(2019. Texto escrito como parte de un libro inédito —que lo más probable es que se mantenga en esa condición— y que en estos días fue rechazado por un medio de prensa por demasiado extenso. Una revista extranjera a la que se lo ofrecí se limitó a clavar el visto.)
En setiembre de 2017 Michelle Suarez era la persona del momento en Uruguay. En pocas semanas iba a asumir una banca en el Senado, reemplazando al comunista Marcos Carámbula, y a convertirse en la primera mujer trans en la historia del país (y una de las primeras en el mundo) en ocupar un cargo legislativo.
No es que la exposición mediática y el romper moldes fueran cosas ajenas en su vida. En 2010 fue la primera mujer trans en recibirse de abogada en la Universidad de la República. Había tenido que cursar la carrera con su nombre de nacimiento, masculino, y sin embargo logró, gracias a la Ley de Identidad de Género de 2009, que se le reconociera su identidad trans y que se le expidiera el título con el nombre y género que utilizaba desde los 15 años, en 1999, cuando aún era un alumno liceal en Salinas que decidió que su identidad y su futuro correspondían a una mujer. Mientras era estudiante en la facultad uno de sus profesores, que insistía en referirse a ella con su anterior nombre masculino, le comentó al cuerpo docente: “Pensar que este alumno si no tuviera los problemas sexuales que tiene llegaría lejos”.
También tuvo abundante exposición pública en 2013, cuando se aprobó la Ley de Matrimonio Igualitario. El proyecto de ley, que se consideró modélico, fue redactado en su totalidad por Michelle, que siempre se refirió al mismo como “mi hijo”.
En 2017 su ingreso al Parlamento fue por otro tema puntual: se había acordado que entraría como suplente cuando se estuviera por debatir la Ley Integral Para Personas Trans. Aunque esta vez era coautora y no la redactora única, consideraba al proyecto su segundo hijo, y su presencia en el Senado era exclusivamente para defender el proyecto. Una vez aprobado, cuando fuera que eso pasara, iba a renunciar a la banca y volver a la actividad privada.
No es que fuera militante, comunista o siquiera una persona política. Sí era en general de izquierda, votante frenteamplista y militante social. El Partido Comunista fue quien primero le ofreció la posibilidad de entrar al Parlamento para dar pelea por su segundo hijo, y aceptó. Desde ese momento se definió con orgullo como “mujer, trans, gorda y comunista”.
El 9 de octubre de 2017 asumió la banca dejada libre por Carámbula. Mujer, de las proporcionalmente pocas que sigue habiendo en el Parlamento. Trans, la primera. Comunista, nominalmente. Y gorda, tanto que para que se sentara tuvieron que acomodarle dos sillas en lugar de la butaca que le correspondía. Fue sin duda la senadora más atípica, rompedora de moldes y revolucionaria que alguna vez, al menos hasta hoy, ocupó un escaño legislativo. Fue un día histórico. Un referente de la Sociedad Civil había dado el paso a la política, lo que la acomodaba para recibir los laureles que merecía. En Uruguay, militar socialmente no es garantía de reconocimiento. La militancia política es la piedra de toque para todo aquel que pretenda entrar a los manuales de historia. Y por compromiso, lucha y logros, nadie dudaba que Michelle era merecedora de entrar a cualquier manual.
Pero dieron las 12, y los zapatitos de cristal se convirtieron en chancletas, calzadas en pies de barro.
Un programa televisivo puso al aire el testimonio de una persona que había sido gravemente perjudicada por la práctica legal de Michelle. Concretamente, perdió la patria potestad de su hijo por testimonios falsos, con firmas igualmente falsas.
Fue una hoguera fulminante. Michelle trató de defenderse, y en un principio los que creían en ella despreciaron la denuncia. Pero era real y sólida. Michelle había falsificado firmas, más de una vez. Había armado testimonios falsos. Había hecho una práctica legal tramposa e injustificable. Había perjudicado inocentes.
En diciembre de 2017 renunció a su banca. En abril de 2018 ya estaba condenada a cuatro años de cárcel, que logró, por motivos de salud, que se conmutaran en dos años de prisión domiciliaria y dos de libertad vigilada. Y por supuesto, prohibición de ejercer la abogacía.
