Una mañana de 1974 el periodista Ramón Mérica convenció al ensayista y crítico Alberto Zum Felde, que ya tenía sus buenos 85 años, de acompañarlo en una larguísima caminata por el centro de Montevideo y la Ciudad Vieja. Por esos días Zum Felde era el último sobreviviente de la Generación del 900. Además de por los méritos de su obra, a Zum Felde se lo recordaba por haber irrumpido en el sepelio del poeta Julio Herrera y Reissig, en 1910, para improvisar a los gritos una proclama denunciando la hipocresía de la sociedad. Un escándalo.
El resultado de esa larga caminata es una hermosa nota publicada en el diario El País en mayo de 1974. Mérica va aprovechando la espléndidamente conservada memoria de Zum Felde, y le va haciendo recitar los hitos de aquella ciudad de tres cuartos de siglo atrás, los puntos de referencia de poetas, escritores, ensayistas, filósofos, intelectuales. Mientras revive la caminata, el periodista entreteje los recuerdos del anciano, y va pintando una ciudad fantasma, desaparecida, casi legendaria. Mérica relata dos ciudades a la vez, la que ven sus ojos y la que atesora Zum Felde.
Lo curioso es que, leída la nota hoy, esa ciudad por la que caminaron el crítico y el periodista tampoco existe ya. Mucho de lo que Mérica menciona como cotidiano, desapareció. Como desapareció también la ciudad intermedia que recorrió y conoció la generación del ’45. Como desapareció todo lo que era habitual para Lautrèamont y la generación de los francouruguayos. Mucho antes se desvaneció el paisaje de los autores casi olvidados de la época de la Colonia. Y después desapareció también casi todo lo que era habitual para la generación pos dictadura, en los 80.
Montevideo es un palimpsesto. Algunos hitos se preservan y veneran. Pero la fisionomía de la ciudad, incluso el nombre de sus calles, va cambiando y enterrando sus versiones previas bajo capas de las que apenas asoman rincones, detalles y señales. Los que dicen que Montevideo no cambia nunca, no se han fijado bien. Cada generación literaria montevideana ha tenido su propia versión de la ciudad.
Claro que hay mojones, retazos imperecederos por donde pasó más de una generación. O que fueron símbolos en una época, y todavía pueden verse. La Torre de los Panoramas, por ejemplo, la vieja casa de Julio Herrera y Reissig (cuya muerte puso tan furioso a Zum Felde) donde se reunían los miembros de la generación del 900 a discutir sus asuntos literarios.
O el Hotel Cervantes,
El Cervantes fue inaugurado en 1928, como hotel con teatro adosado, en pleno Centro, en la calle Soriano esquina Convención. Durante décadas fue hotel de lujo, luego hotel de menos lujo, luego hotel decadente, luego parking bajo edificio semiruinoso y abandonado, y en la actualidad, reabierto, pulido, almidonado y emperifollado, tiene el pomposo nombre de Esplendor by Wyndham Montevideo Cervantes y es un cuatro estrellas “de estilo florentino”, como remarcan sus administradores, con un lujo que ni en sus primeros tiempos.
Lo curioso del Cervantes es su ubicación, y el significado que tuvo durante los últimos 90 años. El hotel se las ingenió para tener una reputación literaria. Allí por ejemplo vivió hasta su muerte el poeta Emilio Oribe (integrante de la generación del Centenario, que no debe confundirse con la generación del 900. Si algo no falta en la historia cultural uruguaya son generaciones). Pero la puerta del Cervantes abre en ambas direcciones, y su mayor relumbre lo tiene por sus huéspedes internacionales (que es una forma de decir argentinos). En sus camas durmieron Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Julio Cortázar.
Y Carlos Gardel. Gardel también durmió en el Cervantes.
Los empleados de la primera encarnación del hotel recitaban una lista mucho más extensa y colorida de huéspedes célebres. Esa lista se perdió con el cierre y posterior diáspora del antiguo personal.
Pero el Cervantes no sólo tenía sábanas que arroparon a Borges. Tenía leyendas. Por ejemplo, la leyenda de que en su habitación 205, una noche de insomnio de 1956, Cortázar escribió el cuento La puerta condenada.
Probablemente sea sólo leyenda, y lo haya escrito quién sabe dónde. Pero el cuento, eso sí es cierto, se ambienta en el Cervantes. Y Bioy Casares también tiene un cuento que sin duda (se dice) se ambienta en el Cervantes.
Borges no escribió nada al respecto.
El Cervantes también tuvo leyendas de fantasmas, en una ciudad y una literatura tristemente escasa en historias de fantasmas. Aunque claro, esos fantasmas se evaporaron con la reforma que devolvió al edificio su esplendor.
Más allá de lo que pasara puertas adentro, el Cervantes está en un punto privilegiado de ese palimpsesto en que se convirtió Montevideo a medida que avanzaba el siglo. Como si fuera un obelisco enterrado por sucesivas capas y capas de ciudades que florecían y luego eran reemplazadas. A su alrededor, todo pasó. La historia cultural de Montevideo, y sobre todo la literaria. Mario Levrero vivió años a una cuadra. Armonía Sommers a dos, en el Palacio Salvo, al igual que Idea Vilariño. Felisberto Hernández tocaba piano en La Giralda, a tres. Escritores, poetas, músicos, artistas, actores, editores y toda figura cultural imaginable se movió en los alrededores del Cervantes. Si fuera el puntero de un compás, podría trazarse un círculo de una docena de cuadras a su alrededor donde transcurrió la casi totalidad de la vida cultural de la ciudad, desde mucho, muchísimo antes de su construcción, hasta fines del siglo XX.
Eso es Montevideo. Un palimpsesto de capa tras capa de vidas culturales enterradas, de evocaciones olvidadas a medias, de nombres célebres y anécdotas fantasmales, donde en cualquier rincón inesperado, como un detalle art decó o una puerta neoclásica, puede surgir un recuerdo. Y que conserva, como faros, selectos y orgullosos lugares puntuales como el Cervantes que, con hermosa arquitectura florentina, atestigua lo rico y profundo de esa tradición enterrada.
Próxima semana: un cuentito. Feat. Lao Tsé.
Hermosa nota, vuela la imaginación y el perfume de aquella época.
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