Nasha Natasha y la imposibilidad de lo real
(2020. Me demoré en ver la película, y para cuando escribí esto y lo ofrecí, ya la habían comentado hasta en Vladivostok.)
En 1922 se estrenó la película Nanook of the North de Robert J. Flaherty. Por estos lados se tituló Nanook el esquimal, lo que hace innecesarias mayores explicaciones sobre su temática. No es que haya sido exactamente el primer documental de la historia del cine, pero sí es considerado el punto clave en que lo ficcional y lo no ficcional se separaron oficialmente como géneros distintos. Desde Nanook la ficción va en un estante, lo documental va en otro.
La polémica no tardó en aparecer cuando en décadas posteriores se supo que Flaherty no había registrado en realidad la vida cotidiana de un esquimal inuit como cualquier otro, con sus morsas, iglúes y montones de nieve, sino que le había pedido a aquellos a quienes apuntaba su cámara que recrearan la vida de los inuits. Incluso les pidió que hicieran un iglú de tres paredes para poder meter la cámara y filmarlo “por dentro”. Nanook ni siquiera se llamaba Nanook sino algo difícil de pronunciar, con muchas sílabas.
Todo esto llevó a eternas discusiones sobre qué es realmente un documental, y si es posible o no registrar un hecho determinado con una cámara sin alterarlo. Tanto se discutió y se debatió el asunto que algunos críticos y analistas llegaron a mentar el principio de incertidumbre de Heisenberg, tras lo cual se perdieron en el horizonte rumbo a quién sabe qué territorios metafísicos. Bajando un poco a tierra con un ejemplo local, se puede pensar en cuánto y de qué manera los directores de El campeón del mundo, Federico Borgia y Guillermo Madeiro, influyeron en la vida de los Osta al filmar sus rutinas cotidianas, cómo la cámara se filtró en la relación padre/hijo y, más sutilmente, cómo la existencia del documental influyó en la forma en que el hijo recuerda y recordará a su padre.
La cámara, resumiendo, nunca es inocente. Y ni hablar de la posproducción del material filmado.
Casi un siglo exacto después de Nanook llega Nasha Natasha, un supuesto documental sobre la gira rusa de Natalia Oreiro en 2014. Y lo de supuesto viene a cuento porque no es que la película no documente cosas, de hecho hay muchísima información real en su transcurso. Lo que puede ponerse en duda es que se trate de un documental según las definiciones estrictas del género, o incluso de las laxas. Lo que vemos durante la hora y poco que dura Nasha Natasha es a alguien triunfando en la vida, saliendo de su humilde casa del Cerro para conquistar Siberia (superando a Hitler y Napoleón en el intento) y en general recibiendo un baño de amor tanto de la cámara como de los numerosos entrevistados y del público ruso. Lo que puede dudarse es que ese alguien sea realmente Natalia Oreiro, y no una idealización creada a fuerza de guión y edición.
Es indudable que la carrera de Oreiro es una de las más sorprendentes y esforzadas que se hayan visto en el mundo del espectáculo uruguayo. Su traslado a Argentina y su triunfo por aquellos lados ya de por sí es motivo de admiración, aunque no salga de un molde conocido y hasta frecuente que va de Gardel a Berugo Carámbula. Pero toda esa deriva rusa que es la excusa para Nasha Natasha sí sale de escala y entra en el terreno de lo inconcebible, por no decir de lo delirante. El éxito y la fama de Oreiro en Rusia son, con todo derecho, material de estudio, asombro, incredulidad y más admiración. Y merecedores de un documental, sino de varios.
Para sus responsables, y para Netflix, Nasha Natasha es un documental, uno que va mucho más allá de sus recorridas rusas. Se pretende mostrar una panorámica general de su vida y carrera, desde su infancia en el Cerro hasta su fama actual, pasando por su adolescencia, su ida a Buenos Aires buscando campos más fértiles, sus inicios en la actuación, en la música, su matrimonio, maternidad, en fin, todo.
Y ahí viene el problema. Sin duda que se trabajó en la búsqueda de testimonios relevantes. Hay montones a lo largo de la película. Y todos coinciden en describir a Oreiro como una persona singular, adorable, talentosa, destinada a la gloria.
Sobre todo destinada a la gloria. Lo dicen sus padres, no textualmente. Lo dice su hermana. Lo dice su amiga de la infancia. Lo dice todo el mundo.
Una de las pocas simplificaciones útiles que pueden usarse al tratar de definir qué es un documental es decir que tiene que mostrar personas, no personajes. Nanook, aunque recreara acciones y no se llamara Nanook, era un inuit de pura cepa. A lo mejor cazaba morsas a tiros y no con lanza como en la película, pero sabía muy bien cómo hacerlo a la antigua. Podía tratarse de una recreación, pero no de una ficcionalización.