Los que creían, los que creíamos en ella, quedamos mudos. Nadie, que yo sepa, fue capaz de verbalizar la magnitud de lo que perdimos en esa caída arrasadora. Los referentes sociales reconocidos se cuentan con los dedos de una mano. Las historias de lucha, superación y victoria son aún menos. Michelle, también que yo sepa única en lograr algo semejante, había cambiado la sociedad uruguaya a mano limpia con su Ley de Matrimonio Igualitario. Y lo había hecho luego de pasar el doloroso y solitario camino que recorre cada persona trans, de esas que conforman el último colectivo invisibilizado y ninguneado, de las que tienen expectativa de vida promedio de 35 años, de las que no consiguen trabajo, no pueden estudiar, muchas veces no tienen hogar ni familia. De ese grupo denostado, abandonado, sin esperanzas ni refugio, había salido una campeona por sus derechos, alguien que había ido rompiendo las barreras que se le ponían por delante y llegado hasta donde ninguna persona trans había podido llegar. Y llevando a sus congéneres con ella. Era, desde donde se la mirara, una heroína social.
Y resultó que todo era mentira. Era, en realidad, una inmoral.
Nadie de los que antes la apoyaban, que yo haya escuchado o leído, pudo digerir la magnitud de esa catástrofe. Nadie pudo explicar la ilusión robada, el retroceso brutal en todo el trabajo hecho, la pérdida del faro guía, la traición recibida. Nadie pudo rendir cuentas de todo lo que se perdió en ese incendio breve y brutal. Nadie dijo nada.
Hubo otros que sí dijeron, y mucho. Por un lado hubo un costado informativo inevitable y más que razonable: una figura pública con una carrera notable e intachable caía derribada por sus secretos sucios, en el medio de su mayor triunfo. Más trágico, imposible.
Pero también hubo una efervescencia maligna. En las redes sociales, e incluso en alguna prensa, la transfobia, la gordofobia y el anticomunismo salieron de sus más bien superficiales cuevas y se abalanzaron sobre el cadáver de Michelle con deleite malsano. Ya antes era un blanco fácil por sus características físicas, pero su aura de luchadora social y de profesional brillante la protegía de los ataques directos y más despiadados. Ahora, caída en desgracia y sin nadie que la defendiera, era campo libre para cualquier sevicia.
Las hubo de todo calibre y color. Todo transfóbico, gordofóbico, anticomunista o mezcla de dos de estos prejuicios, o de los tres, tuvo algo que decir. Se la execró, caricaturizó, insultó y denigró. El programa televisivo que hizo la primera denuncia, además de otros periodistas y comunicadores, algunos por malicia, otros por simple tontería, revelaron su nombre de nacimiento (gestión que no fue ninguna proeza profesional, bastaba con ir hasta Salinas y preguntarle a algún vecino, incluso se podía conseguir el dato por teléfono). Desde ese momento fue lugar común entre los comentaristas de las noticias en la prensa referirse a Michelle como “el gordo Fulano”. Y esa era una referencia liviana, casi amable, dentro del torrente de insultos y desprecios. Muy lejos quedó el concepto de los derechos de la persona, criminal o no, y en particular el derecho a su identidad y su género. Para comentaristas, tuiteros y demás miembros de la turba de linchamiento, casi todos ellos rigurosamente anónimos, Michelle no era, y en el fondo nunca había sido, una persona. Entre todos los que la denigraron y la subieron a la picota virtual, no había nadie que se sintiera traicionado o engañado por ella, y por ese motivo la despreciaba. Los que la atacaban con virulencia y saña la habían odiado siempre. Y su desenmascaramiento les había dado piedra libre.
Yo me contaba, y me cuento, entre los desengañados, los traicionados. Admiraba su lucha y sus logros, la veía como ejemplo de superación y de conciencia social, y confiaba en que fuera la primera de muchas personas trans reconocidas por la sociedad y con vidas plenas. Quería creer que era la señal de un mundo mejor y más justo, a la vuelta de la esquina.
Pero no lo era. Era otra abogada chanta, perjudicial, marrullera, como hay tantos que a veces se detectan y castigan, y a veces no.
Tan a favor de Michelle estaba que, antes de la hecatombe, le vendí a una revista digital argentina la idea de un perfil extenso sobre ella, en su instante de gloria. Era fines de setiembre de 2017, y como dije al comienzo, Michelle era la persona del momento. Se le hacía una entrevista tras otra, y el desafío iba a ser conseguir información lo suficientemente distinta como para lograr una pieza digna y no un refrito de las mismas anécdotas y declaraciones que aparecían un día en la prensa y al otro también.
