnifican cualquier bicho que de por sí no sería demasiado impresionante, y, de paso, también es el secreto de su propia eficacia narrativa. El tema no son los tentáculos, sino el vacío y la ajenidad monstruosa que los sustenta.
En su análisis de “A Rose for Emily” de Faulkner (cuento que le encantó), en una carta a August Derleth, HPL sentencia lapidario que, aunque se horrorice por el canibalismo, el lector no siente “el potente atisbo o la monstruosa duda que apunte a la subversión de las leyes naturales”.
Ese también es el secreto de la pervivencia de Lovecraft, de su vigencia (a pesar de sus fallas) y de su sobrevuelo por tanto producto cultural reciente. Fue él quien primero se percató de que lo que realmente da miedo, lo que inquieta en profundidad, no es el simple bicho feo que hace ¡Bú!, sino la sensación de desvalidez, de impotencia, de insignificancia ante lo cósmico. Si un bicho extraterrestre va a robarse nuestro cerebro, meterlo en un frasco y llevarlo a Plutón (eso pasa en un cuento de HPL), lo terrible no es el bicho, sino los inconmensurables abismos de tiempo y distancia, las escalas desmesuradas ante las cuales nuestra persona (o nuestro cerebrito) no son nada. La sensación, siempre sospechada pero sólo explicitada en los buenos cuentos de terror, de que somos nada, menos que nada. Y que no importamos.
Esa sensación de desolación sin límites es la auténtica herencia lovecraftiana. Y que cada cual la maneje como pueda.
Ajuste: llegó.
Semana próxima: un tal Ulmer.

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