En Nasha Natasha lo que vemos es una estrella brillando permanentemente. No sólo cada persona que habla sobre ella la mira con el mismo cariño y la misma admiración, sino que cada imagen es una toma perfecta de un personaje ideal. Ni siquiera llegamos a verla despeinada, ni cuando arrastra trabajosamente un oso de peluche gigante por los pasillos de un hotel. La narración es lineal, monolítica, implacable. Empieza con sus padres diciendo que ya de niña era deslumbrante, y termina con Rusia desmayada ante su talento. No hay un solo desvío, una sola duda, un solo momento de incertidumbre. Oreiro nació para triunfar, y triunfó. No había alternativa. Lo dicen todos los entrevistados. Lo dicen las imágenes. Lo dice su perfección en cada toma, en cada frase, en cada gesto.
Y la perfección es siempre el signo más inequívoco de irrealidad.
El triunfo y el fracaso de Nasha Natasha es esa irrealidad buscada. Mediante una técnica exquisita y una voluntad sostenida de apuntar a la hagiografía y no al retrato de una persona real, logra crear un personaje unidimensional, una matrioshka paradójica donde cada muñeca interior no sólo es exactamente igual a la superficial, sino que tiene su misma dimensión. ¿Cómo sorprendernos ante ese triunfo fenomenal en Rusia, si Oreiro estaba destinada a la gloria desde antes de que se le cayeran los dientes de leche? Pobres rusos, qué más podían hacer que caer de rodillas ante esa fuerza de la naturaleza surgida del Cerro.
Por eso es que Nasha Natasha no puede definirse como un documental, ni siquiera con los parámetros de Nanook. Nunca vemos a una persona sino a un personaje, una tal Natasha siempre sonriente, siempre dinámica, siempre cariñosa. Incluso en los dos momentos en que Oreiro lagrimea en la película se nota la impostura, la actuación. Es indudable que a medio mundo de su familia y su casa, cansada, agobiada, con media gira por delante, Oreiro debe haber tenido momentos bajos, quiebres, lágrimas, angustia. Pero no envuelta en una favorecedora bata, perfectamente peinada, bajo la luz inmaculada que entra por una ventana magistralmente encuadrada. Y permítasenos creer que cuando tiene bajones de duda y angustia, sus reflexiones íntimas, el producto de la vida interior de alguien con su talento y voluntad, van mucho más allá de “Cuando termina el show es tan difícil…”.
Lo que es Nasha Natasha es una efectiva, muy profesional, perfectamente realizada y sobre todo fríamente calculada, película promocional. Nunca un documental. Es ficción, en su variante más sutil y borderline. Todo lo que se muestra es real, todo lo que se dice es sentido (y probablemente sincero). Pero todo es también un artificio. La realidad aparece recreada, recortada, reinventada, y de ese proceso casi de laboratorio surge esta Natasha perfecta, sin doblez, sin un pelo fuera de lugar. La que vemos no es la persona Natalia Oreiro, es una construcción de pura técnica cinematográfica. Un personaje.
Hay una historia para contar sobre Natalia Oreiro, qué duda cabe. Su carrera profesional fue la escalada larga, porfiada y seguramente llena de tropezones, de una escalera al Cielo muy real y concreta. Lo que vemos en Nasha Natasha es eso mismo, salvo que la escalera es mecánica. Oreiro se subió al primer escalón aún siendo niña, y ascendió cómodamente, sonriendo y saludando, hasta llegar a la rendición incondicional de Rusia ante su talento. ¿Qué queda afuera de esta historia tan bonita? Vaya a saber. Por lo pronto podemos recordar que en el mismo inicio de su carrera fue sexualizada y objetivizada para promocionar tampones. Y tenía 12 años. Si tendrá cosas para contar, reflexionar y repasar.
Nasha Natasha es lo que es, y en su categoría es irreprochable. No un documental, pero sí un refinado y entretenido producto que apunta a la santificación, una promoción de una hora y cuarto dedicada a la carrera y la edulcorada vida de una mujer talentosa y porfiada como sin duda es Oreiro. También es una tremenda oportunidad desperdiciada, porque esa desmesurada y delirante gira rusa (siendo precisos, incluyendo Europa del Este) merecería un documental real, un verdadero seguimiento de su protagonista y de las muchísimas imágenes por momentos surrealistas que se ven (¡rusas exaltadas agitando fotos del Palacio Salvo!). Había un tremendo documental para realizar, muy distinto en forma e intención a lo que ahora muestra Netflix, pero por antecedentes, estilo y relación personal con Oreiro, Martín Sastre no era la persona adecuada para hacerlo. Lo suyo va por otros caminos, y esta película es un perfecto ejemplo. Nadie puede decir que, desde su posición creativa, Nasha Natasha no sea sincera o poco lograda. Sastre hizo lo que hace, y lo hizo bien.
Vivimos en la era del marketing, el consumo irónico (ay, ese tango que suena de fondo en la escena de la partida desde el aeropuerto de Buenos Aires…) y todo eso, y Nasha Natasha es lo que tenemos. Tampoco es que sea poca cosa, y al menos nos brinda una oportunidad de asomarnos a la que debe haber sido una de las mayores, si no la mayor, salida de escala de un artista nacional en lo que va del siglo, incluso de la historia.
El chovinismo no expresado que a todos nos iguala indica que cualquier uruguayo triunfa en Buenos Aires.
Comerse cruda a Rusia, sólo Oreiro.
Próxima semana: Montevideo, qué linda te veía. Y culta.
Cambio de planes.
Muy bué
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