Me contacté con ella, le expliqué mis intenciones y le propuse encontrarnos dos o tres veces para unas charlas todo lo largas que se pudiera, en las que me contara su vida. Luego esperar a que asumiera su banca y relatar esos primeros días como legisladora, y finalmente redondear con alguna otra entrevista, encuentros con algunos de sus allegados, tal vez una visita a su casa y su barrio en Salinas.
Aceptó de inmediato, a pesar de la cantidad de entrevistas que estaba dando, y quedamos de vernos en su oficina informal de Montevideo, el bar Sportman, frente a la Facultad de Derecho. Me dijo que ella ya iba a estar ahí, porque casi todos los días se reunía con varios clientes a los que asesoraba.
Cuando llegué no tuve ningún problema en reconocerla, más allá de que ya había visto varias fotos de prensa. Era realmente enorme, obesa, gigantesca. Parecía increíble que lograra acomodarse en una de las comparativamente diminutas, pero en realidad normales, sillas del bar. Se sentaba ante una de las mesas inmediatas a la puerta de entrada, porque hubiera sido imposible que se desplazara hasta el fondo. De llegar hasta donde estaban los baños, ni hablar. Compensaba su enorme tamaño, y lograba que no fuera intimidante, siendo amable y expansiva. Muy expansiva.
Cuando terminó con su último cliente me acerqué a la mesa, y empezamos a hablar. Le caí en gracia, o le pregunté alguna cosa que nadie le había preguntado y que le tocó alguna fibra, porque me contó mucho, más de lo que yo había visto en todas las entrevistas previas. En esa reunión de varias horas, y en otra posterior igual de extensa y en el mismo bar, me contó su infancia, su adolescencia, su cambio de identidad a los 15, sus penosos años en la Facultad de Derecho, su trabajo posterior, su militancia en Ovejas Negras, la redacción de la Ley de Matrimonio Igualitario (“mi primer hijo”), sus negociaciones con el Partido Comunista…
Ni una palabra sobre firmas falsas o testimonios amañados, obvio.
Me contó de la adoración que tenía por su madre, y de cómo cuando ella murió y quedaron solos, se acercó más a su padre, ahora también difunto. Me contó de sus juguetes infantiles, de sus amistades del barrio, las muchas que le dieron la espalda a los 15 y las pocas que la siguieron saludando. Me contó de maestras, profesoras liceales, catedráticos universitarios. No contó nada de amores, relaciones ni parejas. Entre la primera y la segunda reunión le insistí para conocer a gente de su entorno, y al principio de la siguiente entrevista me presentó a un veterano algo sordo, de Ovejas Negras, cuyo único aporte fue decir cada tanto y con una admiración rayana en la adoración que Michelle era enormemente inteligente y enormemente luchadora. Lo repitió una decena de veces, hasta que se le hizo tarde y se fue.
Todas las referencias a personas que hacía Michelle eran a gente del pasado, de la infancia o la adolescencia. No saltaban en la charla menciones a amigos, parientes, colegas (salvo su socia, que nunca supe bien cómo salió del asunto de las firmas falsas). Llegué a sospechar, y todavía sospecho, que no mencionaba a nadie íntimo sencillamente porque no había nadie. Muchas de las cosas que decía, sobre sus triunfos, su carrera y sus logros, y en particular sobre su invulnerabilidad ante todo, eran claramente exageraciones. Las referencias a su ética profesional eran, lo supe poco después, mentiras directas. Pero también, en sus anécdotas reales, había mucha verdad y mucha tragedia implícita dentro de todo lo que me contaba.
La figura principal en su vida había sido su madre, de eso no hay duda posible. Cada referencia, cada anécdota, cada detalle, todo la tenía como centro. Y todo en su vida, hasta el día en que murió, estaba referido a ella. Era el norte de su brújula. Y desde la infancia, fue quien la acompañó en el largo proceso de asumirse como mujer trans. Del proceso propio por el que tuvo que pasar su madre, nada sabemos. Pero que la apoyó, la apoyó a muerte, con constancia y ferocidad. “Tuve una madre maravillosa. A los cuatro años se dio cuenta que yo sentía de una manera diferente a como se consideraba que tenía que sentir”, me dijo.
Una de las muchas anécdotas que me contó en el bar: “Cuando yo tenía ocho me llevó a una juguetería muy grande, para el Día del niño. Cuando entrabas, había un sector que era todo para varones, lleno de armas y luces y todos esos juguetes por los que me acuerdo que mis compañeros morían. Y mi madre se dio cuenta de que yo miraba para otro sector, miraba específicamente algo: arriba del todo de un estante, en la cima de todo, había un auto enorme de Frutillita. Era un Volkswagen descapotable amarillo, con las ruedas fucsia, el parabrisas fucsia, con pegotines de Frutillita, y la valija se abría y podías meter las muñecas adentro. Y era carísimo, ninguna de mis amigas lo tenía, y a mí me encantaba, y lo miraba… y lo miraba... Y mi madre me preguntó: ¿Te gusta eso? Y yo muy tímidamente dije que sí. Mi madre lo miró, y dijo: ‘Bueno, los varones también juegan con autos’. Y me lo compró”.
Aseguraba y volvía a asegurar que había tenido una infancia feliz, gracias a esa madre maravillosa. También dejaba caer, o se le escapaban, frases como: “Cuando me planteé a los 15 años mi identidad femenina y llamarme Michelle, jamás pensé que iba a tener la oportunidad de pertenecer al órgano más representativo de la democracia uruguaya. En aquel entonces mis sentimientos eran de saber si iba a poder cumplir 16 años viva”.
Luego de la segunda entrevista dejamos la nota en pausa hasta después de que asumiera la banca, y que se aquietaran un poco las aguas. Me puse a esperar, y pasó lo que pasó.
Cuando saltó la marea de mugre que la cubrió por completo, quedé bloqueado. Mis colegas cercanos me decían lo evidente, y en realidad yo mismo también me lo decía, que la nota había cobrado otra dimensión, que el tema era mucho más interesante, que el resultado podía ser mucho mejor. Ya no era un perfil de alguien que triunfa sobre la adversidad, sino una crónica del ascenso y caída de una figura bigger than life. Podría haber escrito, si el talento me alcanzara, una nota memorable.
Pero no pude. Estaba fastidiado, confundido, furioso en el fondo. Yo no observaba el tema desde la distancia adecuada para un profesional, yo era un converso. Yo creía en Michelle, y me había traicionado. Si hubiera estado trabajando a sueldo en alguna redacción, si me hubieran encomendado escribir la nota sí o sí, me las habría ingeniado para sacarme algo mediocre de la manga, en base a oficio y piloto automático. Pero siendo una nota negociada por mail para un medio con el que no tenía ni contacto ni compromiso concreto, no pude. Lo dejé morir, no traté de encontrar el tono ni la distancia con los cuales contar una historia de tragedia y traición tan extrema. Hice lo que hicimos todos los que creíamos en Michelle: la dejamos por esa.
Y nunca pude sacarme de la cabeza la idea de que en realidad, en esas dos largas conversaciones en el Sportman, no había sabido con quién estaba hablando. No lo sabía entonces, no lo sé ahora, y es seguro que nunca lo voy a saber. Michelle me contó toda su vida, en particular esos años de infancia y adolescencia que con claridad la hicieron la persona que es. En ese momento ese relato supuestamente conducía a la formación de quien yo creía que era. Era la historia detrás del mito de la mujer trans que triunfó.
Pero ella no era esa mujer. Pocas semanas después de la última entrevista iba a aparecer otra persona, otra Michelle, la tramposa, la falsificadora, la venal, la que arruinaba vidas jugando con la ley.
Y sin embargo, las anécdotas eran las mismas. Lo que formó a esa Michelle triunfadora e inexistente fue lo mismo que formó a la Michelle real, a la procesada, a la despojada de su práctica legal. A la criminal.
La mujer que cambió la sociedad uruguaya a mano limpia fue la misma que destruyó la relación de un padre con su hijo, porque sí, porque podía. Ambas fueron ese niño distinto cuyo mayor tesoro fue un cochecito de Frutillita.
¿Qué sabemos de Michelle Suárez? ¿Qué podemos saber de cómo se formó esa mezcla de talento y orgullo malsano? ¿A quién le podríamos preguntar, salvo a su madre, que ya no está?
¿De dónde vino Michelle Suárez, y por qué fue la persona que fue?
Vaya uno a saber. Lo único que tengo claro es que, antes de juzgarla o despreciarla, tengo que recordar los años en los que se obligó a pasar sed.
La cosa fue así. A los 15 decidió asumir su condición femenina, abandonar su nombre de nacimiento y llamarse Michelle. Y como Michelle se apareció un día en el liceo quien hasta el día anterior se llamaba como varón y se vestía como varón.
Por más maravillosa que sea la madre que se tenga, sin duda no es una movida fácil. El discurso de Michelle en las entrevistas que le hice era de naturalización, hasta de triunfalismo. Lo hizo y chau, y al que no le guste que se aguante. Ninguna mención directa a desprecios, ni a agresiones, ni a burlas o violencia.
Las cosas reales, obvio, no fueron tan sencillas. Y quedaba claro cuando contaba las tácticas que tuvo que inventar para protegerse, aunque nunca contaba de qué exactamente se protegía, o si aludía a esas amenazas lo hacía en broma, minimizando.
Primero tenía que levantarse muy pero muy temprano. Era imprescindible ser la primera en llegar al liceo, para poder dejar la motito en que se trasladaba estacionada en un lugar muy concreto, y luego llegar primera a la clase para asegurarse de que estuviera libre un asiento determinado, desde donde podía vigilarla por la ventana. Era la única manera de asegurarse que no se la robaran o vandalizaran.
Y luego estaba el problema del baño. Si había un lugar al cual no podía ir, bajo ninguna circunstancia, era el baño. Terreno prohibido. Era cuestión de supervivencia. Es inimaginable lo que podía llegar a pasarle si se atrevía a entrar.
La solución que encontró fue obligarse a la sed. Cada noche a las 21 dejaba de tomar líquidos. Ni agua ni nada. Así pasaba la noche, sin un trago de ninguna bebida, por más sed que tuviera. Era fundamental no tomar nada de nada. Al otro día se levantaba muy temprano, y sin una sola gota de café o mate, iba al liceo. Pasaba todo el tiempo de clase sin un sorbo de agua. Y recién se permitía beber cuando llegaba a su casa, pasado el mediodía, luego de haber estado toda la mañana a salvo lejos del baño. Esa noche, a las 21, se imponía la sed otra vez. Y así cada día, cada semana de cada mes de clases, hasta que terminó el liceo. Esa era su vida de adolescente, pasar 15 o 16 horas diarias sin un vaso de agua.
Michelle Suárez falleció de un ataque al corazón el 23 de abril de 2022. Tenía 39 años, apenas por encima de la expectativa de vida promedio de las personas trans en Uruguay. No sé quién fue realmente, y mucho menos por qué fue quien fue, o por qué hizo lo que hizo, lo bueno y lo malo. Pero lo que sé es que yo nunca tuve que imponerme pasar sed, ni tampoco nadie más que conozca, pero ella sí.
Qué buena nota Sosa, me pasó eso, no la detesté, me sorprendió y quedó así. ¿Por qué? Muchos por qué.
ResponderEliminarMuy buena nota, otra más. Con una temática casi imposible de abordar sin caer en facilismos o prejuicios. Y finalmente uno lamenta esa vida que se va y que tan corta fue. Vaya laberinto existencial.
ResponderEliminarMe gustaría aclarar, ya que estoy cansada de leer que la expectativa de vida de las trans es de 35 años, que ese es un dato falso. Que de 900 trans en 2015 solo el 70 por ciento superara esa edad no quiere decir que esa es la expectativa de vida de ese colectivo. El dato falso proviene de malinterpretar un informe de la CIDH que reporta que el 80 por ciento de las trans ASESINADAS en América era menor de 35. La media mundial de cualquier ser humano en cuanto a asesinatos se refiere anda en los 40. Toda esta "malainterpretación" de datos tiene que ver con esa campaña de reivindicaciones de la población trans que el neoliberalismo ha incorporado como caballito de batalla, como algo innovador en cuanto a derechos humanos. Conservadores, progresistas de la mano en este asunto. La ultraderecha sigue en sus trece, pero qué se puede esperar de un burro sino una patada. En fin, de acuerdo con que la población trans se expone a enfermedades y depresión, las mismas que cualquier mujer PROSTITUIDA y no por eso hay cupos especiales en empleos públicos para ellas. En fin las trans no son seres de luz y hay toda una mitología alrededor del tema para generar compasión. Mientras tanto, el caballito de batalla se ha convertido en un caballo de Troya e invade los espacios de las MUJERES en todos los ámbitos. Autoginefílicos en nuestros baños, y colosos de 2 metros compitiendo en deportes femeninos. Esto es la punta del iceberg. El emperador está desnudo y nadie se anima a decirlo, a gritarlo. Sería interesante una investigación periodística con perspectiva feminista.
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